Lunes, 18 de Diciembre de 2017
09:34 CET.
Ciudades del verano

Santo Domingo

Soy campesino. Eso me impide llegar a una ciudad sin tener que compararla con otra. Hace 10 años que vivo en Santo Domingo, en todo este tiempo no he podido deshacerme de la manía de poner a la capital dominicana frente a la capital cubana. Busco en las rocas de la Zona Colonial algún muro de la Habana Vieja. Trato de encontrar delante de los portales de Gazcue los jardines del Vedado.

Esa obsesión no es exclusiva mía. Así ha sido por siglos y décadas, es casi una maldición que pesa sobre Santo Domingo de Guzmán. A pesar de que es la ciudad primada de América, pronto fue ninguneada por una Habana impetuosa y exuberante, casi excesiva. Los historiadores culpan por ello a la geografía (la capital dominicana carece de bahía y mira hacia otro lado, es decir, al sur). Sin embargo, el ego de los que viven en ella también fue determinante.

Cuando alguien del Cibao, del Este o del Sur Profundo emprende un viaje hacia Santo Domingo, nunca menciona su nombre. Todos le llaman La Capital. Esa expresión acabó limitando el gentilicio. Los dominicanos viven en la mitad oriental de la isla de La Española. Los que habitan Santo Domingo se llaman capitaleños. No tener que decir el nombre de la ciudad a la hora de definirse, les resta sentido de pertenencia, los distancia del lugar donde pernoctan.

En las últimas dos décadas, Santo Domingo ha crecido de una manera desorbitada. Cubanos que emigraron a principios de los noventa, llegaron a conocer potreros y enormes solares yermos donde hoy se levanta el nuevo corazón de la ciudad. En Naco y Piantini todos los días desaparece un chalet para que, pocos meses después, se levante una moderna torre.

La ciudad primada por fin vuelve a ser la primera ciudad del Caribe. Mientras en La Habana las ruinas se multiplican, Santo Domingo se consolida como la más importante urbe de la región. A pesar de su caos y de sus grandes contrastes, la capital dominicana ha sabido aprovecharse de varias coyunturas para recuperar todo el tiempo perdido y ser por fin un lugar a la altura del siglo en que vive.

Si en 1959 la ciudad no supo atraer todas las cosas que se fueron de La Habana, con la debacle de Caracas parece haber aprendido la lección. Muchos empresarios venezolanos ha puesto a salvo sus inversiones en plazas comerciales y desarrollos inmobiliarios en Santo Domingo. Eso también ha tenido un positivo impacto en la arquitectura de varios sectores.

El Gran Santo Domingo roza los 4 millones de habitantes, ya tiene metro (algo con lo que La Habana no puede ni soñar) y en estos momentos acomete un ambicioso proyecto de reordenamiento vial. Durante los años que viví en La Habana me la pasé tratando de recordar qué edificio había en el lugar de cada nuevo derrumbe. En Santo Domingo, en cambio, el ejercicio es al revés. Muchas veces no logro darme cuenta de qué había en los espacios donde brotan, sin interrupción, las nuevas torres empresariales y de apartamentos.

Lo que extraño, lo que agradezco

Casi todas las cosas que extraño de La Habana se fueron de Cuba o están muertas. Ya no podré abrir la puerta de mi antigua casa, en la calle 11 del Vedado, para que Cintio Vitier me hiciera una breve visita con algunas croquetas de contrabando (compradas donde Oraida, una de las diosas de la comida casera).

Tampoco podré perder una tarde entera conversando con Antonio José Ponte, quien llegaba armado con un paraguas y todo el pesar (y el placer) que le producía su oficio de ruinólogo. A través de una ventana, junto a mis compañeros de labor (Norberto Codina, Arturo Arango, Omar Valiño, Luis Lorente y Emilio Comas Paret), escanciaba los rones que acompañaban días, meses y años que no hacía falta contar.

Extraño eso, perder el tiempo por placer. En Santo Domingo me es imposible. A la velocidad de mi trabajo se agrega el ritmo vertiginoso de la ciudad. Desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche, de lunes a viernes, Santo Domingo es intransitable. Aun cuando no se tiene nada que hacer, uno tiene que andar con prisa. Eso, probablemente, no suceda en ninguna otra ciudad del Caribe.

El último reducto del son

En las afueras de Santo Domingo hay un enorme liceo lleno de banderas. Se llama el Monumento del Son y todas las noches, sin excusas ni pretextos, se llena de parejas de bailadores. Parecen sacados de aquellas fotografías de Mayito y Marucha, las que hicieron en los refugios de La Habana donde se fueron a morir los trajes y las costumbres de la República.

En el Monumento del Son se baila como en una Cuba que no existe. En el mediodía de Santo Domingo, muchos se detienen a escuchar La Tremenda Corte. Algunos locutores de la radio nacional hablan con el mismo tono de voz que Manolo Ortega anunciaba la cerveza Hatuey. En una rotonda de la ciudad hay una réplica de la estatua de José Martí que preside la Plaza de la Revolución.

