Domingo, 17 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Cine

Una insidia 'políticamente correcta'

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Apenas estrenado el filme Black Swan de Darren Aronofsky, Néstor Díaz de Villegas publicó en este mismo diario una crítica, la cual consideré entonces excelente, aun sin haber visto la película, al confiar en el criterio (y en la cultura) de Díaz de Villegas. Luego de que la ví, sólo pude coincidir con Néstor. Y la opinión que verteré aquí no es cinematográfica strictu sensu, sino la de una crítica de danza.

El primer entuerto del filme es que Natalie Portman (Nina Sawyers) no es una bailarina. Los filmes sobre ballet (aunque éste no lo sea, sino que lo utiliza como pretexto malsano) tienen que ser asumidos por figuras pertenecientes a la cofradía. Incluso en el caso en que el papel representado no sea el de una "estrella", y Portman encarna en este filme a la supuesta estrella de una compañía de primer rango internacional.

Ahí están, por citar algunos ejemplos, Moira Shearer y Leonide Massine en Las zapatillas rojas; Mijail Baryshnikov en Noches blancas; de nuevo Baryshnikov junto a Leslie Brown en The Turning Point de Herbert Ross (antiguo esposo de Nora Kaye, la rival "dramática" de Alicia Alonso en el American Ballet Theatre); Dancers, también de Ross, con Baryshnikov encore, y Alessandra Ferri, y Julie Kent, y Brown y Lynn Seymour. Hasta el "políticamente correcto" Billy Elliot introduce en el final como "doble" del protagonista Billy (ya exitoso) al magnífico Adam Cooper.

 Sin embargo, la lección de Billy Elliot fue ignorada por Aronofsky. Como se recordará, el niño Billy debe enfrentarse a los prejuicios machistas de su padre, minero "izquierdista" en huelga en tiempos de Maggie Thatcher, para seguir la vocación que descubre. Pero cuando al fin triunfa como bailarín adulto, se ha convertido en Cooper, el intérprete del iconoclasta El lago de los cisnes de Matthew Bourne.

El segundo entuerto de este filme son los pobres dibujos coreográficos firmados por Benjamin Millepied para El lago de los cisnes de pacotilla que, en escenas desencajadas, presenta Aronofsky. Millepied es, no obstante, uno de los coreógrafos más interesantes hoy en día, además de primer bailarín del New York City Ballet. La paradoja es que lo único que habría podido hacer "creíble" al filme como perteneciente al mundo del ballet habría sido la interpretación, a cargo de Millepied, del partenaire de Natalie Portman.

Hasta donde he leído, los bailarines, coreógrafos y otros profesionales que han intentado referirse con alguna "simpatía" a la tergiversación (quizás no intencionada sino imbécilmente oportunista) efectuada por Aronofsky del arte del ballet, aducen que la conversión de Portman en Odile, el cisne negro, la criatura del infierno, ejemplifica que sólo una actriz, y no una bailarina, puede portar estas llamas maléficas. Pero, si bien es cierto que ese es el único momento en el que Portman demuestra que es actriz (el resto del tiempo se limita a fruncir el entrecejo, tanto fuera como "dentro" de la escena, para indicar su "sufrimiento" y su "desasosiego"), contamos, para demostrar lo contrario, con el legendario Cisne negro de Alicia Alonso. Aunque tal vez a la ballerina cubana no le costase trabajo alguno el papel pues hacía de ella misma.

Curiosamente, el guión del filme se coloca en las antípodas de lo que suele ser habitual en una cierta tradición al abordar El lago de los cisnes, porque es la hondura metafísica de Odette, el cisne blanco, la que es más difícil de interpretar. La malvada Odile, mientras tanto, es una (casi vulgar) vampiresa. En otras palabras, se trata de la banalidad del mal. El maître de ballet Leroy (Vincent Cassel) atosiga a Nina con la premura de que ella ya es Odette, pero le falta ser Odile. Hollywood, como es habitual, invierte los verdaderos términos.

Lo más risible en este filme que pretende ser una "tragedia" ocurre cuando la ex-estrella despechada, Beth (Wynona Ryders), se tira debajo de un carro para conseguir que sólo le destruya las piernas, salvando su vida. El instinto de conservación de una bailarina, sin embargo, pasa por sus piernas. Después, viene el resto. Los bailarines identifican a la vida con el baile, y éste es sinónimo de piernas.

Si bien Black Swan no es un filme sobre el ballet sino sobre la esquizofrenia (y sobre el límite de ésta con la posesión diabólica y su transformación física; ¡faltaría más!, ya que Odile es un ser "demoníaco"), subyace en su utilización de Odette/Odile (¿por qué no hizo Aronofsky una versión de El doble de Dostoievsky, como originalmente pretendió?) en tanto referencia balletística el acierto manipulador de que la disciplina, el rigor, la búsqueda de perfección y el asidero a un ideal estético conducen a la locura y a la muerte. ¡Malditos sean estos obsesos con sus barras, sus puntas y su "sadomasoquismo"! 

No podía faltar el  latigazo a la pretendida anorexia de las bailarinas, cuando el plano se enfoca en la media toronja que desayuna Nina, o en su rechazo a comer el pastel que le ofrece la madre. (Otra contradicción: si la madre, sobreprotectora hasta la caricatura, intenta realizarse a través de la carrera de su hija, ¿cómo va a tentarla con demasiadas calorías?) Ningún arte que se precie está desprovisto de locura, ni tampoco de muerte, dice Perogrullo. Pero lo cierto es que los bailarines, debido a esas exigencias físicas que son su medio de expresión desencarnada, suelen ser los seres más racionales y prácticos, bastante terre-à-terre por lo mismo que suelen estar en el aire desafiando la gravedad.

El coreógrafo John Neumeier, director del Ballet de Hamburgo, declaró estar "choqueado" por el filme. "El mundo del ballet", dijo, "se representa como habitado por gentes enfermas y monstruosas que abusan de muchachas anoréxicas. Si uno hace un retrato de un mundo desconocido y extraño como el del ballet bajo esta forma enferma y negativa, solamente serán las cosas malas las que las gentes recuerden. El público no es capaz de cuestionarse las imágenes y así las toman como ciertas. Nada es auténtico, no obstante, en Black Swan. El ballet es un género artístico donde muchos, y artistas muy individuales encuentran su lugar, y no solamente muchachas entre 17 y 24 años, que se someten a tormentos cada día. El filme muestra una ambición anormal. Sin embargo, uno no puede nunca acusar a los atletas por efectuar lo que hacen y de ejercitarse para ello, de prestarle atención a su cuerpo y de renunciar a cosas. El bailarín tiene que renunciar a ciertas cosas, desde luego, pero es premiado con poder bailar. Los seres humanos son libres de escoger y de juzgar lo que es bueno para ellos. Ser un bailarín es un privilegio. (…) Los bailarines se plantean cuestiones, y lo más importante es que disfrutan el baile".

Claro que a los bailarines les gusta el helado de chocolate, pero les gusta más bailar.

Más allá del arte del ballet, y de esos ciertos sacrificios que exige en nombre de una perfección que le es consustancial, lo que Black Swan viene a decirnos es que el esfuerzo, la dedicación, el intento de superar unos límites, son nocivos, y por lo tanto deben ser enviados al Index Prohibitorum. Neumeier lo analizó bien: el filme de Aronofsky pone en tela de juicio  la libertad individual. No es sino una insidia "políticamente correcta".

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