Lunes, 11 de Diciembre de 2017
22:11 CET.
Literatura

Madera de Nobel

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Conocí a Mario Vargas Llosa de viejo, en un relato de Senel Paz de donde después saldría el filme Fresa y Chocolate.

Incluso dramatúrgicamente dentro del guión, siempre me pareció una gazmoñería todo aquel affaire de la censura cubana. Denotaba más ignorancia que intolerancia. No de Senel Paz, por supuesto, sino de nuestro establishment cultural estatalizado. Un sistema que a la vuelta de un nuevo siglo y milenio todavía expía sus pecados políticos de los años setenta.

Y no me refiero sólo a la narrativa de Vargas Llosa, que sería perfectamente potable para las editoriales locales (una narrativa que va de lo deslumbrante a lo conservador sin hacerse nunca panfletaria), sino a su prosa de pensamiento, a esa ensayística exquisita que, por más que mortifique a los marxistas mentecatos del proletariado insular, nunca podrá ser tildada de “reaccionaria” y mucho menos de “derechas” (sin olvidar que lo reaccionario y la derecha, amén de los descalabros compartidos con la “izquierda” y sus “revolucionarios”, también han jugado roles muy dignos en la historia contemporánea). 

Lo importante es que Mario Vargas Llosa sobrevivió a los poderosos prejuicios contra su “candidatura eterna” en la Academia de Estocolmo, hasta hacerse ahora con el Premio Nobel de Literatura 2010. ¡Aleluya, Arequipa! Los que van a releer te saludan…

Más allá de su episodio presidencial peruano (que sólo sería parte del culebrón latino o acaso ladinoamericano), al margen del puñetazo en celo propinado al rostro de Gabriel García Márquez en febrero de 1976, descontando sus ilusiones insulares de uno u otro signo con la Revolución Cubana (los intelectuales inteligentes son conversos por definición), Vargas Llosa ha sido un galante gladiador. Un polemista empedernido contra viento y marea. Un hereje humanista contra el fuego de la inquisición ideológica. Un iluminado en los tiempos del apagón. Un escritor comprometido excepto con la noción idiota del “escritor comprometido”.  Un compañero incorruptible, a pesar de otros compañeros cómplices. Un liberal a la vieja usanza, a pesar de los neoliberalismos. Un hombre de retórica rebelde que un día dijo No.

Y esto no es una nota de elogio encargada por el consejo editorial. Esto no es una nota de elogio.

El páramo conceptual que deshabitamos hoy los escritores cubanos nos deja paradójicamente en una loca y locuaz libertad. En medio del desierto, bebemos de cualquier fuente fiel o contaminada: el relativismo nos hace hedonistas y ahistóricos, un pasto perfecto para la pluralidad. En medio de la alambrada de impertinentes permisos hasta para callar, descubrimos de pronto que estábamos solos, abandonados por nuestra propia mezquindad como gremio que se supone no debe morder la mano ministerial que lo alimentó (complejo de Edipo Rev). En medio del miedo paralizante que ya cansa hasta como género policiaco, pudimos aquí y ahora hablar por escrito, cada uno con su verídica o inverosímil voz (yo apuesto por la recombinación de registros).

Pudimos y supimos cuándo y cómo patalear con palabras, pero simplemente no quisimos protagonizar. Por eso el Premio Nobel de Literatura a un compatriota se cortó para siempre en 1980 con aquella llamada telefónica desde Suecia, que se topó a un Alejo Carpentier ya cadáver (novelísticamente, había fallecido dos décadas diplomáticas atrás).

Por eso, a pesar de la opinión de un sorprendido Mario Vargas Llosa, en lo personal espero que no le hayan dado este máximo lauro sólo por su obra literaria, sino también por sus opiniones políticas puestas en blanco y negro con una lucidez sobrecogedora, con razón ética y estética, sin concesiones a ninguna utopía tupida ni a la tiranía atroz del mercado, narrando en el mar en aras de una visión de fin del mundo que, sin embargo, no se rindió a derrotismos y mucho menos a despotismos. América Latina le debe a Vargas Llosa mucho como ficción de una cordillera de Estados nunca del todo modernos: a ratos del caudillismo al cretinismo, a ratos de la barbarie a la bobería (Cuba como canon de todas las cosas). Y este peruano, ciudadano no de España sino del planeta, ha sido críticamente condescendiente con una realidad rala que respira con más vitalidad dentro de su obra que fuera de ella.

Por lo demás, el Premio Nobel, como toda actividad civilizada, es y debe ser, también, política (que no politizable). La literatura es demasiado importante para dejarla en manos de los literatos.

Por último, pido perdón en nombre propio por las perversiones paleolíticas que ha publicado sobre Mario Vargas Llosa la prensa presa de mi país. Si no propongo recoger firmas en contra de tales periódicos, es sólo para no exponer la insolidaridad imperante entre la intelectualidad, y también porque a la prensa profesional cada vez le tocan menos tajadas en este pastel de país.

Pero que el resto del mundo sí copie alto y claro (para usar el léxico marcial de nuestros funcionarios o, mejor, el de Pantaleón) que este es un Nobel tan nuestro como el boom cubano de Gabriel García Marquez o José Saramago.

Mario Vargas Llosa resistió y a la postre su madera ha resultado mucho más significante y dura de talar que la del caguairán.

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