Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Centenario de Lezama Lima

¡Cómete este libro, Lezama!

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"Mi Eros de conocimiento se volcaba en una incesante lectura. La frase bíblica cómete este libro, tenía en mí una realidad. Leer era para mí como una nutrición orgánica."      J.L.L.

 

De la parábola que va desde su discípulo más fiel al más irreverente, Lorenzo García Vega, una frase atraviesa la memoria literaria habanera desde la penumbra de la librería de la calle Obispo, cuando el Maestro, con energía, increpa al aprendiz de poeta con su "¡Muchacho, lee a Proust!". Y la prescripción funciona como ley, de algún modo como la ley fundamental de la literatura cubana moderna. A otro de sus discípulos, Manuel Pereira, luego de haber seleccionado de entre cuarenta de sus poemas apenas cuatro como valiosos, lo compensa con otra lección literaria fundamental: los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido anotados por él, y una herencia que el joven no tardaría en evaluar como "el azar concurrente: esa casualidad poética que no ha dejado de perseguirme". [i]

Su rol de maestro no se desplegó en torno al oficio específico de la escritura porque no dio lecciones de retórica y se negó al ejercicio correctivo sobre los versos de sus discípulos. Ofreció, en cambio otro, el de cómo leer en tanto cubano toda la literatura universal, ofreció el banquete barroco de sus hiperbólicas lecturas y quiso hacer de esa praxis un acto de creación y de inversión de las asimetrías culturales.

Como en una sinécdoque infinita, Lezama enseñaba a escribir leyendo, y enseñaba a leer conversando, a la manera de una práctica descentrada a la que sólo es posible llegar desde sus aleatorias fronteras. Estos tres modos del ejercicio poético ponen en escena, además, su condición de ejercicio totalizador y desjerarquizador donde resulta tan pertinente una pregunta sobre Mallarmé, un monólogo sobre el yin y el yang o las delicias de un mamey. Ese ritual, al que denominó Curso Délfico, desplegaba su Obertura como una iniciación particular para cada discípulo que era seleccionada con férreo entusiasmo según la sensibilidad del aprendiz. Y a través de ese procedimiento se expandía la capacidad creativa de la lectura porque Lezama enseñaba a leer en el más allá de la textualidad, intentaba "incluso leer lo que está escrito en el aire, que es la mejor manera de escribir".

Primera lección: la Devoración

Las comidas profundas a las que alude Antonio José Ponte, bien podría ser el subtítulo del curso lezamiano. La mítica escena del banquete abre para la literatura un horizonte de asociaciones barrocas, retórica sobreabundante, manjares casi infinitos, que evocan a un tiempo lo voraz y lo excéntrico, y lo hace en términos de camino, es decir que al postular la relación lectura-escritura como acto vital primario (naturaleza) pero a la vez acto que pone en escena su carácter de artificio (segunda naturaleza), construye una hipóstasis del encuentro literario. Esa lección condensa el carácter dual de la poiesis: por un lado, el exquisito acto de saborear, degustar, retener, como la representación del simulacro estético;   y por otro la pulsión bárbara de la devoración, del acto instintivo y brutal de  asimilar lo absoluto.

Cuando Lezama lee la escritura de Eliseo Diego juega con ese carácter paradójico del acto poético al mezclar, in-diferenciar sentido y sabor en su capacidad expansiva: "La extensión de cada sentencia poética está dictada por su sabor. Y siempre me agrada recordar que sabor, sabiduría, sal, saltar, danzar eran para los griegos una sola palabra". La resonancia auditiva y semántica del vocablo funda una semiosis poética casi infinita donde se entrecruzan ámbitos con frecuencia escindidos por el pensamiento moderno: lo gustativo, lo intelectual, lo kinestésico y lo auditivo recuperados como experiencia unitiva gracias a la tradición clásica. Va aún más allá para afirmar que su obra toda tiene el sabor de un paralelismo tiempo-espacio. Saborear se configura, de este modo, en un acto integrador que —como el mito— reúne las partes dispersas de la experiencia, a todos los hombres en uno, a todas las frases en ésta y a todos los tiempos en un unívoco presente. Implica detenimiento para el disfrute, intensificación de las experiencias vitales, hacer del gozo de los sentidos una experiencia intelectual de reconocimiento de la plenitud.

