Literatura

Un libro escrito mirando por la ventana

El escritor cubano más leído en la Isla presenta su última novela: ¿Es la literatura la continuación de la política por otros medios?

En su caso, Leonardo Padura ha domesticado a la fiera de la censura. Aunque la cosa quede entre felinos, la ha convertido de tigre a gato. Gracias a la revuelta de los emails de hace unos años y a la propia despigmentación ideológica del sistema —algunos la toman como modernización— es que se explica la salida en Cuba de una novela como El hombre que amaba a los perros, en la que el autor se sirve de un crimen político para destapar los íntimos resortes de la perversión del socialismo soviético y sus incumbencias en la historia contemporánea cubana.

Ante un sonriente viceministro de Cultura —Fernando Rojas, para más señas— y un salón de proporciones bailables abarrotado de seguidores del novelista, Padura ha querido presentar el hecho como la destrucción de un mito y la evolución de un régimen que ha dado muestras de ser reacio a las revisiones políticas.

"Es una tarde donde se rompen mitos y se cumplen sueños", dijo el escritor este martes en el recinto Nicolás Guillén, de la Feria Internacional del Libro, flanqueado por su colega Reynaldo González, premio nacional de Literatura, y el ex diplomático Raúl Roa Kourí, quien contaría sus peripecias políticas con el caso Mercader.

Prematuramente patriarcal, con su pelo y barba casi totalmente encanecidos, y una mirada por momentos perruna, Padura insistió en que "cuando escribía esta novela y después, cuando la terminó, muchas personas que la leían o yo les hablaba de ella me decían 'ese libro no se va a publicar en Cuba', y yo insistí en algo que me parecía que era muy importante: la forma en que estaba escribiendo este libro". No lo ha dicho en clave. Sus miras estaban puestas en el lector cubano, pese a que los derechos los conserva Tusquets, que sólo ha permitido una edición insular de cuatro mil ejemplares.

"Este es un libro por tanto profundamente cubano, escrito en Mantilla, como todos mis libros, mirando por la ventana ver pasar los camellos, el negro que vende las lechugas […] y también sintiendo el ritmo de la vida cubana".

El hombre que amaba a los perros es una historia que comenzó justo cuando se desmoronaba el llamado socialismo real. En octubre de 1989 Padura visitó en Coyoacán, México, la casa de León Trotsky, que a pesar de haber sido convertida en el museo del Derecho de Asilo, seguía pareciendo abandonada.

"Entré en ese lugar que todavía respiraba la atmósfera de la tragedia que allí había ocurrido y ese día, sobre todo, me hice una pregunta que creo es la que trato de responder en este libro: si para hacer la revolución, es necesario matar a un hombre".

Con una dilatada geografía y acontecimientos a raudales cifrados en la Unión Soviética, Turquía, España, Francia, Noruega, Estados Unidos, México y Cuba, la novela comienza en 1873 con el nacimiento de Liev Davídovich Bronstein y concluye cuando el huracán Iván bordea la costa sur de Cuba, en 2004. Ese arco temporal es tripartidamente compartido por Trotsky, líder militar de la revolución rusa; su asesino, el catalán Ramón Mercader, quien murió en La Habana en 1978 con los huesos partiéndose por el cáncer; e Iván, un veterinario y narrador de la historia que por casualidad traba amistad con el ex agente soviético cuando se hacía nombrar Ramón  López y paseaba con dos hermosos borzoi.

Comentadores y testigos

"Este libro es una suma de alfilerazos para la conciencia y la inteligencia revolucionarias. Bienvenido a Cuba este libro, donde va a tener lectores muy ávidos e inteligentes", dijo por su parte Reynaldo González, quien nuevamente hizo de las suyas al contar como en su casa camagüeyana de infancia, tenía por ángel de la guarda el retrato de Stalin, al que llamaban el tío Pepe.

"Pórtate bien que te está viendo el tío Pepe", recordó un afable e irónico González.

