Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Opinión

El lobo, el bosque y Fernando Rojas

En arte como en política, los discursos de los epígonos, libres ya de la culpa original del Mesías, empiezan intentando una relectura liberal del evangelio revolucionario y terminan siendo puro fascismo. El intelectual cubano Fernando Rojas, más allá de su alto cargo gubernamental (de cuando en cuando en el campo literario cubano circula con horror el rumor de que sustituirá a Abel Prieto), no tendría por qué ser la excepción.

Medio siglo después de un ajuste de cuentas de ocasión, Rojas relanza al futuro aquellas Palabras a los intelectuales de Fidel Castro en 1961. No quiere dejar que sean los arqueólogos los que exhumen la violencia fósil del documento. Interpretar es higienizar. Y Rojas apuesta por ideologizar lo que fue un acto tan concreto como poner la pistola sobre un buró de la Biblioteca Nacional.

Se trata, por supuesto, de una intentona de golpe de estado contra la cultura cubana. Un proceso de rojización terminal. Y ojalá que sea exitosa esta maniobra, más allá de su demagogia científica y su cadencia republicana de partido estalinista en el poder. Porque la salud plena de cualquier cultura solo se logra bajo la botaza obscena de un déspota. Porque sin censura no hay resistencia moral que devenga en creatividad límite (de ahí los bostezos primermundistas de nuestro exilio estético). Porque el futuro depende a partes iguales de la víctima y su torturador, donde Fernando Rojas ahora mismo encarna con hidalguía histórica ese segundo rol (papel protagónico y para nada segundón).

Así pues, la próxima década promete ser tan gris como luminosa en las perspectivas de Rojas. Habrá debates de corte anti-dogmático sobre los grandes errores del pasado de la Revolución. La burocracia será burocráticamente lapidada por mil novecientas cincuentinovena vez. Habrá rectificaciones de rescate, incluso para los escritores no revolucionarios que no lleguen a ser incorregiblemente reaccionarios (puede que por ahí me salve en una tablita yo). Se blanqueará la rabia de Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, como en su momento se blanquearon la ironía inicua de Virgilio Piñera y la socarronería atroz de Lezama. Se folclorizará la barbarie de Lydia Cabrera y serán obligatorios los estridentismos de Celia Cruz. Mientras tanto, el mercado seguirá siendo una herramienta medieval en las manos momificadas del Estado: la ilusión siempre inmersa dentro de la institución. Es la teoría de la zanahoria madura versus la tiranía del latigazo verde oliva.

Aplausos, ovación cerrada: así transcribía la prensa cubana la versión de los calígrafos de Fidel Castro. Y Fernando Rojas debió rematar así mismo la gramática de Granma de su último discurso. No debió sentir pena de ese coda que nadie en Cuba, excepto yo, le concederá. En efecto, aplausos y ovación cerrada es lo menos que se merece el monolitismo que lo traiciona de párrafo en párrafo, los que supuran un desprecio anti-intelectual que le quedaría mucho mejor articulado, en tanto autor, en una de esas novelas sobre la soledad de un sátrapa antes sádico y ahora senil.

Fernando Rojas le perdona magnánimamente la vida a sus niños nuevos cautivos (hombrecitos felices que le tienen pánico o lo putean, pero en definitiva niños perdidos del bosque que, más temprano que tarde, serán corregidos por los peterpanes políticos que los atienden). No hay cómo eludir sus buenas intenciones al blandir un papel empedrado como la única Ley. Nuestro Rojaspierre en el ministerio sabe que la analfabeticidad de la audiencia cubana está en proporción directa con su alto nivel educacional. Todos quieren crear, ergo será muy fácil entonces hacerlos primero creer. Y luego ya nos pondremos de acuerdo sobre héroes y tumbas, así como sobre becas y viajes, pero siempre cómplicemente entre compañeros, pues allá afuera y aquí dentro ya afilan sus cuchillos ciudadanos esa nunca tan útil como hoy contrarrevolución inescrupulosa e insaciable.

Sin embargo, a pesar del esfuerzo iluminista de Rojas, cacarear fuera de contexto "dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada", forwardear la frasecita sin leer ni por error el resto de aquel discurso primigenio, exagerar su carácter de apartheid cultural y ningunear las sutilezas semánticas del socialismo, acaso ha sido una suerte de venganza minimal, inconscientemente transgeneracional, casi un tweet anónimo que no se recuerda bien de qué usuario salió, una línea discontinua de fuga ante el monólogo megalomaniaco de décadas y décadas del Máximo Líder en su tribuna-tribunal. Parece seer que cada cual tiene la mala cita que se merece.

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