Si la excentricidad como refinamiento y acto superior de selección está adherida a la pulsión salvaje de la fagocitación que persigue de manera ciega la consumación de un deseo primario, Lezama-lector se ubica en una escena primaria, despojada y vital ("Leer era para mí como una nutrición orgánica") como testimonio de carácter religador de la poesía. La pulsión bárbara, la violencia sobre la escritura para producir apropiación creativa y nutricional restituye al acto amoroso del encuentro cultural, lo indómito e innegociable del diálogo literario: la plenipotencia de una subjetividad para quien la alteridad constituye un riesgo que solamente se mitiga en el acto de la devoración. Es en este acto donde la operación lectora se traduce en reto desjerarquizador y anómalo que disuelve la asimetrías, las dicotomías y los prejuicios culturales.

Por otra parte, Lezama construye su genealogía desplazándola de las lógicas  de la tradición. Desde  aquella proclamación fe en la literatura —una epistemología poética, una corriente centelleante, azarosa y concurrente rige el discurso cultural, a la manera de un misterioso hilván que aproxima  una lectura y otra, un yo y ciertos textos. A la manera de un relámpago: "Los libros o las palabras que más he repasado son los de los fundadores de las religiones, Laotsé, Buda, el doctor Kung-Fu, la Biblia. La dialéctica griega y la Anaké, Platón y los trágicos griegos, Santo Tomás de Aquino y el Dante, Vico, Cervantes, Góngora, Quevedo, Goethe, Mallarmé, Claudel, Valery, Proust y Martí".

Si  "mezclar es mentir, sí que Lezama mintió bellamente": los idumeos de los que habla el poeta y sobre los cuales Cortázar le pide información, no aparecen en la Biblia, o mejor aparece Edom en el Libro primero de Moisés, que es sinónimo de Idumea. Tampoco en el Génesis se menciona la fecundación humana por vía vegetal. Los árboles con ojos que se elevan fálicamente, humanamente, pestañeando y que insistentemente aparecen en los dibujos egipcios de Lezama constituyen la sinécdoque de esa operación de lectura que Lezama ejecuta y que enseña. La fertilidad que proviene  del papiro egipcio en El libro de los muertos simbolizado por un árbol de ramas cortadas, un árbol con ojos, mezcla lo animal y lo vegetal.  

Si asociamos estas mentiras a "esa criatura del estío" que se desprende del árbol, ese ser asexuado  que los taínos vieron caer de los árboles, es en parte la versión caribeña  del Andrógino de Platón en El Banquete. En este fragmento vemos el modo en que Lezama pone a funcionar  descontextualizando y resemantizando cada elemento, los fragmentos de cuatro culturas (hebrea, egipcia, griega y antillana) para formar, no un quinto, sino una lectura al sesgo de cada una de ellas que produce su deslocalización y reinscripción en un locus típicamente cubano.

Lezama sugiere ese entrelugar  de la lectura cubana al aludir a sus parcelas como "Lo entrevisto, lo entreoído, lo extrasensorial, el relámpago". La Lectura intersticial que convoca la biblioteca lezamiana se acerca al mito y acecha al logos, se hace más de milagro y revelación que de decodificación y regla. Asesta un golpe mortal a las lógicas de las causalidades porque leer es también un acto poético. Como destello, la verdad (o mejor, su estela) emerge de un instante que puede anunciar lo inesperado. Como en la fórmula: "Es cierto porque es imposible. El hijo de Dios murió".

Es en esa nutrición orgánica donde el sujeto al seleccionar, cortar, mezclar, masticar, eliminar, tragar, digerir y transformar (eliminar y asimilar creativamente) produce la  metamorfosis que conduce al conocimiento, a través de un tipo de semiosis desviada donde sea posible, como en la frase de Vogler retomada por Lezama "Hacer de tres no un cuarto sonido, sino un astro".

