Lunes, 18 de Diciembre de 2017
17:56 CET.
Cine

Dos paquetes: reestreno de hollywoodenses

El castrismo es un fenómeno mediático que nos fascina, no tanto por su calidad como por su mediocridad. La trama, la producción, la realización y el montaje son de la peor factura. Las actuaciones son de tercer orden. Los diálogos resultan siempre falsos. El tono es grandilocuente: se habla de guerras nucleares, de intentos de asesinato, de conspiraciones internacionales. 

A veces nos preguntamos qué hacemos mirando esta porquería: su morboso atractivo raya en lo inconfesable. La visualidad revolucionaria quedó varada en las fantasías de 1950. La ambientación es cursi, cutre. En las oficinas empaneladas todavía cuelgan cuadros de Tomás Sánchez y Servando Cabrera.

El sobrevalorado "cine cubano" es un trozo del montaje castrista, y no se sostiene solo. La cinematografía nacional, como admitió Titón en Memorias del subdesarrollo, es apenas un comentario al pie del largometraje político. El lenguaje del cine resulta redundante debido a que el castrismo está construido sobre el mismo tipo de falsedades históricas.

La escalinata universitaria donde Fidel filmó su más reciente monólogo es un foro romano para el gran actor. Un Cristo bañado, re-su-ci-ta-do y recién salido de la morgue regresa al Alma Mater para recapitular su melancólica carrera. No lejos de esas cómplices gradas el joven gángster mató a balazos a Manolo Castro, su doble: Fidel es el pistolero de un noir universitario que queda pendiente para el futuro cine cubano.

Nuestro multifacético galán fue Sergio Corrieri en la jaula de oro de La Habana existencialista (que él mismo puso en pausa en el 59); Reinaldo Miravalles en Alicia en el pueblo de las maravillas; Rico Parra en Topaz, de Alfred Hitchcock; y Fielding Mellish, en Bananas, de Woody Allen. Ahora es Joaquin Phoenix, trastornado y barbudo, en el docudrama Aquí estoy todavía.

Fidel es magnate y Productor Máximo. La Habana es su Cinecittà, el estudio donde dirigió la gran película de acción latinoamericana. Bien mirada, la Revolución no es más que el arriendo de Cuba a la Metro-Goldwyn-Mayer. En vez de la instantánea del marine montado en los hombros de José Martí en el Parque Central, la eternidad de un gorila montando al Apóstol en la plaza pública.

El ojo del canario: desastre cronológico

Hablando de apóstoles… Los episodios canónicos de la vida del joven Martí, narrados por Fernando Pérez en El ojo del canario, evocan una época de preciosos carruajes, calles adoquinadas, bodegas repletas, colegios privados y un orden social que nada tiene que envidiarle a la actual dictadura. Eran tiempos mejores, con los españoles de siempre empecinados en no variar ni un ápice su posición común.

¡Ah, pero los desnudos! Los desnudos cubanos rebajan de categoría las películas serias. Allá van las negras con las tetas al aire. Los jóvenes esclavos chapalean encuero por los lujuriosos manglares. Martí los observa, tiembla de pasión por los streakers, y a lo mejor piensa que es nudismo gratuito, que la frecuente encueradera es la marca de látigo del jineterismo.

En la misma cuerda, nuestro aprendiz de Apóstol se masturba dos veces en los primeros veinte minutos de película: una, en compañía del petit Fermín Valdés Domínguez, y otra debajo de las sábanas, durante un conocidísimo episodio bucólico-exploratorio. El Pepito (Damián Antonio Rodríguez) onanista, enteco, taciturno y desangelado, no permite vislumbrar al joven poeta que con dieciséis años escribirá Abdala.

En cuanto a los progenitores, hay que admitir que Leonor Pérez, en la hábil caracterización de Broselianda Hernández, es el único acierto dramático de esta película; y que Don Mariano (Rolando Brito) honra el ingrato papel del tirano sentimental. Una discreta dosis de ternura eleva al odioso paterfamilias desde el abismo infrahumano al que lo relegó la Historia —de alguna parte debió caerle el mote— para hacerlo gravitar en una especie de limbo ético. (Pensemos en la afinidad de Bocanegra con un soldado gallego llamado Ángel Castro). 

