Viernes, 30 de Septiembre de 2016
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Centenario de Lezama Lima

Política de Lezama

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Alguien que comienza su carrera literaria a los veintitantos con versos como "mano era sin sangre la seda que borraba/ la perfección que muere de rodillas" o "el espejo se olvida del sonido y de la noche/ y su puerta al cambiante pontífice entreabre" o "espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma/ y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche", tal vez deba ser pensado, más que como escritor o poeta, como inventor de un idioma, como artífice de una lengua que, en vez de proferir palabras, articula imágenes.

Todos los libros del habanero José Lezama Lima (1910-1976), en poesía —Muerte de Narciso (1937), Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La fijeza (1949), Dador (1960) y Fragmentos a su imán (1970)—, en narrativa —un puñado de cuentos y sus novelas Paradiso (1966) y Oppiano Licario (1976)—, o en ensayo —Analecta del reloj (1953), La expresión americana (1957), Tratados en La Habana (1958) y La cantidad hechizada (1970)— fueron, más allá de sus sentidos explícitos (búsqueda de "otra causalidad", de una "vivencia oblicua" o una "hipertelia", idea de la "participación de la imagen en la historia", noción de "lo americano"…), un intento de reinvención del castellano escrito en Hispanoamérica a mediados del siglo XX.

Como todos los inventores de lenguas fue Lezama portador de un saber poético propio. Un saber que no es recomendable traducir o encapsular —como suponen tantos imitadores o discípulos— en la jerga de una filosofía organizada, de un "sistema poético" o de una estética "neobarroca". Se trata, en todo caso, de un saber más cercano al "no saber" de Georges Bataille, que prefiere remitirse a una suerte de inframundo simbólico de la racionalidad occidental y que entiende la metáfora como forma de intelección de la realidad, no como figura de un discurso epistemológico o metafísico.

Pero además de poeta, narrador y ensayista original, personalísimo, Lezama Lima fue un intelectual público y un pequeño empresario cultural. Fundador y director de cuatro revistas —Verbum (1937), Espuela de Plata (1939-41), Nadie parecía (1942-44) y Orígenes (1944-56)— desarrolló una política intelectual siempre subordinada a la preservación de la autonomía de una comunidad de escritores y artistas. Esa comunidad, generacional y culturalmente heterogénea, mal entendida como ciudad letrada "antivanguardista", "nacionalista" o "católica", llegó a involucrarse, en grado poco reconocido, en la vida cultural cubana de los años 40 y 50 y en la opinión pública de la Isla en esas mismas décadas.

Todas las revistas de Lezama fueron independientes del Estado: la primera fue una publicación universitaria y las tres siguientes, privadas. La más importante y duradera, Orígenes, fue financiada por el coeditor de la misma, el ensayista y crítico José Rodríguez Feo. Esa independencia le permitió a Lezama sostener una permanente posición crítica sobre el orden social y político de la Isla y, específicamente, sobre los gobiernos de Ramón Grau San Martín (1944-1948), Carlos Prío Socarrás (1948-1952) y Fulgencio Batista (1952-1958). No quiere decir esto que Lezama no haya negociado nunca con el poder: lo hizo, sobre todo en el periodo batistiano, pero siempre entendiendo la negociación como práctica y ritual de la autonomía.

La historia oficial recuerda, con frecuencia, que en 1954, en un editorial del número 35 de Orígenes por los diez años de la revista, Lezama habría rechazado una oferta de financiamiento del Instituto Nacional de Cultura del gobierno de Batista, entonces encabezado por Guillermo de Zéndegui. Es en aquella nota donde Lezama parece referirse a los políticos culturales del batistato cuando afirma "estáis incapacitados vitalmente para admirar. Representáis el nihil admirari, escudo de las más viejas decadencias. Habéis hecho la casa con material deleznable, plomada para el simio y piedra de infiernillo". Era la misma nota que anunciaba la salida de Rodríguez Feo de la revista y, por tanto, el agotamiento de su principal fuente de ingresos.

