Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Obituario

Una mujer de cine, que no pretendía serlo

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La Habana, finales de mayo de 1984. Frente a los cines Riviera, Yara, Apolo, Alameda…. se agolpan largas filas de personas que semejan longanizas irregulares, serpientes de colores diversos (agobiadas por el calor) de muchos metros de largo. Las pequeñas fotos cuadradas que atestiguan lo que hoy cuento, reflejan las inmensas aglomeraciones que generó el estreno de la primera película de ficción que dirigí, Los pájaros tirándole a la escopeta (título que obtuve del extenso refranero de mi suegra Alicia) Aquellas instantáneas quedaron en un pequeño apartamento habanero donde las dejé encargadas a un amigo, pero persisten, indelebles, en un rincón de mi  memoria.

La cámara rusa que las tomó, una Zenith, no podía ser otra, fue operada por una mujer que sentía una gran vocación por la fotografía, aunque no lo sabía. Ileana García, mi esposa, confirmó ese talento catorce años más tarde cuando también, como quien no quiere las cosas, realizó la foto que terminó siendo seleccionada por la distribuidora norteamericana First Run-Icarus Films para encabezar el cartel promocional del estreno newyorkino del documental Si me comprendieras, en enero del 2000.

Ileana falleció hace unos días, el 19 de julio pasado, en Miami, entre familiares y amigos, y hasta hoy no he tenido fuerzas para escribir estas líneas sobre la mujer que llenó mi vida por los últimos treinta y tres años. Su alegría perenne, su particular encanto y el perdido enamoramiento que generó en mi desde que la conocí (partía el bate aquella trigueña de veinticuatro años) en una bendita parada de la viboreña ruta 37, me han marcado hasta hoy.

Como suele decirse con solemnidad: murió víctima de una prolongada enfermedad. La prolongación fue de dos años y la enfermedad fue, en principio, ese inefable mal del siglo XXI, el cáncer de seno, que se fue extendiendo hasta destruir los pulmones que tantas veces le dieron aire para banarse en cuanta playa encontrara por delante.

Nos acompañamos entre amores turbios (hubo momentos que no fueron fáciles) e intensas pasiones, sobre todo en la juventud, y continuamos con discusiones y fidelidades, en Cuba y fuera de ella. Aunque siempre se impuso entre nosotros una, muchas veces inexplicable, necesidad de unión que superaba cualquier catástrofe inminente. No éramos un matrimonio modelo, pero supimos capitanear nuestro barco contra viento y marea.

No sé si la palabra adecuada es amor u otra de más envergadura que no conozco, pero así fue, así ha sido. He amado a esa mujer como nuca imaginé. No se qué haremos el uno sin el otro, porque aunque ella esté en otra parte, como piensan los muy creyentes (yo, que no me siento ateo, solo expreso aquí mis dudas) lo objetivo es que, por ahora, ni estamos, ni estaremos juntos. Será duro aceptar la realidad.

En la época de nuestro profundo e intenso habanerismo, Ileana era profesora de Estadística Matemática de la Universidad de la Habana y no tenía tiempo para ocuparse de las películas que yo realizaba con el ICAIC (alguna visita a un rodaje era su máxima implicación), pero una vez salidos del país, hacia las amables y queridas Islas Canarias (Tenerife fue nuestro destino) se convirtió en una mano derecha inesperada y mágica, en un apoyo imprescindible para que yo pudiera seguir soñando con el cine.

Todo comenzó con el documental El largo viaje de Rústico, nominado a los Premios Goya españoles en 1993. Sin darme cuenta, tenía una especie de asesora personal, personaje todoterreno que lo mismo opinaba inteligentemente del guión, que maquillaba a Rústico Pais, el protagonista, que preparaba las mesas del restaurante donde comeríamos, convirtiéndose de hecho en la capitana del lugar,  que escuchaba apaciblemente el pataleo de quien no estaba seguro de cómo había salido el día de rodaje: mi pataleo, mis inseguridades.

