Martes, 12 de Diciembre de 2017
20:27 CET.
Centenario de Lezama Lima

La casa de Lezama y el charco de agua

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Hubo un tiempo en que viví en La Habana en la calle Industria; mis referentes para ubicar el sitio (el cuarto donde vivía) eran la casa de Lezama y el charco de agua, que como la obra del maestro, parecía eterno y quedaba justo enfrente del edificio (del solar) de Industria, donde, más que vivir, transcurrí.

La obra de Lezama siempre me ha parecido estimulante, es decir, siempre me ha generado una reacción friccional, de admiración y resistencia. Por una parte, me deslumbra su sobreabundancia, en un país donde todo escasea y, donde como decía el mismo Lezama, las palabras se corrompen por un proceso de la humedad filtrándose. Por otro, la escritura lezamiana me ha parecido muchas veces hipertrófica, una monstruosidad, en lo que tiene de sobrecogedor y etimológico el término: rareza, maravilla y también deformidad, anomalía, gordura. No puedo decir que siento filiación con el reptar o el desplazarse de la sierpe gongorina, pero me conmueve el hombre que creó un espacio resistente contra la mediocridad y la medianía, que hizo de la biblioteca un dragón y que se soñó, con soberbia, con entereza, con humor (creo) un etrusco en La Habana vieja. De su obra, me seduce siempre la aspiración altiva, la transformación de la pobreza y la pellejería en "cotos de mayor realeza". También su voracidad, su fagocitación, el hecho de ver las palabras como criaturas vivas y a la escritura como cópula, no como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disecciones. También la mirada, la construcción penetrante que hace del paisaje americano el espacio plutónico para la creacón de nuevos mitos.

De su poesía, siempre marchan conmigo Rapsodia para el mulo, Llamado del deseoso y Noche insular, jardines invisibles. En sus ensayos he encontrado también mucha poesía, un lenguaje nuevo, un desafío en el espacio americano donde irrumpe su palabra como una cruza espléndida. Creo que seríamos más pobres sin nuestro gordo asmático, mulo él mismo, sembrando árboles "en todo abismo". De Lezama desafía la ejemplaridad, la asunción de la literatura como destino, la encarnación de la poesía y del poeta a como de lugar, transmutando cuanto toca, y, en lo personal,  debo decir que aprendí de él (y de los rigores del país) a trabajar con la suma de poquedades, arañando en la piedra, tratando de sacar esos destellos a nuestra roca insular y también que cuando sabemos que el agua está estancada, insistir repitiendo que tenemos sed, es un poco retórico e inconsistente. Otro registro de su obra, de su vida, que me lo hace entrañablemente cercano, son sus cartas a su hermana Eloísa, donde la afirmación a veces un poco teatral de mostrarse como el pelícano que se desangra, cuidando el potens, la semilla, la tumba de los ancestros, va acompañada por la imagen vulnerable del gordo que apenas puede bajar las escaleras, sitiado en su casa, donde pide un cinto, un pantalón, unos pocos remedios, describe cómo se bañaba él (esa mole poética) con una latica de agua, donde se deslumbra porque Cortázar, "un autor moderno", escribe sobre él, donde clama y reclama por un reencuentro que nunca se produce, donde el poeta mayúsculo, la mole hipertrófica, firma las cartas, muchas veces desamparado: "tu joseito", "tu jocelyn".

En la catedral de Quito, contemplando el barroco andino, pensé en él y en mi madre, en la lepra del Aleijadinho y en las formas curiosas, desgarradas, que tienen el rocío y un charco de agua al evaporarse.

Santiago de Chile, 13 de diciembre, 2010.

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Damaris Calderón Campos nació en La Habana en 1967. Ha publicado, entre otros libros de poemas, Duro de roer y Sílabas. Ecce Homo.

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