Pero la historia oficial prefiere olvidar que Lezama trabajó durante muchos años en la misma Dirección de Cultura que le ofreció apoyo en 1954 y que en 1952 esa institución, encabezada por Carlos González Palacios, encargó al origenista Cintio Vitier la antología Cincuenta años de la poesía cubana, con motivo del cincuentenario de la República, y premió a dos jóvenes escritores afiliados a Orígenes: Lorenzo García Vega y Roberto Fernández Retamar. Fue precisamente el Instituto Nacional de Cultura del Ministerio de Educación de Batista el editor de La expresión americana, en 1957, y una vía de acceso de Lezama, Vitier y otros origenistas a la editorial de la Universidad Central de Las Villas, donde publicaron varios libros.

Lezama no fue un ermitaño en el campo intelectual de la República —tan sólo sus columnas en el principal periódico de aquellas décadas, Diario de la Marina, bastarían para cuestionar la imagen de aislamiento que informa el mito oficial. Tampoco fue un escritor apolítico o neutral, como le impugnaron los jóvenes de Lunes de Revolución (1959-61), y como en las dos últimas décadas ha sostenido el Ministerio de Cultura de la Isla, aunque en sentido contrario, es decir, como una virtud que facilita la apropiación del legado de Orígenes. En esa oficialización de Lezama, a la que contribuyó intensamente Cintio Vitier, predominan dos imágenes igualmente falsas: la del Lezama profeta de la Revolución y la del Lezama aséptico, desentendido de la política en nombre de un arte puro.

Ambas imágenes se superponen para volver acríticas las relaciones de Lezama con el gobierno de Fidel Castro entre 1959 y 1976. Es cierto que Lezama, como la mayoría de los escritores de su generación cubana e hispanoamericana, celebró la Revolución. Hay varios textos, entre 1959 y 1968, que ilustran esa adhesión sincera. Pero no es menos cierto que desde la aparición de Paradiso, en 1966, retirada de circulación por sus pasajes homosexuales, Lezama comenzó a tener dificultades con la política cultural del nuevo gobierno. En 1968 Lezama fue miembro del jurado que premió el poemario Fuera del juego de Heberto Padilla, en contra de la posición de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y desde entonces quedó involucrado en el proceso de descalificación y ostracismo que se acentuó tras el arresto del joven poeta en 1971 y la humillante "autocrítica" a que fue sometido.

Desde 1970, luego de la aparición de la Poesía completa y los ensayos de La cantidad hechizada, Lezama dejó de ser publicado en vida —su último poemario, Fragmentos a su imán, y su última novela, Oppiano Licario, se editaron después de su muerte. El malestar que sintió a sus 60 años, bajo el orden social y político de la Isla, fue trasmitido con serena elocuencia en cartas a su hermana Eloísa y sus amigos exiliados Gastón Baquero, Julián Orbón, Lorenzo García Vega y Carlos M. Luis. Ese epistolario es testimonio tan legítimo como sus textos en homenaje al Che Guevara o Salvador Allende.

No hay dudas de que la obra de Lezama está recorrida por una poética de la nación cubana y su historia. Pero las empresas editoriales de Lezama tejieron una red intelectual que todavía hoy impresiona por su diversidad geográfica, estética e ideológica. Del Buenos Aires de Jorge Luis Borges y las hermanas Ocampo al Boston de George Santayana, el Londres de T. S. Eliot, el París de Paul Éluard, pasando, desde luego, por el México de Octavio Paz y Carlos Fuentes. Esa red, creada sin auxilio de Estado alguno, bastaría para cuestionar la estrechez del nacionalismo o el tradicionalismo que con frecuencia quieren atribuirse al fundador de Orígenes.

La obra de Lezama es autorreferente, pero no reiterativa, ya que está concebida como un diálogo entre cada uno de sus textos y cada uno de sus géneros. Un diálogo que borra los límites de las propias obras y abandona muchas convenciones escriturales. A veces hay que saltar de libro en libro, de género en género, para seguir el desarrollo de un argumento o las múltiples analogías de una imagen. Hay ficción en sus ensayos, prosa en su poesía y poesía en todos sus textos, incluidos los diarios y el extenso epistolario. Muerte de Narciso, como una piedra en un estanque, produjo una sucesión de anillos concéntricos que aún no acaba. Por eso a Lezama hay que leerlo entero, o no leerlo.


Rafael Rojas nació en Santa Clara en 1965. Autor de Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano (Premio Anagrama de Ensayo 2006), su libro publicado más reciente es Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica (Premio de Ensayo Isabel Polanco 2009).

Otro ensayo suyo sobre José Lezama Lima: Lezama y los castillos.