Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
11:53 CET.
Literatura

La pregunta del personaje

Después de años de arduo trabajo narrativo, el escritor y periodista José Hugo Fernández decidió recientemente liberar de los cajones a muchos de sus diablos, fantasmas y pesadillas, y publicó nada menos que siete títulos de un solo golpe, a mano de la editorial Atom Press Storefront. Para este raro comportamiento se podrían adelantar dos razones: las difíciles relaciones de Hugo con su obra, o las no menos difíciles condiciones para publicar en Cuba todo lo que allí no pasa la censura. Tal vez las dos causas están presentes.

Balas y más balas

Balas Gastadas es una noveleta que está entre las obras dadas a la luz por José Hugo, quien es lingüista de título, aunque lo que más ha hecho en su vida es periodismo. ¿Qué busca mostrarnos Balas Gastadas? Ya desde aquí hay un problema.

Su argumento cuenta el drama de una venganza que parece tener origen en cierto pasaje casi desconocido de la historia contemporánea de Cuba: un motín llevado a cabo por estudiantes mozambiqueños becados en la Isla de la Juventud, contra los cuales el régimen se vio en la obligación de arremeter con sus arrasadoras Tropas Especiales. Al menos en lo que respecta al personaje principal de Balas gastadas, este hecho, en el que fue protagonista, seguirá gravitando sobre su destino hasta el final.

Sin embargo, da la impresión de que el referido motín es sólo un pretexto, tal vez incluso un gancho que ha sido utilizado para hacer más potable la verdadera trama del libro, la cual podría ser la alienación, la locura nacida de las misiones internacionalistas, las consecuencias entre los cubanos de las guerras que libró por disímiles lugares del mundo Fidel Castro. Tal vez un buen punto debe partir de la idea siguiente: las guerras las hicimos allá, pero también las trajimos. Son dos aventuras que hacen el comportamiento errabundo —errático— de la mente, que en la obra es un asunto grupal. 

A la locura de sus personajes, que se acentúa en el protagonista, se añade una atmósfera de miseria que el narrador lleva de la mejor manera posible, o sea, sin que aplaste al lector, sin que lo indisponga, sin que pierda interés, sin que entren ganas de echar el libro a la basura con un "ya tengo bastante con mi vida".

Una prosa en rozamiento frecuente con la broma, con la metáfora singular, con narradores ágiles y directos, con un talento, en fin, que logra crearle al libro una capa de grasa que lo hace fluir, que de algún modo lo adorna, que de algún modo lo desaliena.

Se vive, se contravive, se sobrevive

El nombrar las cosas, que en narrativa es nombrar a los personajes con sus circunstancias, es uno de los aciertos. Cada nombre lleva en su seno una biografía siempre aparatosa, siempre trabada entre suertes insalvables, risueña en esquinas inesperadas, pero siempre, sin embargo, triste. 

La obra se mueve entre la realidad de uno de los barrios más pobres de La Habana y una atmósfera aplastante, sin futuro, de postergados por siempre jamás. Los personajes masculinos son alcohólicos, ex soldados (de ahí el título Balas Gastadas), que sobreviven a duras penas con esa violencia tan cubana que dilapida sus energías en temas de poca monta y poco dinero, donde no se sabe muchas veces con seguridad a qué se debe la violencia —aun cuando se conozcan sus detonantes existenciales—, ni qué objetivos la atraviesan.

La mafia es violenta, por ejemplo, pero se sabe perfectamente por qué. Muchas veces se desconoce el fin material de la violencia cubana, si es que tiene un fin, si es que lo tuvo alguna vez.

En una atmósfera de encerramiento (un cuartucho de mala muerte en un solar cualquiera), los sueños de la pareja protagonista desandan todos los rincones de la desesperanza. Ya no son capaces de soñar en el buen sentido de la palabra. Todo aquí está siempre en marcha atrás, como un combatiente que no olvida la guerra y la sangre y vuelve una y otra vez a sus batallas silentes. Y como trasfondo, la traición del mismo régimen que llevó a los personajes a la aventura africana. 

Si de valores tratáramos, es un acierto que no se haya metido José Hugo Fernández en extendidas escenas de sexo, como se espera que sea si se trata de un solar y de gente de raza negra.

Si en un momento enseñaron alguna originalidad, estas escenas ya van siendo un cliché. Ahora es una manera de producir al negro mediante un complejo proceso de significación, como diría Henry Louis Gates. Otras veces lindan con el racismo.

Todo indica que José Hugo no ha intentado con Balas Gastadas brindarnos una obra maestra, sino más bien que pasemos un rato ante el panorama que, en no poca medida, es la Cuba de hoy. Lo interesante en todo caso es que aunque ese panorama sea trágico y desolador, el relato es recreado en clave amena. Tal vez pueda verse como una alegoría a la gran locura que significa vivir medio siglo bajo la dictadura más anormal del mundo. ¿Se vive, se contravive o se sobrevive en la Isla? Esto es lo que parecen preguntar al lector cada uno de los personajes.

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