Martes, 12 de Diciembre de 2017
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Cine

Cosa vieja

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Mala cosa para el cine partir de un texto supuestamente sagrado. Sobre todo si se trata de un texto cubanamente tan teatral. Mala cosa reciclar estereotipos patrios de un siglo XX estéticamente obsoleto: la familia y la lejanía, la indolencia y la intolerancia, secreticos que convergen convenientemente en la catarsis, para colmo el súpermacho y el maricón. Es como si el guión tuviera que fingir cierta dramaturgia gastada a falta de ganas para filmar lo desconocido.

Casa vieja (2010), de Lester Hamlet, es al respecto una película impecable. Y eso es lo peor. No comete ningún pecado.

Ubicarnos en una suerte de pueblito fantasma, mitad alegórico y mitad ilegible, es ya un tic nervioso que arrastra nuestra institución del arte e industria cinematográficos. Tal vez es un complejo de culpa, tal vez sea sólo un toque poético para paliar el peso de lo político.

Y en ese contexto descubafeinado los actores se dan cabezazos, evocan memorias vacuas que se suponen colectivas, hablan con ese tonito atávico con que hablan todos los actores cubanos, lloran lo mejor que se lo permite la situación (la edición por momentos salta y los salva), posan y piensan a ras de mar, se ofuscan y se reconcilian y se despiden, hasta que resuelven por pura profesionalidad un sinsentido aún demasiado lógico, donde la caricatura no deja espacio para la carroña, por lo que lo verosímil queda cogido por los pelos de esta o aquella buena actuación.

Este filme funcionaría mejor entonces como un casting de Lester Hamlet para filmar después Casa vieja. Un making-mausoleo del lugar común o un remake de sí mismo a priori. Bate que bate: chocolate y más chocolate.

Habrá que esperar por otras casas más nuevas para el cine cubano. Habrá que sacudirse estos nichos tan domesticadamente domésticos que latinoamericanizan nuestra imaginación, la retrasan en lugar de revolucionarla de cara a un futuro cualquiera, incluso el de la "acción" más comercial (en Casa vieja casi la única acción física es una patada del protagonista a un cristal). Habrá que apostar por mil novecientos cincuentinovena vez por los llamados "jóvenes realizadores", a los que Lester Hamlet ya ha dado suficiente testimonio audiovisual de no pertenecer.

De hecho, Casa vieja es una película para consuelo de nuestros padres. Para consuelo paternalista de lo inconsolable, no importa cuánto trate de colar algún chistecito con resonancias extracinematográficas. Más que de una película, la sensación desafortunadamente es de una patraña.

Me gusta el cine cubano. Siempre lo veo. Lo entiendo a la perfección. Sus destellos, su música magistral, sus tabúes. Sé qué se quiso decir y qué no se supo o no pudo decirse en cada caso. Sospecho que soy su mejor lector, al margen de la erudición objetiva de sus funcionarios y críticos. Por eso no puedo evitar perdonárselo todo, también a este largometraje que me temo sea de muy corta memoria en nuestra filmografía.

To ICAIC or not to ICAIC, debiera ser una cuestión de urgencia no sólo para nuestro Lester Hamlet.

 

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