Sábado, 16 de Diciembre de 2017
16:44 CET.
Música

Vivir a ritmo de guaracha

Este diez de noviembre, en el hotel Four Seasons de Las Vegas, volverá a reinar como en los tiempos del habanero Teatro Alhambra, la guaracha, el más antiguo y picarezco de los ritmos cubanos. El codiciado Premio a la Excelencia Musical que otorga la Academia Latina de Grabación, homenajea a las consentidas de Ernesto Lecuona, a las guaracherísimas Hermanas Márquez.

Si sorprendió verlas regresar al escenario del Cuban Jam del Lincoln Center y al multitudinario Festival de Tenerife, tras casi medio siglo de ausencia, hoy el Grammy Latino las aplaude, no sólo por su gracia contagiosa, sino por darnos la más hermosa lección de vida: ser jóvenes a sus 88 y 87 años. ¿Cuál es la fuente de su juventud?, preguntamos a Trini y Nersa, en su piso ocho newyorkino, donde no paran de cantar rodeadas de recuerdos. A dos voces, sabor y ritmo para regalar, las hermanas responden: ¡Vivir a ritmo de guaracha!

Cuando en 1951, Las Márquez, entonces un trío de esculturales mulatas, debutaron en el exclusivo Chateau Madrid de La Gran Manzana, y caminaron por Times Square, del brazo de los pianistas Felo Bergaza y Juan Bruno Tarraza, Elena su madre, que no les perdía ni pie ni pisada, exclamó "de aquí no me voy más".Y así fue, las jóvenes estrellas de CMQ radio y de las revistas del Teatro América, firmarían contrato con el judío Bert Jonas, por ocho años consecutivos. Muy pocos cubanos emigraban. Pero los músicos cubanos sí. Las señoritas blancas al piano aún veían con recelo a los negros tambores.

New York bailaba música cubana

—Nos hospedamos en el Hotel Alvin, calle 52 y Broadway,  donde paraban todos los artistas hispanos —recuerda Trini Márquez—. Nos colgamos aretes insólitos, les abrimos las costuras a los vestidos para mostrar las piernas, y Olga cargó la tumbadora mientras cantábamos y bailábamos como un ciclón La mazucamba es la rumba que se baila con cencerros y timbales, señores… ¿Quién se resistía? —Trini aún guarda los provocadores vestidos que semejaban piel de leopardo—. Compartimos cartelera en el Palladium con las tres grandes orquestas del momento: Machito y sus AfroCubans, y los puertorriqueños Tito Puente y Tito Rodríguez. Cantamos durante semanas en el Roseland, el Savoy, La Conga; alternamos con el ciego Arsenio Rodríguez. Entonces no se hablaba de Latin Jazz, se llamaba música cubana. Y los que más bailaban y tocaban nuestra música, eran los puertorriqueños y los judíos. Los ritmos cubanos lograron el primer crossover. Dixie Guillespie incorporó la rumba con Chano Pozo. En el Roseland, los judíos celebraban semanalmente un concurso de chachachá —y adonde quiera aparecían Las Hermanas Márquez con sus pícaras guarachas.

El implacable ataque del amor 

—Nos presentamos con Mr. Babalú, Miguelito Valdés, en el teatro Palace de la calle 47, y en el famoso Teatro Apollo de la calle 125 —continúa Trini—. En el estelar programa de TV de Arthur Godfrey, nos vestimos de flecos y movimos las caderas para elevar la temperatura. Nos valió un jugoso contrato para el Canadá. No salíamos de Ottawa, Montreal, Toronto. Viajábamos todos los Estados Unidos. Pero a Miami volvimos con reservas. Recuerdo 1948, cuando Nersa, la más blanca del trío, se bajó a rentar la habitación, para que pudiésemos entrar mamá, Cusa y yo. El racismo era humillante en el sur. Del Lucerne de Miami Beach, volamos al Hotel Dunne de Las Vegas y a Atlantic City. Estábamos en la cima cuando el amor atacó por segunda vez al trío. Fue Olga, la pollita, la que se enamoró. Su última actuación, con seis meses de embarazo, fue en el Roseland (1958). Cusa no quiso entrenar a más nadie. Se retiró a trabajar en una oficina. Me quedé sola. Desorientada. Me dediqué a cuidar a mis padres, a componer música y a recordar…

