Lunes, 11 de Diciembre de 2017
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Música

La guaracha: Una trompetilla musical...

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Para entender la Cuba republicana, donde todos opinaban de todo, al mismo tiempo, y en voz alta, hay que parar la oreja a cada guaracha bullanguera y contagiosa; más que un ritmo, una trompetilla musical liberadora, cronista urbana que no respetaba altares ni jerarquías. Para entender a Cuba DC —después de Castro—, basta escuchar la guaracha de Carlos Puebla: "Se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar…". Nacía la guaracha inocua, ideológica, útil: ¡La guaracha domada!

El Teatro Alhambra de La Habana, a unas pocas cuadras del Parque Central, fue, desde 1900 a 1934, el corazón de la irreverente guaracha. Por su escenario pasaron guarachas con nombres tan insólitos como La Isla de las Cotorras, La Danza de los Millones, La Prángana, La Trichina y La Molde de Flan. Los machos habaneros obtenían su certificado de adultez, al asistir con pantalones largos a las picantes noches del Alhambra. Algunas mujeres se disfrazaban con gabán y bigotes para disfrutar de la sensualidad, el ritmo contagioso y la crítica burlona de la guaracha. 

El Alhambra se derrumbó en 1935. Pero el ritmo guaracha perdura. Baste decir que mucho de lo que conocemos por salsa, no es más que guaracha-son; que en los carnavales habaneros, la comparsa más esperada es Los Guaracheros de Regla; y que la camisa con vuelos y pasacintas que visten rumberos, soneros y salseros, se llama guarachera, para entender cuanto ha recorrido el mundo la guaracha. 

Ofensa a la moral

La Guaracha es de los géneros musicales cubanos vigentes, el más antiguo. Se cantaba y bailaba entre el pueblo simple habanero desde el siglo XVIII, cuando su estructura de copla proclamaba sus raíces españolas. Sustituyó a las jácaras, canciones picarescas que se cantaban en los burdeles y en las tabernas del puerto de La Habana.

Las flotas llegaban a puerto. Los marineros brincaban de un bodegón a otro, buscando a las experimentadas putas francesas que venían de Nueva Orleáns. Y en todos se cantaban esas cuartetas pícaras, de fuerte carga sensual, que el vulgo llamaba guarachas. ¿De dónde venía ese extraño nombre?

Algunos creen que viene de "guanche", que significa bailador, pero sólo sabemos que fueron canciones proscritas por "la gente decente", y que influyeron en la rumba flamenca, por aquello de que Sevilla era el puerto madre del comercio con La Habana. Y que las primeras guarachas no se publicaron,  por considerarse lenguaje "rufianesco", aunque, como todo lo prohibido, se hicieron populares de boca en boca.

De las guarachas escribe el Regañón de La Habana, el 20 de enero de  1801: "Lo que me ha incomodado más, ha sido la libertad con que se entonan por esas calles y en muchas casas unos cantares donde se ultraja la inocencia, se ofende la moral... ¿Cómo es posible que haya quién guste oír cantar La Guabina, que en la boca de los que la cantan sabe a cuantas cosas puercas, indecentes y majaderas se pueda pensar?

El Diccionario de Voces Cubanas de Esteban Pichardo, editado en 1836, define la guaracha como "baile de la gentualla", lo que indica que ya se cantaba en todos los barrios de la capital. Ya en l867 circula el cancionero Guarachas cubanas, desde las más antiguas hasta las más modernas, publicado por la librería La Principal, de La Plaza del Vapor de La Habana.

'Los negros catedráticos'

Pero el auge de la guaracha no llegará hasta el año siguiente, con la creación del Bufo Habanero. Este teatro guarachero llegó a convertirse en el teatro vernáculo de Cuba.

Y valga destacar que la guaracha no surgió del teatro bufo. ¡Al revés! El Bufo Habanero nació de la guaracha.

La primera obra del Bufo Habanero, llevada a la escena del Circo de Villanueva, en 1868, se llamó Los Negros Catedráticos, y la crearon un grupo de guaracheros que se reunían en el solar de Corrales No. 18, en La Habana Vieja. No sabían ni jota de dramaturgia. Agregaron diálogos a una guaracha de su repertorio, que cantaba la historia de una negra fina, de alcurnia, que rechaza a un negro pobre.

Al negro le estaba vedado representar su papel. Era un blanco pintado de negro el que aparecía en escena. Y al matrimonio entre blancos y negros, la guaracha lo llamaba Arroz con frijoles. "Un blanco con una negra / se casaron hace un mes / el marido tiene suegra / y creo que bruja es". El estribillo cantaba: "Tiene tres bemoles / pareja tal que arroz con frijoles / suelen llamar".

El negro, aunque fuera libre, solo podía asistir a las tertulias de los teatros donde un cartel aclaraba: "correctamente vestido". Los insurrectos avivaron esas contradicciones. La guaracha El negro bueno se convierte en un himno en contra de España. A fin de cuentas, el rechazo no era sólo con los negros, sino con cualquiera que no fuera blanco y español. ¿Qué cubano no ha oído la frase "búscate un chino que te ponga un cuarto"?

O aquella de "lo engañaron como a un chino". Triste papel el de los chinos en las guarachas del Bufo Habanero: "Muchas quieren a los chinos / Y se dejan camelar / porque dan mucho dinero / y se dejan engañar..." Y qué decir de los gallegos aplatanados, que arrancaban carcajadas del respetable: "Yo soy Zacarías / de ñanque flor / el yamba primero del macaró / y a cualquier paluchero que se venga con tonás / le arrempujo sin reírse seis o siete puñalás".

