Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:24 CET.
Nobel de Literatura

Vargas Llosa y Cuba, memoria y visibilidad

Muchos años después, ante un joven entrevistador cubano, Mario Vargas Llosa tuvo a bien preguntar por La Habana. Fue él entonces el interrogador. El novelista quería saber, recordó un sitio, unos cuerpos por La Rampa, indagó por una ciudad ya inexistente, habitable y habitada sólo en su memoria, una plaza de hallazgos aciagos, el escenario de una batalla que no ha terminado.

La evocación habanera del ahora —al fin— Premio Nobel destrenza una serie de encontronazos que presumo se avivarán tras la noticia del galardón. Ya circulan algunos comentarios echados a rodar desde esos estrechos círculos tropicales de poder: la cosa huele a algo que va más allá de la literatura.

Para La Habana siempre habrá un algo más allá de la literatura, incluso cuando ni siquiera haya literatura en serio. Pero Vargas Llosa debería estar muy tranquilo. Ha sido el hombre de letras, ha encarnado un oficio, ha sobrevivido a su propio agotamiento y ha terminado imponiéndose en una carrera de resistencia que, no lo olvidemos, tuvo en su primer tramo su momento más memorable, justo antes de que la Revolución lo criminalizara.

Ante todo tendríamos que preguntarnos cómo ha sido leído Vargas Llosa desde Cuba. Sus novelas llegaron siempre a destiempo, aunque para ese entonces ya habíamos aprendido también a leer en negativo, en el envés de ciertas páginas, a esquivar con un titular del diario Granma el ojo del que acusa.

¿Cómo leer al escritor que trata forzosamente de recuperar ese mismo pasado que va a ser acuchillado cada día por el poder?

La relación difícil de los escritores del boom con la Revolución cubana se funda en el equívoco ancestral iberoamericano de la posibilidad prometida de redención por el poder. Y sin embargo el entramado de esa relación describe la misma curva enfática de todas las hipocresías de manual.

A posteriori podemos inquirir y con crudeza qué hacía Vargas Llosa entusiasmándose con un proceso que apenas en octubre de 1959 ya había adquirido ribetes de farsa. La Revolución cubana fue y sigue siendo lo que Vargas Llosa ha denunciado que fue la Unión Soviética en su momento a ras global: el mayor —y por lógica el peor— reto para las democracias latinoamericanas. Esos mismos revolucionarios no le iban a perdonar después su demasiada visibilidad, su activismo político de signo contrario que alcanzó a rozar la presidencia de Perú, mucho menos su éxito económico si ello significaba que no iba a dejar un peso a las arcas del desmantelado Departamento América.

Esa misma visibilidad política tan incómoda para el castrismo hizo que la Academia demorara un veredicto de tanta justicia. Arthur Lundkvist había jurado que Jorge Luis Borges no se llevaría el Premio mientras estuviera él para impedirlo. Para escarnio de los suecos, Borges murió primero que el tal Lundkvist.

Vargas Llosa sobrevivió a ambos y ha dejado un par de novelas que podemos tranquilamente considerar obras maestras. Otras cuatro o cinco son bastante memorables y bastarían para dejar una huella en las letras hispanas, para asegurarse la posteridad. Y ya sabemos que a veces ni siquiera es necesario un libro para ser calificado como un clásico. Pero la Academia sueca había venido devaluando su premio al cual se podía aspirar sin tener siquiera sesenta años. Lo cual sería una muy buena noticia si Julio Cortázar y Roberto Bolaño no hubieran muerto tan jóvenes.

Los cubanos que amamos la libertad no tenemos motivos para sentir indiferencia por el otorgamiento de este Premio a Mario Vargas Llosa. Porque pocos intelectuales, escritores o artistas, han mostrado una persistencia mayor en denunciar la naturaleza represiva del régimen de La Habana. Y porque imaginamos cuánto puede doler una noticia así en las cavernas del torturador, allí donde surgen/suceden las oscuras tramas de la vida real, esas historias de resistencia del individuo ante el poder que Vargas Llosa ha puesto en varias de sus novelas.

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