Lunes, 11 de Diciembre de 2017
14:23 CET.
Música

Silvito el lóbrego

Para Tania Carmenate, a pesar de ambos.

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Durante mi adolescencia heavy-metalera, Silvio Rodríguez era la encarnación absoluta del Mal. Sin medias tintas ni melancolías de una Revolución paternalista-infantil.

No nos importaba su biografía en tránsito de irreverente a reprimido a trovador nuevo a cantor oficial, pósteres ridículos incluidos como promoción de sus discos anuales. Ni siquiera nos molestaba su fama de pedante sobre los escenarios, conminando a no corear al público proletario de la patria, mientras luego en Chile y en el resto del mundo los dejaba democráticamente desafinar. Silvio Rodríguez nunca sería la libertad.

Silvio era lo que no éramos como generación freaky. Silvio era el pasado de nuestros progenitores y, aún peor, el demasiado sentido histórico que tanto futuro mató. Silvio era la Cuba adulta y para colmo culta. Silvio era la cárcel de tatuajes baratos y amoríos en tiempo de trabajo voluntario. Silvio era décima y afrocubanía y propiedad social. Silvio era lo más necio de nuestra nación, sin necesidad de hacerse parlamentario ni dueño de una disquera ni ciudadano extranjero como colofón. Silvio era en carne y hueso el statu quo que desde un aula de un Pre urbano de los ochenta nosotros queríamos dinamitar.

Después crecimos. La crisis general del socialismo todo lo desacralizó. Nos quedamos solos con nuestras cadenas y calaveras y pelos sin champú, pero estudiando gratis en la universidad. Dejamos de ir a conciertos de rock and roll. La Habana se tornó una ciudad violenta, viciada, vaciada. Con hoteles y laticas de líquidos con gas. Con dólares y ruinas. Con señales piratas de televisión. Con Fidel, que ya por entonces intuíamos eterno. Y los pocos amigos que íbamos quedando entre el exilio y la muerte permanecimos paralizados en casa. Graduándonos para "ser algo" y aplicar enseguida por una beca profesional donde olvidarnos por fin de nosotros.

Entonces Silvio Rodríguez resucitó para mí de la mano muda de una muchacha (esto pudo ser un verso de alguna de sus mil y una canciones). Oí a un Silvio analógico, anacrónico, ancestral. Un Silvio de temas en vivo que Silvio no se había atrevido a grabar en los estudios estatales, su voz conservada de gaveta en gaveta en casetes distorsionados que habían sobrevivido al CAME y a la CCCP. Un Silvio del alma, desconocido. Un Silvio politiquísimo, sí, pero desde una perspectiva privada que supongo hasta el propio Silvio ignoró. Un Silvio fósil y fabuloso que igual sobraba para nuestra generación: no supimos querernos mutuamente en vida y ahora ya sólo restaba vernos envejecer desde el poder o la oposición.

Ahora Silvio Rodríguez es un blogger colega que se debate entre los compañeros censores del Partido Comunista de Cuba y la sonrisa señorial de Carlos Alberto Montaner (esa otra encarnación del Mal absoluto a los efectos del gobierno cubano). Silvio Rodríguez sabe que hay cosas que cayeron para siempre no sólo en la arquitectura, sino en el imaginario de la poesía cubana. Silvio Rodríguez reconoce que a la Revolución se le cariaron casi todas las consonantes.

Ni para él ni para nadie en Cuba queda ya un público en puridad. La adolescencia es estadísticamente energúmena o de un candor criminal, cerebritos en blanco donde la pulsión económica a ciegas, la droga sin épica, y los orgasmos rentados son genes congénitos que no apuntan a nada. Deshabitamos como pueblo la paz póstuma de La Habana; caracoleamos con nuestra carne a cuestas sobre una Cuba cársica de valor apenas académico. Se quebró cierta continuidad espiritual del día a día entre los hombres y Dios.

Todo tiempo futuro tendrá entonces que ser peor. Y Silvio Rodríguez se bate en retirada contra tales consensos cómplices para evitarlo. En un sentido quijotesco, su palabra nunca fue más patética que hoy. Y esa misma trabazón lo convierte ante mis ojos más en un hito hundido que en un lamebotas lamentable. Su lobreguez de labriego millonario no lo condena en mi corazón. De hecho, comprendo tan de cerca su discurso como al liberalismo sin letra de su descendiente Silvito.

Da lo mismo sumarse o no ahora a la invitación de Silvio Rodríguez para gritar con "dignidad" y "responsabilidades": ¡Abajo el bloqueo…! El bloqueo no existe, mi amor. El bloqueo es una cortina de humo, desenfoque de mariposas maniatadas por el mordazamor de un juramento. El bloqueo, como los dinosaurios, como las dictaduras, como las democracias, va a desaparecer. La cuestión es qué vamos a hacer en Cuba sin cadenas, cuando perdamos la orientación de sobre qué ciudadanos colocar el estigma estúpido de ser enemigos.

Ese sí será nuestro año cero.

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