Lunes, 18 de Diciembre de 2017
22:49 CET.
Artes Plásticas

Garaicoa contra el Partido

Party!, Not Tea Party, la más reciente muestra del artista cubano Carlos Garaicoa (La Habana, 1967) en la galería madrileña de Elba Benítez, nos remite a la vigente contradicción del concepto de lo político. Si el arte es, al decir de Jacques Ranciére, un modo de hacer visible los antagonismos y las contradicciones de la sociedad contemporánea del consenso, puede entenderse que toda materialización artística es necesariamente política.

La producción y exhibición del arte como tal, si mínimamente exitosa, es un modelo en busca de impurezas y rezagos. Justamente el arte tiene la potencia de actuar transversalmente, más allá de la inmediatez ideológica, por aquellos lugares comunes que rigen los contratos implícitos. De ahí que el arte sea, primero que todo y antes que la contradicción que representa, una contradicción en sí misma. Puesto que, una vez expuesta ante un público, se pone de manifiesto ese extraño fenómeno que desde Kant pudiéramos llamar la democracia perceptiva.

En el pasado, la obra de Carlos Garaicoa ha articulado posibilidades de representar la ciudad como último recinto de la comunidad. Ahí están las fotografías modificadas de una Habana en ruinas, o sus maquetas de ciudades imaginarias que hacen del espacio estético lo mismo que Italo Calvino intentó desde la literatura. Pensar la realidad desde la fantasía puede ser una de las rutas posibles a su obra. Sin embargo, desde hace un par de años atrás, pensemos en Las joyas de la Corona, su última exhibición en la Bienal de La Habana, transita en vía opuesta: desde la realidad a la fantasía.

El recorrido hacia lo real es uno de los designios de la heterogénea Party, Not Tea Party, que hace de la crisis de la política y la economía, la hecatombe del arte y las migraciones, un espejo que revela otras reversos. A diferencia de exhibiciones suyas anteriores, ésta consta de varias instalaciones que tienen por eje el problema de la comunidad política y su representación. Si, en efecto, el Tea Party hoy constituye el programa absoluto —y consecuentemente, el futuro de toda política de la destrucción— para la movilización de las masas, ¿qué podríamos esperar, entonces, del progreso de la política?

No es infundado este viraje de la política reaccionaria. En él se descubre la reapropiación del lenguaje que alguna vez fue parte del discurso de la izquierda y de los ademanes radicales de antaño. De este modo, podemos leer la instalación Cara o cruz, pieza de monedas apócrifas que, una vez puestas frente a dos espejos adyacentes, producen la ilusión de significar incremento del goce.

En términos formales, Party… dialoga con el registro del arte relacional llevado a cabo por otros artistas cubanos como Félix González-Torres, Wilfredo Prieto, o Rafael López-Ramos. Esta muestra revela un Garaicoa más abierto hacia modelos donde el espectador deviene en sujeto cuya conciencia se fragmenta bajo la contradicción de su misma participación.

Los espejos son la exención del cambio, hacen del dinero dádivas, puesto que lo duplican (o hasta lo llegan a cuadruplicar), fomentando así el letargo de la ilusión. La acumulación se paraliza en su circulación. El modelo "cara o cruz" de Garaicoa, como en La moneda falsa que Jacques Derrida analizara en Baudelaire, ilustra las trampas de un sistema que dice multiplicar las riquezas desde la mistificación intrínseca de un capital que parte del abismo entre valor de uso y su contraparte de cambio.

El árbol de la abundancia, otra de las piezas en la exhibición, retoma el tema de la circulación del dinero, aunque está vez matizada desde el deseo del consumidor. Aquí el espectador juega a lanzar monedas al aire cuyo destino es aterrizar sobre la silueta de un árbol de corteza imantada y cumplir un deseo. En la mejor tradición del arte alegórico, Garaicoa hace del dinero un signo vacío que, más allá del poder de adquisición, cifra la dictadura de los ensueños.

Más que un dividendo o la promesa de una "mejor vida", el dinero encierra justamente la factura del derroche. La producción, como núcleo de eso que Marx llama el "fetichismo de la mercancía", solamente puede existir desde un gasto afirmativo del sistema. De ahí que la lectura que ofrece Garaicoa sobre la crisis no pueda ser más pesimista: la distribución del capital, o sea la circulación de la moneda, parte de un conjunto fetichista que solamente logra tejer el matiz del desvelo. No hay ánimos de hacer de la crisis un farol o una antorcha de la resistencia, sino de entender que toda crisis estructural del capitalismo no es más que el recrudecimiento del seno laboral cuyas monedas han detenido su circulación.

La pieza de mayor peso y complejidad en la exhibición, realizada en colaboración con la diseñadora Mabel Sanz, es indudablemente la que porta el título Prêt-à-porter. Simplemente traducible como "listo para llevar puesto", consta de una larga mesa con varios tipos de objetos azarosos entre los que se distinguen periódicos, libros, y varios tipos de moldes en madera para confeccionar sombreros. El conjunto ready-made puede leerse como una superposición (como en las otras dos piezas anteriores) entre la materialidad de la información y la información de lo material.

Al yuxtaponer los sombreros con los medios de difusión del saber, como son los periódicos, se alude a la función de los tanques pensantes de nuestros tiempos. La idea del experto, por ejemplo, es una de mistificaciones ideológicas que se articulan con facilidad en nuestras sociedades que suelen autodeterminarse como post-post-políticas.

La confección de estos sombreros no sólo apunta hacia la liosa densidad del pensamiento, sino también hacia un modelo de manufactura. Garaicoa puede hacer pensar con el humor: de la misma forma que se ensambla un think-tank, se arregla un gorro a la medida. Un sombrero esconde, muchas veces, una calvicie; un think-tank degenera en imposturas no menos fatales.

El refrán de Max Ernest c'est le chapeau qui fait l'homme vuelve a cobrar, visto en Garaicoa, su destinatario original. No es el hombre, aislado del efecto determinista de lo social lo que determina una instancia histórica, sino es justamente la producción de las mercancías la que deja un rastro sobre la lenta subjetivización.

Como es habitual en el lenguaje plástico de Garaicoa, el comentario político vuelca su expresión crítica con formas de una entrañable poética. Monedas, moldes, sombreros y periódicos se leen como objetos contingentes del espacio y de un tiempo que, en plena crisis aun, no logra divisar una salida viable. Gestos mínimos como éstos, colocados con precisión en el espacio de la instalación, hacen de su obra una de las fuentes más originales para pensar nuestro desgaste político.

Desafortunada es la lectura que intente ver en la obra de Garaicoa una salida, desde la estética, al dilema del fin de la política contemporánea. Party… sólo cobra sentido si entendemos que su mérito es el de elucidar y hacer de este dilema una figura pensable. Desde el pistoletazo del Tea Party a la insurrección de Egipto, es factible razonar que la representación comunal del futuro tendrá que estar ambientada más allá de una clase, un gremio, una raza, una minoría, un proletariado, o un partido. Un futuro doblemente desterritorializado: más allá de la nación y fuera de los trueques de una doctrina.

La política del futuro ofrece posibilidades sólo concebibles como formas-de-vida. De ahí que el título de esta exhibición afirme y niegue, en un mismo enunciado, la resolución de un partido. El verdadero partido será aquel que, contra la proscripción de la vida política, admita en su simbolización las subjetividades que hoy solamente figuran en el hiato del espacio.

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