Martes, 27 de Septiembre de 2016
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Centenario de Lezama Lima

Lezama: medir la luz en su balanza

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Leo poesía desde una intolerancia. Tal, que a estas alturas de mi vida, apenas tolero unos cientos de poetas que han escrito desde tiempo inmemorial.

¿Qué es lo que no tolero? La efusión sentimental, la expresión banalizadora y lacrimógena, la falta de entereza a la hora de cerrar un poema, dejándose llevar por la más falaz retórica hecha para salir del paso (siempre me da esa impresión).

He escrito a la fecha unos 8235 poemas, tengo setenta años de edad (más uno porque en el fondo soy chino) y pese a tan larga escritura no hay poema que no corrija a carta cabal, lo mire y lo remire desde una pugna acérrima con su ser y su imposición, sin ceder jamás un ápice a la facilidad, ni a la solución expedita y trillada.

He leído, leo, seguiré leyendo montones y montones de poemas (pienso morir con las botas puestas) y entre esos rimeros de poesía leo mucha poesía en español, ora clásica, ora actual, y (bostezo gigantesco) es alucinante comprobar una y otra vez la cantidad de malos poemas que se escriben, se publican en grandes editoriales, se estudian en flamantes tesis doctorales en el cada vez más mediatizado mundo académico, sin reparar, enfrentar, que todos esos poemas son pura charlatanería, chatarra comparable a la comida chatarra que venden en los expendios de basura de los centros comerciales que se adueñaron del mundo.

Creo haber leído la obra poética de José Lezama Lima in toto. Rara, rarísima vez encuentro en sus poemas caídas. Por el contrario, su factura es impecable, y en su peculiar contexto de voz auténtica y propia, voz ganada a pulso a la retórica del coro de voces trilladas (mayoritarias) Lezama casi nunca claudica para caer en un facilismo ñoño. Cada uno de sus poemas, desde los más reconocidos, como la sobrecogedora Oda a Julián del Casal, o su Primera glorieta de la amistad, o Un puente, un gran puente, o Rapsodia para el mulo, hasta aquéllos menos explorados como Himno para la luz nuestra, o Telón lento para arias breves (con sus ternezas a lo Marin Marais, a lo Monsieur de Sainte Colombe) tiene una firmeza, una espesa seguridad propia, que encuentro en pocos poetas, ora cubanos, ora en lengua española, del siglo XX.

"De la inteligencia de la misa/a los placeres de la mesa" con que arranca Himno para la luz nuestra, ejemplifica la capacidad de Lezama para decir, entre espesuras y frondas de sombras, asimismo lo sencillo y directo, cual si fuera un poeta coloquial (que en parte lo es) y no sólo ni siempre ese poeta Neobarroco que todos afirman ser su estro más particular. Lezama no tiene verdad, en sentido ideológico o retórico, lo que Lezama tiene es el peso específico de los momentos sistemáticamente logrados, intuidos y trabajados desde el amor respetuoso a la escritura, que reconoce sagrada por misteriosa, luminosa por oscura y dificultosa. Esa escritura que sobresalta la vista sibilina del poeta, escritura repentina, inusitada, es la que Lezama tiene que haber entendido y puesto en práctica una y otra vez, sin pretender verdad, conocimiento o grandeza.

Lo cual a mi juicio es un modo de decir que Lezama escribe, pese a lo grueso y denso de su expresión, con la mayor naturalidad: la poesía le viene, (¿de dónde?, ni lo supo ni le habrá importado demasiado) la recibe en cuanto don, hecho siempre presente y percibido como dádiva, aceptado en cuanto personal destino: sin aspaviento ni narcisismo, sin necesidad de protagonismo, desde una humildad profunda donde estar en poesía, estar haciendo el poema, es algo que se realiza casi (casi) desde un encogimiento de hombros que desdice de la atribuida importancia histórica a las cosas que segrega el ser humano (cual si fuéramos algo, aunque siempre estamos diciendo que no somos nada). Segregación que en Lezama alterna el estro "oscuro" (nunca oscurantista) con la llana enunciación que proponía Cervantes.

Así, por un lado lo oímos escribir sobre "Las fiestas del sin sentido", o hablar de "la sabiduría sin poseer ni ser poseída", versos que un niño de teta entiende, o por el contrario labrar, casi jadear, cual pulmón asmático, "Su piel sin tregua en el trineo,/las flechas salían del árbol al fuego,/ armando todo, romper el círculo/ fue lección al despertar lo venidero." (Himno para la luz nuestra) donde el lector se ve obligado a regresar una y otra vez a la lectura si quiere (malamente) descifrar lo expresado. Descifrar interesa: pero antes de descifrar hay que venerar la belleza de lo dicho, la conjunción de vocablos que se han engastado en esa esfera propia de Lezama, en que imagen, ritmo, tonalidad, y "buche secreto" conforman un aura. Aura modélica, que no pretende ser modelo o paradigma de nada ni para nadie.

Hay poetas hispanoamericanos del siglo anterior que amo: los he leído y releído, cada uno en su zona de expresión, es un poeta que merece un sitio dentro de la poesía en lengua española de Hispanoamérica. De acuerdo: no le quito a ninguno el mérito ni el lugar. Y sin embargo, en muchos de esos poetas encuentro no una sino numerosas caídas retóricas que no tolero, incluso me irritan, me dan ganas de chillar diciéndoles pero por Dios a qué viene eso, si eres capaz de magníficos, extraordinarios versos, a qué viene esa bobería, esa banalidad, esa flojera en que el poema que has escrito, y publicado, ha caído. Nada que hacer, es así. Y siendo así, con todos mis respetos, me quedo con aquellos poetas que como Góngora (Quevedo no) Vallejo (no siempre) o entre los que todavía viven Gerardo Deniz o Lorenzo García Vega, al igual que Lezama, mantienen una consistencia y una calidad que siempre supera lo trivial.

Cada vez creo menos en poetas y en poemas, mucho menos en poéticas: cada vez creo más en momentos poéticos dentro del poema que leo. Pienso que se debe enjuiciar la poesía desde esa experiencia concreta, reaccionando ante la belleza, la inteligencia luminosa, entre sombras y penumbras, del texto, sin considerar quién lo escribe. En su locuacidad Neruda desbarra, Paz en su particular inteligencia de rachas y voracidades, trivializa, Vallejo cae en efusiones sentimentales y políticas que muchas veces desdicen de su enorme capacidad poética. Lezama, nunca, o para no exagerar, rarísima vez tiene caídas sentimentales, efusiones triviales. Sería interesante ir siguiendo, puntero en mano,  o con la yema del dedo índice, a la manera de los lectores cabalistas, los poemas de Lezama, a fin de encontrar versos banales, versos triviales: considero que habrá pocos.

Su densidad, a veces aclarada al conocerse la referencia concreta utilizada (en Pound, por ejemplo, todo se aclara al acceder a las claves de la referencia empleada) es lo de menos. La maraña barroca siempre es inteligible; lo que me resulta ininteligible es que poetas de altura caigan una y otra vez en la lamentación personal, social, metafísica, que reitera el rizo rizado, el trillo trillado, aburriendo.


José Kozer nació en La Habana en 1940. Es autor de una extensa obra poética.