El columpio de Puerto Padre

—La casa de nuestra niñez era de madera y techo de zinc, olía a mar —nos cuenta Trini Márquez, achicando sus ojos que ya cumplieron 88 años—. En el patio, había un columpio enorme bajo una mata de guásima. Allí se sentaban mis ocho hermanas y tres hermanos, a mecerse y vernos cantar, desde que teníamos tres años. Mi padre era sastre. Pero tocaba la guitarra y el trombón, y mamá cosía pantalones, y componía boleros y guarachas. Una noche, nos presentamos el trío de las mayores (14, 15 y 16) y el de las chiquitas (6, 7 y 8) en una velada en el teatro Aldana. A las mayores se les fue un gallo [desentonaron], y mi papá les dijo: "Mi'jitas, yo creo que ustedes no sirven". A las chiquitas, con nuestras batas bordadas con casitas, paticos y pollitos, nos llevaron a comer helado. Dos años después, nos presentamos en el Teatro Oriente de Santiago de Cuba. Nos anunciaron como Las Hermanitas Márquez. Y no paramos hasta La Habana.

Un merengue para Trujillo

—Competidora Gaditana nos contrató para anunciar sus cigarros por los 36 barrios de La Habana. Y nos llevaron a la CMQ, donde caímos de pie. Teníamos los mejores patrocinadores: Crusellas y Bacardí. Pero mamá seguía vistiéndonos igualitas. De mayor a menor: Cusa, Trini, y Nersa. Decían que éramos trillizas —afirma Nersa con una simpatía que desborda—. Así nos presentamos en los mejores teatros, en las revistas del América y del Martí, con Garrido y Piñeiro. Y luego, a viajar el Caribe. En Puerto Rico tuvimos todo un año nuestro programa de radio, y grabamos para la RCA Victor. De ahí navegamos a República Dominicana, y a Haití, donde nos aprendimos un merengue en patuá. Y Cusa, despistada, se lo dedicó al que creía el presidente de Haití: "este merengue es para el Generalísimo Trujillo". ¡La que se armó! La gente de Duvalier, gritando ¡NO! ¡NO! Y a correr para La Habana, a cantar en cinco conciertos del maestro Lecuona, junto a Rita Montaner, y a grabar en los estudios de Radio Progreso.

Cantinflas le canta a la luna

—Del 44 al 45 fuimos a México. La prensa anunció: "Vienen Las Hermanas Márquez, vamos a ver si son tan buenas como dicen". Pues cuando se descorrió la cortina, y vieron pintado el Morro de La Habana, enloquecieron. Trabajamos con Tin Tan, con Toña la Negra, con Pedro Vargas —Trini agarra de nuevo la batuta—. Una noche, Cantinflas nos llevó en su avión a Sinaloa para que le cantáramos a la luna. Nos gestionó la película, Pervertida, que nos valió un viaje a Venezuela. Y de ahí a La Habana, para sufrir el primer ataque del amor: Nersa se volvió loca con un flaco feísimo y abandonó el trío.

—Lo conocí en la Rinquincalla—confiesa Nersa— una vidriera de cigarros, café y caramelos, que Trini tenía en nuestra casa, en Franco entre Benjumeda y Desagüe. Como tantos cubanos, era machista y no quería una mujer artista. Me encerró con tres llaves.

—Por suerte Olga, la hermana más chiquita, tenía la misma chispa que Nersa —cuenta Trini—. Cusa la entrenó. La anunciamos así: "Y ahora, las Hermanas Márquez con el pollito". ¡Arrebató!  Con Olga aterrizamos en New York.

¿Por qué la quincalla? ¿No ganaban lo suficiente?

—En La Habana de los cuarenta —aclara Trini— del arte solo no se podía vivir. Además, no era fácil ser mujer y artista. Era mal visto. Y si además eras mulata, te estampaban la etiqueta de fácil. En las orquestas, si había algún negrito trataban de esconderlo detrás de la cortina. Y en las sociedades y en los hoteles finos, a los negros nos entraban por el fondo. Por eso, nos quedamos en New York.

¿Y en todos estos años, nunca regresaste a Cuba?

