Lunes, 18 de Diciembre de 2017
15:51 CET.
Opinión

Academia, exilio e intercambio

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A quienes manifestaron por carta "perplejidad e indignación" ante la presencia de Miguel Barnet en algún recinto universitario, los académicos anfitriones replicaron: "No es ni en Nueva York ni contra los que consideran intelectuales non gratos, llámense Miguel Barnet o José Manuel Prieto, que los radicales deberían ejercer su 'verticalidad'. Si su posición es la del machete frente al diálogo, es en Cuba donde deberían desplegarla, en lugar de querer cerrar filas contra la academia".

Esa misma lógica puede virarse como vulgar calcetín para indicar que Barnet y sus anfitriones estadounidenses pueden y deben ejercer mejor su libertad académica dentro de Cuba. La metáfora del machete frente al diálogo, para reprobar la intransigencia del exilio anticastrista, elude la crucial diferencia de la intransigencia del castrismo, que viene revestida con el monopolio estatal de la fuerza. La ley de neutralidad prohíbe a los exiliados radicales ir a Cuba y cargar al machete, pero ninguna ley de EE UU impide a sus académicos irse a dialogar permanentemente con el castrismo in situ.

La recurva del affaire Bosch

La defensa de Barnet incluyó ir al reenganche en el repudio al homenaje que el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo dio a Orlando Bosch en recinto alquilado a la Universidad de Miami (UM). Ahora se alega que Bosch puede ser invitado, pero no homenajeado en local donde figure "como telón de fondo el logotipo de la UM". Aquí se nota cómo académicos de la geografía de EE UU van ya por alegatos de libertad… hasta cierto punto, para resolver problemas "de fondo".

A tal efecto no pueden invocar los textos sagrados sobre libertad académica con que se abroquelan para defender a Barnet, porque en ellos la libertad de expresión no tiene más cortapisas que el daño físico a otros. Tampoco pueden recurrir a ninguna norma jurídica: aquel homenaje no instigó al ni hizo apología del terrorismo. Se ciñó al aniversario 50 del alzamiento guerrillero en el Escambray, sin nada que ver con que Bosch, por razones más que suficientes, haya sido convicto de terrorismo (1968) y aun tachado de "terrorista número uno de Miami" (1989). Así resultaría igual de lícito homenajear en la UM a Fidel Castro por su victoria estratégica en la Sierra Maestra (1958) o incluso en Girón (1961).

Los académicos conjurados contra Bosch no tenían otra cosa que el juicio moral. Sin embargo, su alarde tomó el vuelo policíaco de "que se inicie con la mayor premura una investigación". Así invadieron el ámbito jurídico. Nada hay que investigar en torno a un instituto con pleno derecho a expresarse dando homenaje a Bosch en cualquier local. Tan sólo por arremeter contra Bosch, esos académicos se arrogan el decoro que faltaría a quienes dieron el homenaje, aunque su arremetida fue ejemplarmente indecorosa por usar argumentos falaces, como endilgar a Bosch el asesinato de Orlando Letelier, que la judicatura de EE UU esclareció hasta la saciedad sin implicarlo; y agitar contra Bosch, como si fuera la reina de las pruebas, un papelito que recoge la frase oída al vuelo "Orlando tiene los detalles", sin precisar si ese Orlando es Bosch o García.

Para colmo, esos académicos consideran que el homenaje a Bosch "daña la seguridad nacional". Para EE UU, al menos desde Wendell Holmes, el peligro tiene que ser claro y actual. No se puede tocar con badajo académico la campaña que Fernando González Llort hizo repicar en el juicio de la Red Avispa: Bosch "continúa conspirando" porque su firma apareció en "anuncio a página completa [The Miami Herald] en el que un llamado Foro Patriótico Cubano establece entre sus principios que reconocen y apoyan el uso de cualquier método en la lucha".

Barnet y la otredad

La carta contra la presencia de Barnet ni siquiera pidió investigar "con la mayor premura" a su anfitrión, Mauricio Font, pero sí concitó otra escaramuza en la guerrita de las etiquetas banales. La bandería pro Barnet reprocha que la derecha del exilio pegue a sus contrarios marbetes de agente castrista o antinorteamericano, pero no vacila en pegarle sellos de macartista o plattista a esa derecha. Ahora los opositores a Barnet fueron empacados bajo el gastado rótulo de "exilio vertical".

Aquí yace una trampa lógica: por asentarse en geografía de libertad académica, el exilio anticastrista debe atenerse a la grandeza de Occidente, que estriba —como apuntó Reinaldo Arenas— en "darse el lujo de tener dentro sus propios enemigos y tratarlos con el mismo margen de libertad que es dado a sus aliados más fieles". Al sumar el intercambio se obtiene la entrada libre para quienes vienen de otra geografía sin aquella libertad y aflora el problema que animó a la teoría crítica desde que Max Horkheimer soltó su discurso inaugural como director de la Escuela de Fráncfort: ¿Pueden discutirse las ideas sin tener en cuenta sus contextos vitales de surgimiento y aplicación?

En las universidades estadounidenses, algunos buscan montar su Cubita Project para ir al intercambio con la Isla de Cuba pintoresca, como si ésta pudiera ser objeto de reflexión académica más acá de la dictadura castrista, y la academia estadounidense ganara algo en ilustración por conceder espacio a intelectuales que medran bajo el castrismo, esto es: en ambiente diametralmente opuesto a los principios y las reglas de la libertad académica.

