Sábado, 16 de Diciembre de 2017
14:14 CET.
Cine

La historia al estilo de un cómic

Memorias del Desarrollo, la más reciente película del joven director cubano Miguel Coyula, por su trascendencia debió inaugurar la 32da. Edición del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Sin embargo, el filme ni siquiera fue aceptado en competencia. Se exhibió, eso sí, acaso demasiadas veces para su condición de filme "colateral" del Panorama Latinoamericano, pero siempre en salas menores, apenas promocionada como una película de supuesta nacionalidad EUA/Cuba.

Hubo, por supuesto, alguna que otra entrevista digital .cu, mas nada de premios ni menciones. Para lauros ya contamos con el evangelio de Martí según Fernando Pérez, quien por cierto apuesta por incluir a Memorias del Desarrollo en la Muestra de Jóvenes Realizadores 2011 que él presidirá, amén de las presiones políticas que recibe por culpa de ciertos "jóvenes" y "realizadores" cubanos. En febrero de 2010, por ejemplo, el cine Chaplin de la céntrica calle 23 fue tomado varios días por la Seguridad, que aunque no logró del todo la censura del documental Revolution sobre el grupo de rap Los Aldeanos, sí expulsó de la sala a cuanto personal le pareció inconveniente (incluidos músicos, videastas, fotógrafos y blogueros).

Precisamente para evitar las suspicacias de este primer párrafo, el crítico de cine Rolando Pérez Betancourt reseñó en exclusiva oficial a Memorias del Desarrollo en las páginas culturales del periódico Granma, columna injustificable para un filme fuera de concurso que ni pasó por las principales salas de la capital (Payret, Yara, Chaplin). Sí, pero no. En el exilio más extremo, connotadas figuras de los medios hasta se han retirado sin terminar de ver la proyección, o han tildado al filme de antipatriota respecto no sólo a Cuba sino a Estados Unidos. No, pero sí. Por eso es preferible que sea el propio director Miguel Coyula, con manera de narrar tan exclusiva (nunca repite planos) y con su residencia en ambos países (permanecerá en la Isla durante meses en función de su trabajo audiovisual), quien converse ahora sin la impertinencia de mis preguntas con los lectores de DIARIO DE CUBA. 

Habla Miguel Coyula

Mi generación, como no vivió la revolución en el momento en que se gestó, tiene distancia para ver la historia al estilo de un cómics. La secuencia inicial de Memorias del Desarrollo funciona así, como recortes de revista animados en un tono que rebaja su seriedad. Mis películas anteriores no tenían nada que ver con el contexto cubano, pero este filme sí está anclado en nuestro espacio socio-político, por lo que decidí vomitar todo lo que sentía al respecto, desde una generación con apatía política que no cree en ningún ideario de izquierdas ni de derechas, pues ya no quiere dejarse manipular.

Todo ese collage de apertura sobre la historia de la revolución cubana a Edmundo Desnoes, autor de la novela Memorias del Desarrollo, le pareció que trivializaba la realidad, por lo que él no quedó contento con semejante tratamiento. Para mí era esencial comunicarlo de esa forma, pues fuimos saturados desde la escuela primaria con todas estas imágenes de héroes que ya son casi figuras de cera, y entonces mi protagonista Sergio se porta en mi filme como un niño travieso, malcriado, que quiere deconstruirlo todo y vengarse de ese bombardeo de símbolos. 

Incluso a nivel de lenguaje a Desnoes le parecía demasiado fragmentada mi obra, muy rápidas y cortas las escenas elegidas. Mi necesidad era crear un discurso que reconstruyera de algún modo cómo trabaja la memoria, que nunca evoca episodios completos sino sólo retazos. Sólo así mi protagonista intenta reconfigurar tanto el pasado como el presente de su vida personal.

Conocí a Edmundo Desnoes hace seis años. Me mostró el manuscrito inédito de su entonces nueva novela. Hice una versión bastante condensada del guión en tres semanas y empecé a trabajar, sacando pragmáticamente la esencia de cada episodio del libro. Pronto empecé a filmar y editar con una Sony Z1U en formato HDV (las escenas finales en Utah emplean una Sony EX3 en formato HD), mientras los cambios a la novela se iban incorporando durante el proceso, en el cual no se pueden diferenciar las fases de pre-producción, producción y post-producción, pues las ejecuto al mismo tiempo para que se influencien unas a las otras. 

