Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Fotografía

La historia de Cuba contada por sus camas

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El insomnio es una cosa muy persistente. Pero la vigilia puede ser mucho peor.

Nietzsche pedía ver a los seres dormidos para atisbar su naturaleza real. Los fotógrafos Carlos Otero y Enrique Rottenberg se conforman apenas con las camas vacías, las camas solas, el paisaje de un país sin los protagonistas de tantos planes perdidos y pesadillas imperdibles. Cuba ya no más como una sabana bucólica, sino como una sábana de puertas adentro con tratamiento digital. Una Cuba democráticamente anti-demográfica (Maltus más que Marx), donde todos escuchaban pero nadie se retrató.

Se trata de la más reciente exposición inaugurada en la sede de la Fototeca de Cuba (Mercaderes 307, en la Plaza Vieja): Dormir con…, que permanecerá abierta al público desde el 4 de noviembre durante un mes. Más de 700 hogares cubanos visitaron estos dos creadores para armar su bitácora de colchones. El dato es sobrecogedor. Y todos les abrieron sus dormitorios a cambio de nada. Acaso a cambio de una tajadita de eternidad estética. El clic como una especie de aura del artista cubano, porque ambos se consideran como tales, si bien Rottenberg (cineasta y narrador) es de nacionalidad israelí.

No parece mala idea narrar la patria desde donde la patria descansa en posición horizontal, desde donde yace menos como patria y más como posibilidad, desde donde los cubanos somos menos bípedos y más cadáveres en potencia, desde donde acatamos menos la disciplina social y más el deseo sexual. Desde donde nos meamos de bebés y de vejetes, extremos existenciales. Es como abrir la Cama de Pandora. Y entonces emerge la historia íntima de la nación, sus nichitos recónditos que no caben en ningún Producto Interno Bruto ni Índice de Desarrollo Social. Es el triunfo susurrante de la alcoba acostada sobre los mil y un discursos de pie en plena plaza.

Las fotografías de Dormir con… son hiperplásticas. Del documentalismo antropológico se salta, gracias a un software profesional, a un irrealismo de atmósferas casi góticas en su miseria criolla o glamour burgués devenido ruina. No ofenden. No nos involucran. La luz es lunar, pulcra píxel a píxel, saturando el encuadre hasta hacerlo plano, a pesar de los ángulos abiertos y afocantes: un trabajo de miniaturista, un haiku Hecho en Nikkon. Por momentos recuerdan esos lienzos kitsch que se venden en dólares en las ferias de artesanos no muy lejos de la galería. Pero cierto pasmo las salva. Cierto pavor de objetos abandonados. Cierta pena de compatriotas las recupera en el último instante, incluso como imágenes inverosímiles de un naufragio a flote con el fatum de la perpetuidad.

Me gustaría habitar cualquiera de las decenas de camas expuestas por Otero y Rottenberg. Hay ilusión de vida en ese vaciamiento del barroquismo. Hay hálito de un escenario excéntrico, de collage o caricatura cubanesca nada típicos, de cortocircuito sub-surrealista entre una máquina de coser y una laptop.

Las palabras de presentación el día inaugural estuvieron a cargo del ensayista Rafael Acosta de Arriba: "Un viaje hacia adentro, al interior de la naturaleza de nuestro ser nacional", anunció.

Y, en efecto, es el diario delicioso de un viaje de la capital a provincia, del art-decó al arte de la deconstrucción. Pero en todo caso lo que nos traduce de Cuba el trademark Otero y Rottenberg, acaso sin pretenderlo, es aquella inefable y nunca infusa "sobrenaturalaza" que un poeta cubano soñó, desde su sillón o su cama hoy tal vez inventariados en su Casa-Museo de Trocadero 162. 

Dormir con… o Despertar sin… Una idea que contagia. ¿Qué tal retratar mesas? ¿O garajes? ¿O baños? ¿Qué tal ir picoteando el pastel de lo que como un todo siempre fue caos cósmico que nunca coaguló? Debo volver varias veces a la Fototeca de Cuba. Sospecho que entre el alef de objetos que rebota en cada foto es posible extraer más de un diagnóstico. Y esa polisemia es muy política, por supuesto. Y contagia muchísimo más.

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