Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
02:18 CET.
Centenario de Lezama Lima

Nacido así

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En el arabesco —en Hoffmann, en Poe, en Melville— se reanuda la "pasión" y la "misión" románticas. La corazonada y la lectura del Libro del Mundo, sea por fragmento —aumento del filamento del fragmento (¿Novalis?)—, sea por oratio oblicua (de soslayo crece otra sintaxis, otra visión fugada), sea por colmado y arte del ballenato.

La escritura semejando los rizos de las olas, que peinan la mar. Despeinado andaba Rimbaud en periplos de errancia, la marinería le iba —la imaginería de una escritura procelosa. Y le iba dando en la cara el tufillo inespecífico que emana del Error de las Cosas. Las alcantarillas de los puertos y ciudades apestan a poesía. Y el campo. Por floración interrumpida, apesta a poesía.

¿Ama Lezama el horror del Error? ¿Es golpeado, finalmente, como Rimbaud, por la confidencia extrema de que la literatura es devoración o, cuanto menos —¡cuánto menos!— cantata del dolor del Error?

Insiste en la imagen, Lezama. En la imagen encarnada o encarnadora. Insiste en la potencia de la imago bailando en la Extensión. Cubriéndola de besos y besada. Dominación por Amor. Por Ligamen. La imagen regalito paquetico de dioses astutos pero respetuosos, porque Amor merece, siempre, siempre, y siempre: devoción. (Y no estamos hablando, aún, del Gran Astuto, del Gran Sangrante.)

Qué espanto: un hombre gordo y despeinado —bamboleo de la sala a la cocina y otros callejeos domésticos— haciendo del analogon, de la lectura en el espejo, del hilado de una imagen con otra, la construcción de la casita-ciudad. Espejeo —en el espejo del armario— de la Ciudad de Dios. Y qué mejor lugar-lagar que el barrio.

Qué espanto: dominación del arabesco —eso lleva Tiempo, aunque se haga en un momento, un trazo, un rizo— para que Muerte —la Caimana, la Retozona, o la casera fea— no te parta los omóplatos plenipotenciarios, la espalda de mulo, mientras olisqueas la cosa apellidada melocotón (mira cómo te miran los ojos del negro).

La imaginería de la Cristiandad es todavía Paganería.

Y la devoración por dulzura es el culmen de la amargura.

¿Por qué le llaman barroco a dicho espanto, o aspecto, o aspectación, de la Loca Lógica del Horror Vacui?

Barroco: gramática ceñuda, aquí y allá, torpeza —y destreza— del Verbum Operandum.  Barroco: el malo, excedencia, inutilidad de la operación de unir opuestos o semejantes, por birlibirloque, trashumancia de entes travestidos en oropel, por decoración, por siniestros enlaces de azar súbitáneo —jugando el juego del Azar, del Azur. El bueno: no decoración, sí devoración. Y completamiento por siesta del comilón. Uno ojo abierto y otro cerrado. Vela, pues ahí está "el mal de ojo". El "mal" no es únicamente el Estado, es también el duende falso, chismorreando falaces encantamientos de bosques de cartón.

Es un exceso. La vida, es un defectuoso, a veces delicioso, exceso. Y la vida es literatura. ¿Qué otra cosa puede ser la vida sino literatura, acción, pasión por la Ficción? Es un exceso, la literatura. Es una desviación curiosa del pensamiento, del comportamiento, de la ética fundida en estética (no la profesoral).

Es un exceso. Cualquier palabra excede su sentido, por defecto. Y cualquier defecto —en táctica de ausencia— elabora su llenura. Todo ama, por exceso o por defecto. Todo se ama en todo y su contrario: y todo se odia en todo, también por pasión, actividad no sólo del deseo. Teoría de las falsas y las auténticas afinidades, electivas o lectivas. Luego el esfuerzo moderno en ultimátum por el arabesco: Conrad, Henry James, Joyce, Proust, Wilson Harris, Miguel de Marcos, Virgilio Piñera, José Martí, Emerson, Macedonio Fernández,  Ronald Firbank…

Vamos a decirlo claro: restringiendo el delirio, sólo se logra un caballo comiéndose un lirio. Se han visto caballos atragantados por lirios. O más exacto: atragantados por palabras. Sementales sorprendidos por el súbito de un pensamiento iluminativo, esa risa caballar.

En los concilios no hay pruebas de que un lirio no sea un delirio.

Y que no se puede pensar mientras se escribe, ya se sabía. Pero la manopla del gordo, sí pensaba. El peso de una mano es inversamente proporcional —eliminando insignificantes variables— a la calidad del verso. Pero es directamente proporcional —ayuntando significantes variables— a la calidad de la prosa. Y lo anterior puede ser revocado por resolución del apoyo que recibe la mano desde la cabeza-corazón. El manco escribe. Revocado, invertido, vertido en un cuenco y no en la página en blanco. Sentido el sentido.

Nacido así.

Calidad, y mucha, en cantidad.

Con eso se hace y se deshace toda una literatura.

Por tragazón y fundación.

Nacido así, tocado así —por la gracia, en el hombro— sólo queda soportar el peso de la mala y buena temporalidad. En vez de Dios, rigiendo la extensión, no una mosca trompetera.

Y vivido así, y escrito así, el Esperado —nunca más Desesperado— ronda tu puerta.

 

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Rolando Sánchez Mejías nació en Holguín en 1959. Su último libro de poemas publicado es Cálculo de lindes (Aldus, México, 2000). Más recientemente, ha publicado varios títulos de narrativa: Historias de Olmo (Siruela, Madrid, 2001) y Cuaderno de Feldafing (Siruela, Madrid, 2003). En 1993 fundó el grupo literario Diáspora(s) y la revista homónima, que circuló dentro de Cuba como samizdat.

Un poema suyo dedicado a José Lezama Lima: Heimat.

 

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