Lunes, 18 de Diciembre de 2017
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Cine

Bienvenidos a La Aldea

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A inicios de 2010 viajé a La Habana invitado por el cineasta Fernando Pérez y la Muestra de Jóvenes Realizadores para exhibir, en una Retrospectiva, mis películas prohibidas en Cuba. La programación de la Muestra es casi toda independiente, y su valor cultural y político, visto como la expresión de una nueva generación de cineastas, es inmenso.

Viví la revolución cubana con militancia y dedicación, cruzado por etapas de desencanto que se hicieron definitivas a partir de la desaparición de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Los imprescindibles cambios para preservar un socialismo sano y realmente democrático no llegaban, y preferí cambiar mi propia vida.

Hacía casi nueve años que no caminaba mi ciudad, e intenté que la visita significara una puesta al día de las cosas nuevas que, sobre todo en el campo cultural (en lo político los cambios eran cero y las nuevas medidas económicas no habían sido anunciadas), sucedieron durante mi prolongada ausencia. De hecho, que se exhibieran mis películas, aunque con escasísima publicidad, era un logro.

Sabía de la existencia del polémico dúo de hip hop Los Aldeanos, gracias a estremecedoras canciones que había visto y escuchado colgadas en YouTube. Su popularidad en la Isla también era limitada por la falta de divulgación de sus temas; provocativos, intensos, muy críticos con la realidad y el día a día nacional. A pesar del "silencio", tenían las cosas de cabeza. 

A Los Aldeanos les seguían y siguen un grupo significativo de fans, jóvenes alternativos que, esparcidos por una ciudad de más de dos millones de habitantes, dejan saber su fuerza. En el resto de la Isla, también cuentan con fieles seguidores. A pesar de las limitaciones del uso de internet en Cuba, temas como La Naranja se Picó tienen cerca de 600 mil visitas en YouTube, lo que supone una muy notable repercusión de los músicos en el exterior del país y deja constancia de su tremendo impacto mediático.

Revolution… en la calle 23

Un documental de título Revolution, realizado por el joven cineasta Mayckell Pedrero, los ponía en el centro de atención de la Muestra de Jóvenes Realizadores. Entre las metas de mi visita, coloqué la de asistir a la exhibición del documental. Y así fue. Ayudado por la buena mano de un amigo que me sirvió para aliviar las dificultades del transporte público, y acompañado por el cineasta tinerfeño Aurelio Carnero (presente en La Habana por motivo de la Retrospectiva) llegué al Cine Chaplin, sala de exhibición principal del Festival Internacional de Cine de La Habana y, censuras y otros avatares al margen, aunque nunca olvidados, recinto esencial de la historia de la cultura nacional.

Revolution, con susto y gracias a la persistencia de los organizadores, se exhibió. Al menos por un día. Y no sólo en la Sala Chaplin. Hubo que habilitar otro cine, de numérico nombre: 23 y 12.

El mar de jóvenes fans de Los Aldeanos desbordó literalmente la calle 23. Dos de las cuatro sendas de la avenida resultaron colpasadas, de manera que los conductores y pasajeros de las rutas de guaguas que pasaban por el lugar miraban perplejos sin comprender qué sucedía. La noticia sólo había sido divulgada por los organizadores del evento y apenas había trascendido más allá de ciertos espacios alternativos.

En el portal del cine y en los alrededores de la taquilla no había sitio para moverse. Apilados, oliéndose la respiración unos a otros, los jóvenes intentaban acceder al recinto. Al percatarme de que allí no iba a poder entrar, caminé las dos calles que me separaban del 23 y 12 y, sorteando a un grupo más pequeño de vehementes admiradores, logré colarme en el interior.

La sala se repletó. Junto a la mayoría de jóvenes, había un extraño grupo de personas adultas y, por su aspecto, no precisamente provenientes del mundo cultural. Imaginé —no lo puedo asegurar— que se trataba de movilizados a la vieja usanza: vigilantes y controladores del orden que estarían allí para contrarrestar cualquier algarabía espontánea.

Una tensión dominaba el aforo, repleto y oscuro. Estábamos ante lo prohibido, ante lo que, sabíamos, sería exhibido por una sola vez. Se inició la proyección. Por la pantalla desfilaron expertos musicales y culturales que valoraban el papel de Los Aldeanos en el panorama musical cubano; entre ellos, figuras conocidas, como Pablo Milanés. Una vez más escuché las canciones, de letra dura y directa, con una visión profundamente crítica de la realidad. Añoré viejos tiempos y sentí que algo nuevo, aunque de consecuencias muy limitadas, estaba pasando en el país. 

Aplausos esporádicos y gritos de admiración aislados acompañaron la exhibición. Mis vítores y los de mi colega Aurelio no dejaban dudas de nuestra admiración por lo que veíamos. A mi lado, una señora que pasaba de los sesenta, vestida de una forma que no me hacía pensar en una admiradora del reclamado dúo, contemplaba impertérrita las imágenes. Por un momento pensé que me ordenaría dejar de aplaudir. No lo hizo, aunque su inquietante mirada, siempre de soslayo, no me dejaba tranquilo. Al finalizar la proyección, la señora me miró seriamente y dijo: "a mi me gustó". Pensé, entonces, que los tiempos eran otros.

Al día siguiente, sin embargo, supe que en la sala Chaplin le habían prohibido el paso a la bloguera independiente Claudia Cadelo y a algunos de sus acompañantes, que finalmente no pudieron ver Revolution. Marcando el nombre del documental en internet puede verse reseñado el desagradable incidente.

Los tiempos, evidentemente, no eran tan diferentes. Me sonaban conocidos. Pero contradicciones y equívocos en mi apreciación personal aparte, Revolution se exhibió, y no me quedó duda de que otra generación, expresada artísticamente en la variada obra de la Muestra de Jóvenes Realizadores —motivo por el cual visité La Habana—, protagonizará un futuro distinto (no se cuál, pero aspiro que mejor) en la historia del país.


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Una Muestra del Joven Documental Cubano se exhibe también en el Festival Miradas Doc. Revolution es uno de los títulos.

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