Al noticiar la prohibición a 30 estudiantes universitarios cubanos de participar como becarios en dos programas académicos estadounidenses, el blog Café Fuerte trajo a colación las instrucciones del Ministerio de Educación Superior (MES) para el "reordenamiento del trabajo político-ideológico en las universidades", que se empinan sobre "pilares" sentados por el Secretario del Comité Central del Partido para enfrentar "la subversión ideológica imperialista dirigida a penetrar el sector académico cubano". Así que, además de no satisfacer las premisas del diálogo en pie de igualdad, todo intercambio académico con Cuba generado en EE UU cae allá bajo sospecha y tiene que pasar por el tamiz de Castro.

Para recibir a Barnet en universidades americanas sonaron las trompetas de la libertad académica, pero se puso en sordina el trombón del Secretario: el profesor universitario es "un activista de la política revolucionara de nuestro Partido", que es el único. La clave radica en que si no eres activista político del único partido no puedes ser académico. Al respecto el documento del MES subraya que "cada universidad [tiene] un programa [2 horas quincenales] de superación política y económica, en coordinación con la Escuela Superior del Partido Ñico López", así como la sublime misión de "atender con mayor intencionalidad, dedicación y sistematicidad la formación integral de los estudiantes universitarios con énfasis en la política-ideológica".

Y como el Secretario ordena, y su ministro instruye, que todo profesor universitario es activista político del único partido, no está claro por qué la bandería pro Barnet atribuye a Miami cierta "lógica excepcional". Una respuesta politizada frente a Barnet parece ser lógica ante la politizada respuesta de Castro a la libertad académica, que consiste en admitirla… hasta cierto punto, tal y como denunció Martí en tiempos de la colonia: "dichosa libertad [para] que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica".

Según el MES, el diagnóstico de la situación universitaria en Cuba "arroja un mayoritario respaldo a la Revolución, pero a la vez revela un grupo de estudiantes y profesores con afán por obtener beneficios personales por encima de cualquier consideración colectiva, social y patriótica, así como confusión e incomprensión". Comoquiera que "este nuevo escenario reclama la construcción de respuestas inteligentes", nadie se llame a engaño: las respuestas se construirán por los servicios de inteligencia.

Intelligentsia

Bajo el castrismo, el intercambio académico Cuba-EE UU principió en serio con la distensión de la administración Carter. El tándem Franklin Knight-Al Stepan trajo entonces a Mirta Aguirre, Mery Gentile, Milagros Martínez, Esteban Morales, Manuel Moreno Fraginals, Oscar Pino Santos y Roberto Fernández Retamar a EE UU. La rima siguió y siguió, pero es curioso que la libertad académica en Cuba no mejora porque académicos de la Isla vengan a EE UU y regresen.

Por el contrario, apenas iniciado el intercambio, el académico Walter Kendall Myers se volvió (1978) espía de Castro. Y por este declive llegamos hasta Julia Sweig, quien tiene acaso el récord de seis agentes de la inteligencia castrista en la página de agradecimientos de su libro Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground (2002): Ramón Sánchez-Parodi, José Arbezú Fraga, Fernando Miguel García Bielsa, Josefina de la Caridad Vidal Ferreiro, Hugo Ernesto Yedra Díaz y José Gómez Abad.

¿Habrá sido por casualidad que los primeros jefes de la oficina de intereses de Castro en Washington, Ramón Sánchez Parodi y José Arbezú, eran profesores adjuntos de la Universidad de La Habana? ¿O sería por causalidad que también fueran oficiales de inteligencia, con Arbezú como lugarteniente de Manuel Barbarroja Piñero en el Departamento América?

Junto al intercambio académico marcharon la eclosión del diálogo (1978) y los eventos en Villa Universitaria de Machurrucutu, bajo el cuidado de Mechy [Mercedes Arce], quien luego de ser detectada por el FBI quedó confirmada como oficial de inteligencia de Castro por el agente castrista confeso y convicto Carlos Álvarez, que ¿por casualidad o causalidad? era profesor de la Universidad Internacional de la Florida (FIU).

Quienes urden Cuban Projects deben repasar al menos el episodio biográfico de María Cristina Herrera (Miami-Dade College), quien abrigó la ilusión de ser directora de turismo científico a Cuba y murió con el desengaño de no poder entrar más a la Isla, por orden de Castro, y ser tachada de agente de la CIA por la izquierda castro-chavista. También convendría repasar que Castro ha aprovechado cada contacto o intercambio con EE UU para colar desde locos y criminales en las embarcaciones con que los exiliados fueron a recoger a sus familiares en Mariel, hasta agentes de inteligencia que buscaron trabajo en bases aéreas y, al ser pillados, declararon ser cederistas residentes en el exterior con el sano encargo de vigilar a los terroristas exiliados.

Desde luego que la Dirección de Inteligencia (DI) castrista y sus estudios de la "situación operativa" en diversas universidades americanas, como reveló el oficial desertor José Cohen, no pueden espantar a la libertad académica en EE UU. Ese peligro claro y actual no justifica que se desmonte ningún Cuba Project, pero sería loable aclarar si el pregón del intercambio tiene la nota de conseguir la libertad académica en Cuba (y así hacerlo saber a Castro) o busca desfogar otra suerte de pasiones.

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