Como era de esperarse, también aquí asoma el intríngulis que amaga con convertirse en auténtica crisis de identidad nacional. Se trata del problema lingüístico. Mientras que los esclavos tratan por todos los medios de imitar el acento común del bozal, el resto del elenco, desde el padre valenciano hasta el mismísimo Capitán General, se expresa en habanero vulgar, con horroroso fraseo y todos los vicios de la articulación. No aludo a los inadmisibles coloquialismos post-martianos (idioma anacrónico en la época en que las lenguas foráneas aún no habían desnaturalizado el español castizo) sino al chancleteo fonético que Vicente Echerri denunciara en su alegato El acento de la revolución.

El arte del dialecto (que es como se denomina en Hollywood la imitación de acentos) continúa siendo un misterio en el taller de Fernando Pérez, por lo que los distintos registros del "cubano" se confunden, en El ojo del canario, en un mismo idioma jabao, carente de fidelidad fonética. La confusión de órdenes y el mestizaje dialectal se traspasan a la dramaturgia, que por momentos nos hace pensar en un Marat-Sade de barracón.

De hecho, el alienado del presente no sabría cómo conducirse en una sociedad arcaica, pero comparativamente libre. Si lo que la Cultura pretende con esta película es mirarse a sí misma, se asoma al espejo equivocado, porque el Diecinueve está tan vacío como las vidrieras de El Encanto: saqueado a perpetuidad por demagogos, panfleteros, novelistas y charlatanes, incluso la actualidad resulta mucho más "decimonónica" que cualquier reconstrucción.

Tanta confusión distópica impide a El ojo del canario alcanzar la celebrada integridad fernandopereziana, y llegado el momento de dramatizar los terribles sucesos del Teatro Villanueva, vuelan porrazos, corre la sangre, suenan descargas, Leonor agarra al niño, de pronto se oye chillar a la gallegada "¡Estas calles son de los españoles!", y entonces el simulacro historicista se deshace de golpe, como el camaroncito encantado de la fábula.

Habana Eva: un oficio del siglo XXI

La bonita venezolana Prakriti Maduro es la (j)eva de Habana Eva, una costurera de los talleres de modas del MINCIN. Eva pasa ocho horas diarias cosiendo espantosos trajes de novia. Eva aspira a reformar algún día la industria castrista de las confecciones nupciales. Hay una administradora malvada que se interpone entre Eva y su sueño, pero eso, como veremos, no tiene importancia.

La directora Fina Torres, en plan de sastrecilla valiente, pretende cubrir con hoja de parra la desfachatez de un rey que, en su chochera, tiró la casaca: "El modelito no funciona, ¡ni para nosotros!". La reciente noticia del medio millón de despidos en el sector estatal pone una nota macabra en este premiado culebrón bolivariano.

Ángel (Carlos Enrique Almirante), es el jevo de Eva. Ángel lleva cinco años construyendo el mismo palomar en una azotea. Los enamorados consuman su juvenil pasión encima de una loma de arena para hacer mezcla (cubierta con toalla playera para creerse en Guanabo). 

Entonces, por esas casualidades de la vida, Eva conoce a Jorge (Juan Carlos García) "dotado con un cuerpo escultural y un rostro atractivo y viril", según reza en su currículo. Jorge hace el papel del turista que fotografía palacetes desconchinflados. ¡Ah, pero, un momento: Jorge no es turista, es cubano! Cubano de afuera. Se lo llevaron sus padres a Venezuela, hace mucho tiempo.

Ahora Jorge es medio venezolano y medio gusano. Maneja un Audi A4 y tiene cuatro dólares en el bolsillo. Lleva a Eva a una mansión dilapidada (¡otra más!) con obligatoria profusión de lámparas Tiffany y servicios Hutschenreuther para falsas ceremonias del té. Tiemplan en una cama de respaldar barroco a la que le flaquean las patas. El comején hace lo suyo, y el traqueteo despierta a dos ancianas museables ¡patinadas de verde!