El premio nacional de Literatura en 2003 estimó que se trata de un texto "sobre pérdidas, sobre fracasados, es un libro triste, para muchos va a ser melancólico y es un libro con una vastísima documentación ensayística e historiográfica".

"Mi generación —agregó— llegó a la revolución con muchísimas lagunas y esas lagunas continuaron ampliándose por el silencio. Esto que ahora Raúl Castro ha llamado secretismo. La idea errónea, un poco perversa, de ocultar la información, de no permitir que se la busque, choca con una realidad inevitable y es que la gente va a tener la información, que el mundo va a saber verdades o versiones de verdades, y ahí se mueve Padura, en un terreno donde lo ficcional imprime lo suyo".

Hace un par de años, en Roma, Raúl Roa Kourí leyó la novela de un tirón. "El ejemplar era prestado y debía devolverlo en cuarenta y ocho horas". Pese a lo apresurado de su lectura, no dudó en darse cuenta entonces de que "se trataba de una obra excepcional".

Hijo del intelectual y político Raúl Roa, quien fuera canciller del gobierno de Fidel Castro en sus primeras dos décadas, Roa Kourí relató cómo en 1962, "un colega embajador me preguntó si deseaba conocer a quien llamó, y cito: 'la madre del que ajustició a Trotsky', a la sazón colaboradora suya. Me negué rotundamente a saludar a Caridad del Río, la progenitora del asesino, y escribí a nuestro canciller expresándole que a mi juicio dicha señora nada tenía que hacer en una embajada cubana. Por fortuna, pronto se prescindió de sus 'servicios'".

Según el escritor Guillermo Cabrera Infante, quien perteneció al cuerpo diplomático en los primeros años de los sesenta, Eustasia María Caridad del Río Hernández, nacida el 29 de marzo de 1892 en Santiago de Cuba, trabajó como portera en la embajada cubana en París, cuando el compositor Harold Gramatges era el embajador de La Habana en Francia.

Aunque confesó que tanto su padre como él no eran simpatizantes de Trotsky, Roa Kourí acreditó con citas históricas, del propio Lenin y hasta de un sorprendente Stalin en 1918, el peso político militar del creador del Ejército Rojo, conectando su muerte al destino final de una Unión Soviética, "que se desplomó sin el menor asomo de resistencia" y que "no era, nunca pudo llegar a serlo, el paraíso de los trabajadores".

"Los hechos que narra Padura, por más dolorosos que sean, por más cercanos que resulten sus reflejos en nuestra sociedad, que efectivamente durante demasiado tiempo se inspiró y a veces calcó el históricamente ineficaz modelo soviético, sobre todo en el aspecto económico, en ciertas políticas intolerantes, que entre otros conllevaron la homofobia, el llamado quinquenio gris y engendros como la UMAP, amén del pernicioso dominio de una burocracia inepta y conservadora, que sigue pesando sobre todas las cosas como un lastre inservible, no me mueven a la desilusión, ni a la renuncia de la utopía, que inauguramos en Cuba el primero de enero de 1959", leyó el ex diplomático, quien fuera embajador en París y representante de Cuba ante la UNESCO.

Literatura y mercado negro

La ansiada presentación de la edición cubana de El hombre que amaba a los perros estuvo envuelta de postergaciones y rapiña. Aunque sin la espectacularidad del camión atracado en plena calle de Alemania la víspera del lanzamiento del penúltimo libro de la saga Potter, la novela de Padura fue hurtada con la tinta aún caliente en la propia poligráfica Federico Engels en número aún no precisado por la vox populi. Unos dicen que fueron 400 los ejemplares robados y otros que llegaron hasta los mil, es decir, un cuarto de la tirada total.

Pasado algunos meses, los ladrones bombearan ejemplares hacia los libreros callejeros. Podría cada uno valer entre ocho y diez CUC, varias veces su precio oficial de treinta pesos, lo que para un cubano de a pie es un dilema difícil. En ese monto cabe una botella de aceite, dos paqueticos de detergente y una bandeja de pollo de un par de kilos. O Padura o todo eso. Para los revendedores, no hay dilema. Negocio redondo.