Desde mis primeros cortos, la tecnología digital me ha permitido crear de manera independiente a la industria. De hecho, no sé trabajar con un equipo de filmación demasiado grande, porque me interesa hacer yo la cámara, la edición, controlar al milímetro cada encuadre y el instante exacto para el corte entre los planos, etc. Necesito crear la película con mis propias manos. Al trabajar con bajos presupuestos, tengo que invertir mucho tiempo en cada proyecto, lo que se compensa pues siempre trato de hacer las películas que me gustan: no las termino hasta que estén tal como me gustaría ir a verlas a un cine.

Trabajo a nivel de inconsciente. A nivel técnico y de puesta en escena sí planifico mucho, pero creo que es importante dejar un misterio en la historia de los personajes, una parte que ni siquiera yo mismo entienda al editar, que es cuando se configura el toque final de la obra. Así, no me gusta racionalizar demasiado, pues creo que siempre hay una razón oculta que explica todos los porqués, aunque no sea la que nosotros mismos imaginemos. Que cada quien interprete a su manera es esencial para el tipo de cine que me interesa, de lo contrario dejaría de filmar a mitad de película. 

En Memorias del Desarrollo hay una búsqueda de lo individual. Me interesó mostrar que el personaje no funcionaba ni en Cuba ni en Estado Unidos. El conflicto existencial de este "segundo" Sergio, y también el del primero en Memorias del Subdesarrollo, es más amplio que el de un pequeño burgués que no se adapta a la revolución. Se trata de caracteres que se quejan de cualquier sociedad constantemente. Eso me interesa mucho como vehículo para hablar críticamente de lo social.

Desde el inicio, hubo una modificación fundamental respecto a la novela original: el actor del filme tiene cincuenta y tantos años (por cierto, sí es cubano), pero en el texto ese Sergio hoy tendría ya ochenta (como Edmundo Desnoes). Yo tengo treinta y tres, y me interesaba un personaje a medio camino entre las dos generaciones. Eso disparó una serie tremenda de cambios en el guión. Por ejemplo, el hermano de Sergio se va por el Mariel, mientras Sergio permanece en Cuba hasta la caída del Muro de Berlín y el campo socialista. Mi Sergio, para colmo, sólo llega a su vida adulta después del triunfo de la revolución, y al no participar de lleno en aquellos cambios, parte de perspectivas generacionales muy diferentes.

Sin embargo, recientemente Edmundo Desnoes y yo coincidimos en el Festival de Cine de Cali. Allí fue la primera vez que él se manifestó en público sobre la película toda vez terminada. Y es interesante que él ya no se siente tan distanciado de mi película como al inicio, pues dijo que la "aceptaba como una interpretación" de su escritura, que me agradecía "el amor, la intensidad y la imaginación" que yo había invertido "en traducir la novela para el cine".

Paradójicamente, yo sí me identifico mucho con Sergio. Desde niño siento que podría funcionar a nivel básico en cualquier sitio y me considero un ciudadano del mundo, un electrón libre que no se compenetra del todo con ninguna sociedad en específico. De hecho, sin considerarme un exiliado, resido en muchas ciudades. Venecia y Tokio me deslumbran y me gustaría vivir en ellas, por ejemplo, a pesar de no tener mucho en común con esas culturas. Veo el mundo de manera sensorial. Si lo que me rodea me resulta interesante poéticamente, me siento a gusto en ese entorno. De La Habana, para mí lo más importante sería la presencia del mar, tal vez por la vista del malecón que disfrutaba desde mi casa de infancia.

Ahora, aunque Memorias del Subdesarrollo sea la película cubana que más me gusta, no podría decir que la cultura nacional me ha marcado a un nivel más global. Creo que la sensibilidad nace con uno, no es algo dependiente del medio que te rodea. Primero me influyó el dibujo animado japonés, los videojuegos (incluso me interesó programarlos), luego fue el cine de latitudes lejanas (Antonioni, Godard, Tarkovski). Y así Memorias del Desarrollo también pretende desmontar los mitos que se tienen afuera acerca de Cuba. Mi cubano, como le ocurre a Sergio en una escena del film, es increpado por su amante porque no fuma, no toma café y no sabe bailar salsa.

Por supuesto, haber vivido dentro y fuera me permite una cierta distancia a la hora de analizar la historia. Al igual que le pasa a los norteamericanos con su país, nosotros vemos a la Isla como el centro del universo. Es triste, pero por otra parte a Cuba las más de las veces se le percibe sólo a través de la imagen de su revolución, los carros de los años cincuenta, La Habana Vieja, Tropicana, las mulatas, los Cohíba, el ron, etc. El concepto de individuo se ve reducido al mínimo en la mirada internacional hacia Cuba. Y mi película trata, precisamente, de explorar la individualidad de un personaje forzado a dar clases en universidades extranjeras sobre un discurso revolucionario que a él ya no le interesa. Esto lo asumí como un experimento: es la oportunidad de hablar sobre cómo me siento respecto a mis raíces, jugando con todos los elementos que me rodeaban y a los que de pronto podía echar mano, sin dejar de divertirme durante la realización.