—En 1957, nos contrataron para el cabaré de moda: La Campana. Kid Gavilán, el campeón de boxeo enamorado de Olga, fue a vernos. Pero no lo dejaban entrar porque era negro. Olga protestó que no cantaba. Y lo sentaron por allá atrás. ¡Así no se podía vivir! Después de la revolución regresé una sola vez, en 1960, para buscar a Nersa, divorciada con dos muchachos. Las calles de La Habana hervían de milicianos. Me retuvieron el pasaporte por muchos días. Me hicieron pagar todo el tiempo que vivíamos en Estados Unidos. Cuando regresé a New Cork y me asomé a esa ventana y vi el río Hudson, respiré tranquila.

¿Y qué pasó con la música?

—En 1966 formamos un grupo de mujeres: Linda Leyda, Lourdes López, la pianista Margarita Vargas y Olga, que se estaba divorciando. Nersa (que ya había venido para Estados Unidos) no participó porque tenía que cuidar dos hijos chiquitos. Cusa se sumaba los fines de semana. Inauguramos el club Los Violines, en 125 y Broadway. Los artistas pasaban por allí a descargar: Olga Guillot, Orlando Vallejo, La Lupe. ¡Cómo gozaba Cachao al verme tocar el bajo! El grupo se rompió porque el amor atacó de nuevo. Olga se volvió a casar. Cusa se fue a trabajar a una oficina. Y yo me dediqué a cuidar a mis padres y a componer canciones.

¿Cuándo comienza el dúo con Nersa?

—Pasamos años mirándonos las caras. Nuestros padres habían muerto. Olga casada. Cusa no quería cantar. Los dos hijos de Nersa estaban en el army… Corría 1990 cuando Nersa y yo decidimos formar el dúo. Como ya no podíamos bailar como un ciclón, ensayamos guarachas humorísticas y trabalenguas. Nersa es la cómica y yo la seria. Nersa toca las maracas y yo la guitarra. Ella hace la voz prima y yo la segunda. Nos presentamos con Mario Bauzá en los teatros Town Hall, Cami Hall y Simphony Space de New York. Y últimamente, lo mismo cantamos en el Park Theater, El Schuetzen Park, en la casa del gobernador en New Jersey, que en el Manhattan Center, o el Dade County Auditorium de Miami ¿Y sabes cómo nos llaman? ¡Qué gracioso! Volvimos a ser ¡las hermanitas Márquez! 

¿Cuándo las graba Paquito D'Rivera?

—Conocimos a Maura, su mamá, en el velorio de Mario Bauzá. Desde entonces, no hay fiesta en casa de Paquito si no llegan Las Márquez —cuentan a dúo Trini y Nersa—. Una noche, se apareció Celia Cruz, y le dijo al disquero español que tenía al lado: "Ruperez, graba a estas chicas que están en lo mejor de su carrera". Paquito descorchó el champagne. Y ahí nació el disco Paquito D'Rivera presenta a Las Hermanas Márquez Trini suena en el tocadiscos la contagiosa guaracha A toda Cuba le gusta, y observamos las paredes del piso de Harlem donde viven desde hace medio siglo. Están cubiertas de fotos del trío. En unas aparece Nersa (1940-1951), en otras Olga (1951-1958). Hay fotos con Celia Cruz jovencita, con Libertad Lamarque, con Sugar Ray Robinson, con Josephine Baker, con Cantinflas, con Pérez Prado, y en marco de oro: Don Alberto Márquez y Doña Elena Reyes, los creadores de este canto a la vida que son Las Hermanas Márquez.

—¡Hemos vivido tanto! —suspira Trini.

—¡Y lo que nos falta! —apunta Nersa—. ¡Suelta el bastón y entrena la rodilla —agrega con una carcajada—, que el diez de noviembre nos entregan en Las Vegas "The Musical Excellence Award"!

—¡Eh, ya aprendiste a hablar inglés! —se burla Trini, pero Nersa ni caso le hace.

Una pregunta indiscreta: ¿en vez de 'La mazucamba no deberían cantar Las masocambas'?

—¡Eso es cosa de Paquito! No para de bromear con nosotras.

¿Y no se ponen bravas?

—¡Qué dices! ¡Ponerse bravo envejece! ¡Hay que vivir la vida a ritmo de guaracha!

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