Gracias a dios que la mulata Teresa (la irresistible Yuliet Cruz) viene a salvar la situación. Teresa, la de cintura de fuego, la mejor amiguita de Eva, la que se enredó con un italiano (el italiano se marchó y la dejó plantada: Habana Eva es tan predecible como una eyaculación). ¡Oh santa Teresa, divina ramera con diploma universitario: putas como tú dan a Cuba su merecida fama! Si Eva coge de lo lindo con Jorge el venecubano, Teresa iniciará a Ángel en los misterios del cunnilingus: ¡bienvenidos a La Víbora, nueva capital del cine triple X!

Mientras el palo va y viene, Jorge desaparece y, en su ausencia, Eva confraterniza con las tías metafísicas. (La revolución las puso a comer verdolaga. Acaparan absurdas vajillas. Guardan esqueletos en el armario, y una muy socorrida máquina de coser). Estas viejas verdes —que comenzaron su carrera como siquitrilladas y terminan convertidas en ecologistas— nos permiten vislumbrar el futuro de la Revolución Cubana, y es posible que pronto volvamos a verlas en un guión que les haga justicia.

De vuelta a Caracas, Jorge reaparece en compañía de unos canallescos agentes de bienes raíces, frotándose las esculturales manos ante la oportunidad de birlar a las viejas y levantar un hotel en los terrenos del palacete. A estas alturas el sagaz espectador habrá intuido que Habana Eva se ocupa de las reclamaciones de propiedades, y que Fina Tergiversadora Torres se presta al chanchullo.

El problema tiene una larga cola. En fecha tan temprana como marzo de 1959, Ernesto Guevara escribía a la redacción de Carteles, cuestionando un artículo que denunciaba su ocupación de una villa de Tarará: "El hecho de ser una casa de antiguo batistiano hace que sea lujosa; elegí la más sencilla, pero de todas maneras es un insulto a la sensibilidad popular…" Mientras tanto, en Palacio, Carlos Franquistein ponía los toques finales a su monstruoso Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados.

El mismo Fidel que clausuró la sinagoga de La Habana Vieja —para reabrirla después como cervecera—, confesaba a Jeff Goldberg de The Atlantic que, para él, un "judío" había sido siempre un pájaro negro. Sin embargo, a golpe de expulsiones, pogromos y expropiaciones, el Partido creó una de las mayores juderías de la Historia, y la única sin derecho a indemnización.

Si la prostitución es el negocio más antiguo del mundo, y la crítica el oficio más moderno —"un oficio del siglo XX", según G. Caín—, entonces la prostitución del séptimo arte ha de ser un fenómeno típico del XXI. Nunca sabremos si Teodoro Adorno escribió realmente las canciones de los Beatles, pero no cabe duda que los autores del neocastrismo reimaginado son Benicio del Toro, Sean Penn, Danny Glover, y ahora, Finita.

Queda por dilucidar la desaparición de Teresa, a quien el argumento hace morir atropellada en el Malecón mientras va al reencuentro de su famoso italiano. Sabido es que los chances de tal eventualidad, dadas las características del tráfico habanero, son casi nulas. Mucho más plausible es que Teresa se pire, y que el falso accidente venga a ocultar la cruda realidad: la mulata, sencillamente, hace mutis por Rancho Boyeros.

Aún más fantástica es la solución teatral del ménage à trois: Eva se queda con Ángel y también con Jorge. Funda una Casa del Té con Palacio de las Novias incluido. Las viejecillas verdes se vuelcan de lleno en las tareas de la falsificación histórica. Teresa (EPD) es hada madrina y federada in absentia. La jefa del taller termina de guataca. Los demonios del Exilio son exorcizados. De más está decir que en esta Habana Eva sin sindicatos, sin disidencia, sin democracia y sin vergüenza, todo el mundo vive Happily Ever After

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