Para ilustrar su libro Capitalismo tardío en la República Dominicana, Juan Bosch hizo retratar pequeñas casas de zinc y madera que aún sobrevivían en el mismo centro de Santo Domingo. Ellas eran una prueba para él de la modestia de la ciudad, víctima de la demorada instauración del capitalismo en el país.

Aunque no lo dice de manera explícita, Bosch traza un paralelo con La Habana para llegar a esa conclusión. Él vivió en la opulencia del Vedado, trabajó con un presidente de la República y fue uno de los colaboradores mejor pagados de la revista Bohemia. Cuando se reincorporó a la sociedad capitaleña, debió parecerle la de un pueblo de campo.

Los bailadores de son están en la periferia de la ciudad. El nuevo rostro de Santo Domingo ya no emula a La Habana. Ahora la Capital quiere parecerse a Nueva York o las ciudades de Europa donde la diáspora dominicana gana peso. Ya no hay techos de zinc en el polígono central de la ciudad. Modernas estructuras de acero y vidrios se están haciendo cargo del paisaje.

Entre Freddy Ginebra y el caos

Si Santo Domingo no hubiera existido, Freddy Ginebra la habría inventado con la excusa de recibir, abrazar y querer a sus amigos. La primera vez que volé hacia esta ciudad, me hicieron la advertencia de que para poder conocerla, antes tenía que conocer a Freddy. Así fue. Llegó al stand donde yo mostraba algunos pocos libros de Casa de las Américas y lo tomó por asalto.

—Hola, soy Freddy Ginebra. Lástima que no podamos ser amigos, pero es que ya conozco a demasiados cubanos —me dijo.

En efecto, nunca fuimos amigos. Una semana después, cuando nos despedíamos en el aeropuerto, le di los besos y los abrazos que se les dan a los padres. Por él estoy aquí. Hizo todo lo que estaba y no estaba a su alcance para que yo viviera en esta ciudad. Cuando volví para quedarme, el mar Caribe estaba mucho más azul que de costumbre.

—Tú no sabes el trabajo que me ha dado pintar ese mar —me dijo Freddy en el camino del aeropuerto—. Es que quería que estuviera más bonito que el de La Habana.

A partir de ese momento se desató mi obsesión por las comparaciones. En la medida en que el tiempo avanza, el cotejo pierde objetividad. Hace diez años que no veo a La Habana. Muchas de las cosas que para mí aún están en pie, ya se desplomaron.  Santo Domingo, mientras tanto, se sigue construyendo. La ciudad menos querida se acerca poco a poco a eso que todos esperan de ella.

Aprender a vivir en Santo Domingo me tomó diez años. Sospecho que para dejarla tardaré mucho, muchísimo más.

Dos rincones, un día de la semana y unas películas

Casa de Teatro fue fundada por Freddy Ginebra a mediados de los años setenta. Concebida como un refugio para artistas emergentes, sigue cumpliendo ese cometido casi 40 años después. Pero más que el lugar o las creaciones que allí se presentan, lo que busco siempre son los abrazos y el cariño de Freddy. Él es el espacio que me hace entender y disfrutar todo lo demás.

La calle Gustavo Mejía Ricart atraviesa el corazón de la ciudad de este a oeste. No creo que sea exagerado al asegurar que es una de las calles donde mejor se come en el mundo. La llegada al país de numerosos chef europeos y la obsesión de ciertos dominicanos por la alta cocina, han convertido los alrededores de la Gustavo en el lugar donde se concentran más de siete maravillas del arte culinario.

Los domingos en la mañana: Santo Domingo es una ciudad caótica y muchos de sus habitantes le rinden culto al ruido. El ritmo frenético de los días laborables hace que apenas uno pueda detenerse a contemplar la ciudad. Para poder entender a la Capital dominicana hay que esperar los domingos en la mañana. Solo ese día, justo a esa hora, es que ella se deja mirar como merece que la vean.

En Santo Domingo se filmó una película de culto, El Padrino II. Pero nadie que la ve reconoce a la capital dominicana, porque Francis Ford Coppola ordenó que la disfrazaran de La Habana. El Hotel Embajador (hecho según los planos del Internacional de Varadero) hace de Hotel Nacional, el Parque Duarte hace de Parque Central, una calle emblemática de la Zona Colonial hace de una calle anónima de un barrio habanero.

Después de Coppola, varios directores han recurrido a Santo Domingo para que siga interpretando a La Habana. La última vez que lo hizo, hasta ahora, fue cuando Andy García rodó The Lost City, en 2005. En esas películas, más que una ciudad, lo que vemos es una actriz. Pero si uno se fija bien en los extras, descubrirá que no caminan como cubanos. En la nobleza innata de sus rostros y en la humildad de sus gestos hay que buscar a Santo Domingo. Eso es lo que la delata.

 

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