Nunca creí que Memorias del Desarrollo fuera una película para el gran público. Si bien el de los festivales no es ese gran público, en Cuba las salas han estado llenas, con gente sentada hasta en las escaleras. Eso me gustó. Hay una escena que genera mucha polémica, cuando Sergio tiene un diálogo con Fiddle, un bastón que supuestamente representa a Fidel Castro. Es una escena que se conecta mucho con la gente, porque es una fantasía que todo el mundo tiene hasta cierto punto: demandarle una explicación, confrontarlo en un diálogo directo. Fidel es la única figura de alguna manera paterna en el filme. El resto de los personajes son mujeres (amistades, amantes, familiares), además de la figura del hermano gay. Y, aunque hoy en las películas cubanas siempre se cuelan críticas sociales, hasta ahora hubo figuras intocables que Memorias del Desarrollo sí toca, desde la sinceridad tremenda de ser una obra contra todas las banderas. 

No deja de ser una sorpresa que hayan programado a Memorias del Desarrollo en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana 2010. Puede ser una señal de que están operando fuerzas internas con tensiones opuestas. Estoy completamente seguro de que hace quince o veinte años esta película no se hubiera exhibido aquí. Los organizadores me la pidieron y, a la vuelta de un mes, me dijeron que la habían aceptado pero fuera de competencia. Me pareció más importante que la viera el público cubano de adentro, no tenía sentido retirarla por ese motivo, a pesar de que Memorias del Desarrollo venía de estrenarse con éxito en otros eventos no tan polarizados, incluido el Festival de Sundance, y traía ya cinco premios en su haber, como el del Havana Film Festival de Nueva York (donde le ganó a películas hechas en el ICAIC), el del Festival de Video de Dallas, el del Festival de Nuevos Medios de Los Angeles (que es más experimental), el Premio Cine Las Américas, y el Premio Semilla a la Innovación en el Festival Cero Latitud en Ecuador. Curiosamente, el Festival de Cine de Miami también me solicitó una copia y luego nunca me contestaron: silencio total sobre la no inclusión de mi película. También es sintomático que Memorias del Desarrollo aún no haya tenido ofertas serias de distribución, contrario a lo ocurrido con otras obras mías.

Por otra parte, estoy descontento por la poca visibilidad que le ha dado la prensa local. Me parece que la película debió haber estado en competencia como una película cubana más. El filme dialoga con la historia de Cuba y los Estados Unidos en los últimos 50 años, sin la autocensura común a la hora de tratar estos temas. Si uno va a hacer cine independiente, tiene que hacerlo sin rendirle cuentas a nadie, tanto a nivel de contenido como de forma. Hay que aprovechar nuestra libertad total para crear.

Mi próximo proyecto es una película de ciencia-ficción, aunque me interesa menos la ciencia y más la ficción. Se llama Blue Road o Camino azul y es la continuación de mi primer largometraje, Cucarachas rojas. Es una película sobre la clonación de seres humanos y cómo socialmente eso afecta no tanto al futuro como a una realidad alternativa. Trata de una sociedad donde los que tienen un poder adquisitivo más alto han logrado alterar genéticamente a sus hijos, y de cómo estos individuos más inteligentes se engranan en lo social y qué conflictos se crean. Es un guión de hace seis años y vine a reescribirlo a Cuba, porque después de Memorias del Desarrollo me parece ya demasiado simple. No sé si lo filmaré aquí o en Estados Unidos, pues en este proyecto no importan nada los contextos, si bien en cada ciudad siempre hay implicaciones de experiencias sensoriales que influyen estéticamente.

Lo cierto es que después de Memorias del Desarrollo me ha costado trabajo recomenzar. No deseo hablar del impacto que tendrá en el público porque es demasiado pronto y eso no me corresponde a mí. En lo personal, tras cinco años dedicados a esta obra, casi empiezo a ver el mundo a través de los ojos de mi personaje Sergio. Se te mete en la cabeza y es un poco difícil ahora buscar otras perspectivas. Siento un vacío que intentaré llenar con la reescritura de mi nuevo guión.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.