Jueves, 14 de Diciembre de 2017
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Moda

Facha y estilo

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Hace unos días, en su columna en DDC, el ensayista cubano Iván de la Nuez reflexionó sobre el pronunciamiento pro-nazi del diseñador de moda británico John Galliano. Aliado de Christian Dior y de buena parte del mundo del fashion en Londres y París, Galliano evocó, no sin admiración, a los nazis, a la figura de Hitler, y llegó hasta aludir a las cámaras de gas. Unas declaraciones que, a primera vista, resultan repugnantes y resisten cualquier análisis en torno a la justificación de un sistema, el peor desastre político que hasta el momento ha acontecido a Occidente, como el Nacional Socialista de Alemania. Lo curioso que apunta De la Nuez, y que una segunda lectura ofrece, justamente, es la coincidencia de dos esferas en el discurso personal de Galliano: una doble fascinación por la moda del mal.

En otras palabras, se trata de articular la moda como cara visible del mal. De ahí que Iván de la Nuez comente de ese tránsito existente entre la moda y el fascismo. Un tránsito que, de ida y vuelta, recorre la terapia de la estética y la estética de la tiranía.

No han sido pocos los que han recordado, por ejemplo, la mediación de la compañía de moda Hugo Boss en la confección de los uniformes de las SS. Negros, de costura impecable, con cortes muy modernos, ajustados en la cintura, y recaídos sobre la pantorrilla; Hugo Boss hizo del cuerpo bélico del ejército de Himmler una escuadra de fascinantes modelos de la guerra. La amiga escritora Pola Oloixarac, en efecto, ha especulado que, siguiendo esta misma línea de análisis, bien podríamos imaginar que la contribución de Hugo Boss a los uniformes nazis es mayor de lo que podríamos suponer. Oloixarac comenta que allí puede encontrarse el origen de las hombreras —tan populares en la década del ochenta—, aunque se me ocurren otros detalles: el pantalón campana, el Mackintosh, gabán que abriga en un invierno neoyorquino, o el contraste entre corbatita de color oscuro con camisita apretada de color claro.

La pseudo-revolución nazi fue también una revolución que se ocupó del régimen del paño, o sea, de la ciencia (metafísica para Thomas Carlyle, si recordamos su novela Sartor Resartus) de la sastrería y de los hilos. Se trata de una revolución que es quizá el legado del fascismo que hoy, en las supuestas sociedades democráticas y abiertas, continúa por otros medios. Y tal vez es esto lo que ha revelado, sin proponérselo, el mismo Galliano. Su admiración por Hitler, las SS, y el gas, responde a la melancolía por un tiempo dorado de la moda nazi. Una moda que hizo de los límites del cuerpo una obra de arte, y de la obra de arte un cuerpo hilado.

Moda y fascismo pueden cubrir una misma esfera semántica. Es solo de esta forma que podemos entender el doble uso que en la lengua castellana se le da a la expresión "facha". El término indica, primero que todo, la apariencia de una persona, cómo se viste y se exhibe en público. Entendida de esta forma, "facha" se refiere también, peyorativamente, a una persona mal vestida, o que ha rayado, como diría Hal Foster, en un crimen de la moda. Sin embargo, "facha" en España es el nombre que, informalmente, alude a una persona fascista, o sea, con tendencias nacionalistas o de derecha. De modo que, en el signo "facha" se unen dos elementos contradictorios: una persona reaccionaria que, a su vez, no se sabe vestir. O que, ante las normas de la sastrería colectiva, no tiene gusto en cuanto a la alta costura.

Amén de la inmoralidad y obscenidad política, la contribución de un personaje como John Galliano es justamente hacer visible lo opuesto: el facha es aquel, no que se viste mal, sino el que hace de su facha la máxima expresión de lo estético desde el cuerpo. Contrario a la irradiante pobreza que los comunistas demuestran en cuanto a la moda — salvo algunos lujosos sobretodos de lana que portaba Stalin— para el facha, la esfera de la moda es la lógica de un modo de vida.

Los bigotitos y la militarización de la moda en el mismo Galliano vienen a confirmar que el nazismo continúa hoy desde la imaginación de fashista, cuyo recinto de guerra ya no es la trinchera o el campo de concentración, sino la pasarela y la imagen publicitaria.   

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