Sábado, 16 de Diciembre de 2017
14:14 CET.
Artes Plásticas

Heriberto Mora: 'La pintura traza las rutas y me guía'

Heriberto Mora nació en La Habana en 1965. Después de graduarse en la Academia de Arte San Alejandro, como tantos otros cubanos de su generación, Mora emigró a España y, luego, a la Florida. Ha expuesto en numerosos países, y su obra forma parte de colecciones privadas y de museos como la del Lowe Art Museum y el Frost Art Museum (Florida, USA), la Absolut Vodka Collection en Nueva York, y la Berardo Collection en el Museo Berardo, Lisboa (Portugal). A raíz de su actual exposición en la Alianza Francesa de Miami, Heriberto Mora conversa en DDC acerca de su pintura y su vida.

Inicios. 

La mayoría de mis recuerdos escolares están asociados a la pintura. Cuando terminé el preuniversitario, a los 17 años, conocí al pintor Osmín López, quien además de guiarme en el mundo pictórico, me inculcó la pasión por la lectura. Ese mismo año entré en la Academia de Arte San Alejandro, en La Habana, de donde me gradué en 1987.

San Alejandro.

La academia fue fundamental en mi formación, por los estudios de pintura y de Historia del Arte. Allí conocí a alguien a quien considero un maestro, el profesor Antonio Alejo. Los años en San Alejandro fueron los más hermosos de mi vida en Cuba.

Influencias.

Podría enumerar una larga lista de pintores que, según fui conociendo, me calaron profundamente. Aún hoy, hay algunos a los que regreso una y otra vez. Rembrant, el maestro de la luz y la sombra. Los pintores holandeses de escenas costumbristas, como Vermeer. Van Eyck. Recuerdo con especial intimidad los grandes pintores rusos del XIX, llamados Los Ambulantes, particularmente Kramskoi, Shishkin y Repin.

Luego sucede que hay ciertos cuadros específicos que se te quedan dentro. El mendigo, de Murillo, que está en El Louvre; Agnus Dei, de Zurbarán, en el Museo del Prado. O los retratos de bufones de Velázquez.

Hoy en día me desvelan los maestros del arte del icono. Ramn Llull, el místico español. La pintura de los grandes maestros Zen. La pintura tradicional india. El arte islámico…

Una evolución conceptual y estética.

La vida y la obra son inseparables. La pintura es un recurso que Dios me ha dado para usarla como herramienta de búsqueda.

Las razones que he estado buscando en mi vida y mi obra son las preguntas que la humanidad se ha hecho siempre. ¿Qué es el hombre? ¿Quién es Dios? ¿Por qué existe el sufrimiento?

La evolución estética está vinculada al trabajo constante. Mientras más trabajo una técnica, más la conozco y descubro su  esencia. Conceptualmente, creo que mis temáticas siguen siendo las mismas de los primeros cuadros, en el año 93. Lo que ha ido cambiando es el modo de expresarlo. Durante años mi paleta fue predominantemente monocromática, con tonos tierras y ocres. En los últimos cuatro o cinco años he empezado a utilizar el color.

Una cosmovisión propia y las exigencias del mercado.

El mejor modo es trabajar concentradamente, sin prestar atención a las exigencias superfluas; viajando cada día hacia mi interior, dejando que el proceso creativo sea parte de ese viaje.

Una obra en diferentes puntos geográficos: La Habana, España y Miami.

Definitivamente, el lugar donde vives te influencia con su ritmo, luz, color, tradiciones.

En Cuba mi obra se movía en una dimensión existencial, reflejo de una realidad caótica y surreal percibida a los 20 años.

En España, la paleta se cubrió de ocres, siguiendo el camino de los grandes pintores tenebristas de la escuela española.

En Miami, donde he vivido durante 17 años, he tenido experiencias que me han marcado profundamente. Experiencias espirituales, la experiencia del matrimonio, el trabajo con niños… Todas estas vivencias han hecho que repare más en escenas aparentemente intrascendentes, que ahora cobran para mí un significado especial. Por ejemplo, alguien regando un bonsái. O una señora bordando. Las escenas cotidianas de la vida de una pareja devienen motivo de interés trascendente y esto, sin dudas, ha sucedido en Miami.

Hay algo que me resulta curioso, esta ciudad de un ritmo acelerado, con pocos espacios públicos que propicien el encuentro entre personas, pues su trazado es más bien hostil arquitectónicamente, me ha llevado a detenerme, a cerrar los ojos y preguntarme quién soy, qué quiero. Hay tanta distracción exterior, que de cierto modo te ayuda a practicar el ejercicio de la introspección.

¿Búsqueda permanente, o hallazgo de ‘eso’ que de alguna forma se nos revela, a decir de Picasso?

La búsqueda nunca termina. Ahora, con la exposición en la Alianza Francesa del trabajo de dos años, veo que se cierra un ciclo de búsqueda estética, desde el punto de vista de la técnica y de la expresión, y ya empiezo a visualizar una nueva etapa.

Dios, que es el Creador, no tiene principio, y es maravilloso saber que estaremos siempre buscándolo y viajando hacia Él. Me parece extraordinario que la pintura sea parte de este proceso, como un mapa que traza las rutas y me guía. 

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