Lunes, 18 de Diciembre de 2017
13:21 CET.
Cine

Habanastation

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Cuando concluyó la proyección del filme Habanastation (2011) en el cine Chaplin de El Vedado, y se abrió la sala a un debate con la presencia de su director Ian Padrón, dos preguntas de niños me resultaron muy sintomáticas:

1) Si no se hizo en ese barrio, ¿por qué aparece todo el tiempo al fondo la Plaza de la Revolución?

2) Quiero ver la película muchas veces, pero en mi casa, ¿ya se puede comprar el DVD?

Se trata de un largometraje para todas las edades, donde los niños son los protagonistas y, desde hace una semana, son también su público mayoritario en la capital cubana. Supongo que no sería justo forzar ahora una lectura de adultos para Habanastation. A veces, como es el caso de esta obra, la mayor eficacia se logra jugando un poco a la ingenuidad.

Las dudas infantiles espontáneas ante Ian Padrón permiten perfectamente apuntalar el universo explorado en su filme. ¿Qué es ser niño hoy aquí? ¿Qué es ser un niño en la Cuba de la Revolución? ¿Qué será ser niño en la post-Cuba capitalista que acaso nunca será?

Preguntas que de inmediato se conectan con el decorado de un set futuro cada vez más difícil de habitar fuera de la película: violencia doméstica y colectiva, pésima educación ideologizada, mediocridad de las maneras y hasta del lenguaje, gusto vulgar, falta de altas ilusiones, pasividad apátrida, lucha y trampeo del dinero mientras ondean las banderas de colores en la Plaza de la Revolución, prisión, favelas, barbarie religiosa, submundo en una esquina rota de la utopía a ras de nuestra floreciente burguesía socialista, más un exiliante etcétera que, generación tras generación, le parte el alma a la juventud de esta Isla.

Todo eso y más está a flor de película en Habanastation, pero paladeable. Potable, pensable. El arte como entretenimiento donde la estética casi ni se ve (se siente luego, cuando ya es muy tarde porque estás enamorado de la ficción): en este sentido es el primer filme de Hollywood Made in ICAIC.

Para un niñito cubano, nada de esto es contraproducente ni paradójico. Es lo que hay y punto. Lo cual no implica todavía un descalabro antropológico nacional, pero ya lo anuncia. A pesar de las estadísticas tremendistas que nos asolan y desconsuelan, Habanastation narra aún con candor (como le corresponde a un Padrón menor de edad), apostando por lo espiritual de esa nobleza innata del cubano y su prole, por su sentido del honor, su praxis de buen salvaje, su instinto sonriente de sobrevivir bajo los discursos más o menos delirantes desde el poder, su salud garantizada aunque cada día con mayor precariedad, su instrucción obligatoria de consignas cluecas, su belleza de cuerpos libres al margen de un continente colimado por la violencia izquierdista revolucionaria o la derecha dictatorial (ahora podrían estarse invirtiendo los adjetivos en Latinoamérica).

Niñito cubano:/ ¿a estas alturas de la película/ qué piensas hacer?/ ¿un mundo más justo/ que el mundo de ayer...?

Como en todo producto menor, Ian Padrón desborda cualquier propósito inicial. Su obra muestra más de lo que dice, se hace canónica sin querer. Se conecta en el plano emotivo de nuestra memoria y llega a ser por momentos épica (cada infante es un nuevo Elpidio Valdés urbano). Los niños por primera vez en la escena cubana parecen niños y no abejitas entrenadas para parlotear. Como fotografía digital es casi insuperable (sin parecerlo), con banda sonora y edición también de primera. Hay secuencias antológicas nacidas de cualquier bobería argumental (el guión es como de títeres), porque ni siquiera le hace falta ser verosímil cuando se ha iluminado una cubanidad secreta con tintes de ideal, lo mismo desde el lujo que desde la miseria.

Cuba es muchísimo menos que Habanastation, nuestro tedio vital bien podría estar ya en fase terminal, y por eso este filme sale a poner de urgencia la curita de otra Cubita para nada edulcorada, pero donde no todo es la hipocresía del trampolín: por primera vez nadie quiere irse del país dentro de un filme insular (aunque algunos sí viajan, claro, como viajará ahora su director, con el DVD oficial bajo el brazo, de festival en festival).

La pregunta del primer niño se responde en público, plano a plano, sin mencionar ni una sola vez la política ni la palabra Revolución: el falolito de la Plaza, mientras más multitudinario más desertado, está ahí para ser respirado, más o menos claustrofóbica pero también redentoramente (no es el eje del mal ni de la muerte, sino de la resurrección de un pueblo infantilizado). La pregunta del segundo niño se abre como un paréntesis de esperanza entre el Estado paternalistamente totalitario del siglo XX y la intemperie de un mercado eternamente re-emergente que resiste entre burócratas y déspotas (comprarse el derecho a una vida privada: el Hombre Hogar).

¿Cuántos de esos niños que aplaudieron en el cine estarán mañana con sus padres aún aquí? ¿Los adultos cubanos tendremos alguna vez el coraje de actuar con la sinceridad de un niño ante el dilema entre capitalismo y Revolución? ¿Es conservable la belleza y la ingenuidad incluso en un escenario tan árido, pero que ningún cubano bueno querría ver convertido en criminal? ¿Puede Habanastation, como un PlayStation de tercera generación recién importado a la patria, transformar el silencio luctuoso de un presente precario? ¿Hasta cuándo el bloqueo burdo de cierto exilio que se comporta de facto como otro Consejo de Estado? ¿Hasta cuándo el burdo bloqueo del Consejo de Estado que exilia de facto a sus ciudadanos al no dejarles protagonizar hacia dónde van?

Sé que parezco otro niño en primera fila del cine Chaplin. Al menos durante una semana, el director Ian Padrón no debería torear mis preguntas como un adulto, sino aprovechar las vacaciones de verano para puntillarlas en las puertas cerradas a cal y canto de nuestro tableau nacional.

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