'El perro huevero'

El triunfo del Teatro Bufo fue vertiginoso, el primer año, surgieron ocho compañías. ¡Bufomanía! Y con ello el éxito del nuevo ritmo. La guaracha El perro huevero, con sus alusiones a gorriones (los españoles) y bijiritas (los cubanos) provocó rechiflas en el Villanueva y que los voluntarios españoles tirotearan al público, con el resultado de varios muertos. Martí, que a la sazón tenía 15 años, logró escapar por una ventana.

España apretó la represión. Cerró el Bufo, pero las guarachas continuaron sonando en las esquinas. Cuando el son llega a La Habana, a fines del siglo XIX, la guaracha ya había entrado subrepticiamente en los hogares ¡Algunas señoritas cantaban en secreto: "De los zungambelos / que he visto en La Habana / ninguno me gusta / como el de tu hermana"!

Las murallas del pudor y la discriminación racial comenzó a derrumbarlas la radio. ¡La radio no tenía color! En 1928, el son de Miguel Matamoros, El que siembra su maíz, vendió 64 mil copias en 90 días. Las voces negras de María Teresa Vera y el Trío Matamoros, acabaron con la blancura romántica (hoy diríamos kitsch) de Marta Capullito de Rosa: "Linda flor de alborada / que brotaste del suelo / cuando la luz del cielo tu capullo besaba…" 

Se aparean el son y la guaracha

La guaracha blanconaza habanera se abrió a la cadencia negra del son oriental, contagiándole su picardía, y éste, de calentura, se puso a sonar tan rápido, que a mediados del 1920 no había fin de fiesta en el tan popular Teatro Alhambra en que el negrito, la mulata y el gallego no pusieran a gozar a todo el mundo, burlándose hasta del mismísimo Presidente de la república.

El ritmo trepidante de la nueva guaracha, con combinaciones de 6 x 8 con 2 x 4, y sus textos, en los que prima un sentido sensual de la vida, y una visión satírica del ridículo, constituyen, durante la república, el portavoz del espíritu humorístico de los cubanos. En La Habana, en Santiago, en Manzanillo, donde el calor obliga a salir a la calle, al chisme del día. ¡Que si Catalina Lasa, la nuera del Vicepresidente, se fugó a media noche con su amante Pedro Baró... para París; que si Juana camina con la punta 'el pie... que si Juan se tira el pe, mas alto que el cu.

Songo le dio a Borondongo

No vengan con que las guarachas son absurdas. ¿Y los cubanos qué? Le pusimos una bomba a Enrico Caruso en el Teatro Tacón, cuando cantaba la opera Aída, y el tenor italiano, vestido de Radamés, no paró de correr por el Prado hasta el Hotel Sevilla. Y hablamos tan alto en la función de La dama de las Camelias, que la divina Sarah Bernard nos bautizó como "indios con levita". No pasó nada porque en Cuba apenas hay indios, pero si nos dice negros con levita se forma la de San Quintín.

En Cuba, donde hasta el Obispo responde por un apodo, nadie se salva del choteo. Cualquier cubano sabe que chotear es "tirarlo todo a relajo". Y pobre del que no tenga "tabla" para aceptar las burlas. ¡Está frito! Y si pone cara de ceremonia, se estira y se cree su propia seriedad, nada lo salvará de una trompetilla demoledora, o peor, de una guaracha. Porque la guaracha hace bailar burlándose. Sus textos, como la Isla misma, son un canto al absurdo: "¿Quién ha visto un sapo en cueros / una rana sin camisa / un mosquito muerto 'e risa / y un majá talabartero?"

¿Defecto o gracia divina?

Para muchos, el choteo y la guaracha son defectos del carácter del cubano, pero para los bailadores son gracia divina. Ňico Saquito, con María Cristina y Cuidadito compay gallo, ha hecho bailar y reír al mundo. De Ernesto Lecuona y Gonzalo Roig a los grandes de la trova, como Miguel Matamoros, o boleristas como Julio Gutiérrez y Orlando de la Rosa, han compuesto guarachas, sin contar las cientos de guarachas anónimas que han salido de solares y cuarterías.

La guaracha no ha conocido fronteras. El disco, el cine, la radio y la televisión han llevado su alegría, mezclada a otros ritmos cubanos, a los más apartados rincones. Si leemos las etiquetas de los discos de cuatro continentes, encontraremos guaracha-bolero, guaracha-mambo, guaracha-guajira, y sobre todas, la guaracha-son, con influencia del jazz, esa que inmortalizó Celia Cruz y que resume dos siglos de humor criollo.

En 1983, Gabriel García Márquez me dijo en entrevista para la revista Opina: "los cubanos no están aprovechando su música popular, y existe el peligro de que si no se estimula el filón empiece a extinguirse". ¿No había guaracheros jóvenes en Cuba por esa fecha? Sí, pero las guarachas críticas de Pedro Luis Ferrer fueron silenciadas. Y el tema No es fácil, de Juan Formell, que describía las penurias con que vivíamos, fue retirado de la radio. Una segunda versión inofensiva al régimen fue divulgada. El autor de Muévete aprendió bien la lección. ¡Debía aplaudir!

Pero no crean que la irreverencia musical de los cubanos ha muerto, está viva y coleando en el hip hop de Los Aldeanos, de Real 70, en el rock de Porno para Ricardo. Sólo que a estos jóvenes, nacidos y crecidos en la larga noche del castrismo, les falta el humor que fue el sello distintivo de la música bailable nacional. ¡Y es de entender! Recordemos al Silvio de los comienzos: "con tantas razones para no reírse como hay". Cuando el cubano, libre al fin, recobre su alegría, entonces, sólo entonces, volverá a sonar, para hacer gozar al mundo, la trompetilla musical de la guaracha.

 

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Fragmento de la conferencia: La vida a ritmo de guaracha, dictada por el autor en el Instituto Cervantes de Nueva York. 

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