Segunda lección: el  pacto ambiguo de la literatura

Como el libro perdido y devorado por el huracán habanero, la Súmula nunca infusa, de excepciones morfológicas, la literatura se configura para Lezama como una convicción unitiva, aunque esa unidad se halle siempre diferida y por tanto ratifique una y otra vez su condición de potencia. No solamente Oppiano Licario concluye en la página en blanco sino que ese carácter de pérdida, de fracaso pero también de utopía, atraviesa la literatura cubana. En tal sentido, Lezama afirmó a propósito de Espejo de paciencia que el hecho de que  la literatura cubana comience con el misterio, el plagio, la duda, es el mejor de los comienzos posibles. Sin embargo, en la parábola que va de la poesía a la novela, en cuyo interior se escribe el decurso literario, el poeta deja testimonio de su  doble estatuto: la capacidad de promover nuevas convergencias y su carácter de acto de fe. La obsesividad por la poesía es la más radical afirmación de su verdad. La pérdida del libro, el fracaso ante lo absoluto no disminuye su fuerza como posible más bien opera su inversión, ya que al excederla (en tanto verdad y en tanto potens) no hace sino producir su ratificación.

Tercera lección: clásico y  popular 

Lezama repetía a sus discípulos: "Primero los clásicos, luego los clásicos, después los clásicos y más tarde los clásicos". Ahora bien, esa insistencia construye una noción de lo clásico alejado tanto de la consagración literaria como de la institucionalización académica. Si la examinamos a la luz de la práctica de antólogo del poeta (una praxis que se define por antonomasia como el intento de fijación de un canon literario) podemos observar que  en la cuidadosa antología de la poesía cubana que prepara para 1965, Lezama, haciendo gala de un exquisito conocimiento de todo el archivo cultural cubano afirma: "El estudioso de la literatura debe rebasar las fuentes de información que sean exclusivamente literarias. Cuanto mayor y más diversas sean esas fuentes, más complejo y ahondado es el rendimiento literario".

Con esta lógica es que el diario de Colón puede ser el umbral de la poesía cubana, o que haya preferido el viaje imaginario al Paris del folletín, las casas de citas y los documentos secretos de Napoleón antes que a la ciudad "literatosa" que imaginaba frecuentar su par en Orígenes, José Rodríguez Feo. Y es la misma idea la que guía las notas introductorias a los poetas antologados, valiéndose de un dudoso archivo, más bien producto de la fantasía y del saber callejero que de un registro documental. Esas "noveletas" como denomina Roberto González Echevarría a las heterodoxas presentaciones de Lezama, son una muestras más de cómo el antólogo  sigue siendo antes que nada, Lezama, el poeta que lee en el aire, desordena, religa e inventa.

En paralelo a la pulsión por forjar un canon anómalo, su escritura testimonia el apego de la letra a las voces caóticas de la ciudad. Bien vale entonces recordar que Lezama conoció como nadie el misterio cubano que encerraban los pregones callejeros, los remedios caseros de las abuelas o los rituales funerarios del Barrio Chino. Porque la lengua de Lezama está atravesada por las expresiones que solamente el hombre de La Habana podría retener, recoger y poner en diálogo con las derivas de Platón o Santo Tomás. Si sus discípulos han señalado que escribía como hablaba, podríamos hipotetizar que, en buena medida, la dificultad de su escritura proviene de esa incesante tarea dialógica y desjerarquizadora de yuxtaponer sin prejuicios y metaforizar sin fronteras.

Lezama conocía todos los pliegues de La Habana aun sin salir de su casa. Un espléndido relato de sus jóvenes amigos lo muestra deslumbrado frente a una escena  de carnaval en la puerta de Trocadero, mientras hace gala de su antiguo gesto de localizar su experiencia del mundo, exaltar su mirada situada como una forma de conocimiento expansivo y peregrino. De allí que pueda afirmar que "yo no voy el carnaval, pero el carnaval viene a mí, porque soy el peregrino inmóvil".


[i] Estas reflexiones procuran, de algún modo,  dialogar con el texto, ya clásico, de Manuel Pereira El Curso Délfico, donde el autor revisa la lección lezamiana.

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Nancy Calomarde nació en La Cruz, Corrientes, Argentina. Es Doctora en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, donde enseña literaturas argentina y latinoamericana.

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