Unos años después, en 1996, se ocupó de preparar el catering del docucomedia Fuera de juego, que rodé en Tenerife. La recuerdo en la cocina de nuestro apartamento junto a la buena amiga Wayra, que compartió con ella aquella aventura de cocinar para un equipo de rodaje. No eran platos de un restaurante francés, pero se podía hasta escoger entre dos propuestas, eso sí, bastante parecidas. Además, Ileana no dejaba de estar siempre a mi lado ante cualquier contingencia, y sus consejos había que oírlos o corrías el riesgo de perder alguna ventaja inesperada,  porque eran de una perspicacia admirable.

Pero fue en Si me comprendieras, rodada en La Habana de manera independiente, entre 1997-98, donde desempeñó labores que fueron más allá de la foto fija, al responder por la exigua economía del film y estar pendiente de un sinfín de cosas en el terreno de la organización, las localizaciones y los rodajes. Fue el brazo derecho de la directora asistente Gloria María Cossío, y más. Su relación con las protagonistas, mujeres todas, fue decisiva para una película que se hizo prácticamente sin un céntimo… y no exagero, ahí también estuvo su magia.

Continuó a mi lado como secretaria de talleres docentes y en varias tareas de nuestra productora cinematográfica canaria, Luna Llena, hasta que llegó su principal reto en el film Cercanía (2004), rodado en Miami, donde fungió como productora asistente, vestuarista (sorprendía su habilidad para llevar la continuidad del vestuario sin tener la menor idea de cómo se hacía aquello), decoradora y responsable de todas las finanzas de la película. Cuando terminábamos de trabajar, yo me acostaba a dormir ya sin fuerzas, y la sentía en el comedor del apartamento poniendo al día las finanzas. Fue el alma oculta de aquel filme, su entrega era total y absolutamente apasionada. Me superaba.

Ileana no dejó nunca de estar cerca del cine, controló, por Luna Llena, las finanzas del largometraje La vida según Ofelia que, en 2007, rodé en Las Palmas de Gran Canaria. En aquellas incursiones de fin de semana compartíamos apartamento con el actor Carlos Cruz, y las anécdotas de aquella estancia alcanzarían para un libro de setecientas páginas.

Trabajó durante cinco ediciones del Festival Internacional de Documentales Miradas Doc. Se ocupaba de todo el universo de las acreditaciones. La estaba animando, para que cuando saliera del cáncer fuera productora, con mayúsculas, de mi próximo proyecto: un documental sobre la vida del actor Reinaldo Miravalles… La tenía convencida, pero su salud empeoró de manera casi fulminante.

Era, además, una devoradora de historias. Leía todo lo que yo escribía, y como consumidora de cine era de una sagacidad muy notable; sobre todo en géneros como el thriller y el suspense: todo lo adivinaba, siempre estaba diez secuencias por delante de los hechos, no había criminal o asesino que pudiera escapar a su lucidez. Yo no ponía una, y ella me decía que se debía a su conocimiento de las matemáticas. En eso de aplicar la lógica me llevaba una gran ventaja.

Su sentido del humor nunca lo perdió, ni estando cerca de la muerte, porque Ileana, que por momentos podía ser muy melodramática, tenía una puerta siempre abierta para descargar la ironía. Ingresada ya en Cuidados Intensivos, en los momentos finales de su existencia, tenía una máscara de oxígeno herméticamente sellada sobre su rostro, y una cantidad de equipos conectados para medir y controlar sus signos vitales. Un día antes de su deceso, nos comentó a mí y a sus hijos, que estuvimos siempre junto a ella (con una voz que escuchada a través de aquella máscara sonaba como la de Skywalker, el malo de La Guerra de Las Galaxias) "Tengo más cables encima que una compañía de teléfonos".

Esa es la Ileana que quiero recordar, esa es la Ileana que voy a recordar.

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