Jueves, 14 de Diciembre de 2017
21:00 CET.
Artes Plásticas

Baruj Salinas: colores en el trópico

Como sucede con lo que me entusiasma, cuando me enfrento a la pintura de Baruj Salinas, intento atenerme solamente a mis reacciones "puramente estéticas". Y quiero eliminar de mis impresiones o juicios los "elementos impuros"… Fracaso de manera invariable. Ante los cuadros que me absorben, siempre combino la respuesta instantánea (el registro corpóreo y anímico del gusto) con las evocaciones literarias y visuales. Ante cada cuadro combino reacciones inmediatas con la evocación de fragmentos de poemas, de nombres de escritores y pintores, de vivencias personales o culturales, de ideas por desarrollar o de ideas por desechar, de obras antagónicas o colindantes, de polémicas íntimas sobre preferencias y rechazos.

La pintura de Baruj Salinas me lleva, acumulativamente, a un orbe muy complejo, no de influencias sino de correspondencias: las atmósferas de algunos cuadros de Amelia Peláez, el poema Por la calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego, las sensaciones vagas y precisas a que convoca todo paisaje tropical, el exaltado ordenamiento del caos que la música barroca transmite, la frase atribuida a Jackson Pollock: "Mi arte no reproduce a la Naturaleza, es Naturaleza", la fluidez y la subjetividad del color que impiden las "estructuras" en la obra de Joan Miró (Harold Rosenberg), las intenciones sinfónicas de los grandes creadores del expresionismo abstracto… Repito: no hablo de influencias, sino de correspondencias y asociaciones. Baruj Salinas no se propone representar a la vanguardia, ni se apoya en movimientos constituidos. Él, a partir de sus necesidades expresivas, pinta con fervor, con el estrépito sensorial que "oímos" visualmente, con el trance religioso de la exaltación. En los trabajos de Baruj percibo la vehemencia racional que lo separa de modo tajante del abismo suntuoso en el oficio pictórico: la decoración interior, la comercialización de la técnica. A él lo norma la pasión artística nunca desligada de la mística, el principio de fundación (el amor al génesis) que vislumbra o exige de los óleos cosmogonías ceñidas y ejemplares. En el principio Cielo y Tierra fueron creados, y así se debieron desenvolver, como en esta tela, las impresiones del comienzo, cuando al desorden y al vacío se opusieron la fuerza de los colores, el estallido de las combinaciones, al verde lo diluía el amarillo, al azul lo exaltaba el bermellón, la energía de los elementos subrayaba los contornos tenues, y en cada uno de los firmamentos establecidos y delimitados por la mirada, la fluidez impedía el congelamiento del estado de ánimo.

Esto consiente la pintura de Baruj Salinas: interpretaciones bíblicas o literarias. Pero su obra es también terrestre, elaborada con las calidades de lo cotidiano, y la cosmogonía se "democratiza" y permite ver con frecuencia paisajes de Cuba, de México, del Caribe. Son las órbitas sensuales y delirantes de José Lezama Lima, donde el refinamiento del bosque de cocoteros iguala a la franja naranja de la cacatúa, donde las aguas confluentes borran al fuego encorsetado, donde la copulativa bahía recibe el oleaje del vegetal entre el paisaje para el sexo del insecto y la memoria del hombre.

Entre los muchos temas que me interesan en la obra de Salinas, ocupa un lugar central la fidelidad al estilo, asunto de moral y definición. Si cambian y se multiplican los métodos, el estilo (que aquí es un método para entenderse con pasiones y razonamientos visuales) permanece. En esto no hay arrogancia ni certeza de que la revolución artística que se profesa será la última: si es repudio del oportunismo y apuesta por una identidad estética, que incluya y asimile la metamorfosis, que le conceda libertad sin renunciar a la coherencia del todo, y a la singularidad de las partes o etapas. En unas etapas privan determinados colores (resúmenes de melancolía o júbilo); en otras imperan las forma que anuncian explosiones o implosiones. Hay siempre la constancia del hecho intensamente físico de la pintura, de la muscularidad de los movimientos rítmicos, del equilibrio de movimiento. Los estados anímicos se expresan como impulsos corporales que se distribuyen en la pintura, y son el eje de las incesantes composiciones en cada cuadro.

A Matisse le entusiasmaba el que los pintores japoneses del gran período cambiaran sus nombres varias veces durante sus vidas para proteger su libertad creativa. Baruj Salinas sigue llamándose así, y no renuncia al estilo esencial, pero en su pintura las transformaciones (que son épocas vitales o artísticas, que son maneras de contemplación, que son versiones de la armonía oculta que se hace pública), indican también las tensiones permanentes entre las pintura como actividad normal y la desesperación que prueba la identificación suprema entre arte y vida. Sin afanes psicobiográficos, supongo que Salinas afinó tal contradicción en su peregrinaje internacional, de Cuba a México a Estados Unidos a Israel a Francia a Suiza a Barcelona. En situaciones y escenarios distintos, él preserva el equilibrio entre la vocación y el oficio, entre la entrega sin concesiones al arte y el modo de vivir. Y Baruj se ejercitó en mantener ligadas las contradicciones gracias al origen de su unidad estilística: él lleva sus paisajes consigo, los de Guanabacoa, los de Acapulco, los del Mediterráneo.

¿Cuál es la espontaneidad que observo en la pintura de Salinas? No la vinculada con estructuras que resultan de un plan minucioso, ni la propia del automatismo del sonámbulo, sino la que resulta del juego entre la experiencia técnica y las modulaciones del sentimiento. La acción del temperamento matizada por las disciplinas: el paisaje se despliega en olas, soles, tormentas, ocasos vertiginosos, alboradas obsesivas, el estallido sensorial nos envuelve y hace de la contemplación un acto comprometido: ésta es pintura viva, tensa, expresión y supresión de los efectos naturales, disolución y resurrección de las formas, cultura y contracultura, el matrimonio de los opuestos a través de la extrema movilidad de colores y perspectivas. Y por esto, como ocurre con todo arte genuino, uno no agota la contemplación de la obra de Baruj Salinas. Si él cierra los ojos para ver, sus visiones son triunfalmente exteriores. Como Cézanne, él podría decir: "El paisaje se piensa por mi intermediación", porque él no traduce los panoramas del trópico interminable (real y metafísico). Solo los reelabora desde su interior.

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