Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Ballet

Un ‘puente entre los dos pueblos’: el American Ballet Theatre viajará a Cuba

El American Ballet Theatre (ABT) se presentará en Cuba, entre el 3 y el 6 de noviembre próximos, en el Festival Internacional de Ballet de La Habana, según anunció recientemente la directora ejecutiva de la compañía. Rachel S.

Moore declaró que “esta visita histórica a Cuba es significativa en varios niveles”, y “honra al pasado del ABT al reconocer las contribuciones de Alicia Alonso; mira al futuro por medio de establecer un diálogo internacional con nuestros homólogos artísticos en Cuba”. Moore añadió que el ABT se concentrará en el ballet, y no en la política: “Estamos tratando de permanecer fuera del área política y que éste sea un diálogo entre artistas”.

El Departamento de Estado no contribuye con fondos ni está relacionado con este viaje del ABT a La Habana, cuyos costos serán cubiertos por el presupuesto de giras de la compañía. Además, el ABT tiene que obtener aún una licencia del Departamento del Tesoro, encargado de monitorear las sanciones comerciales de Estados Unidos. Pero, innegablemente, si esta presentación suya en La Habana es noticia, es por su cariz político.

Una lección identitaria

El ABT visitó Cuba por última vez en 1960 (curiosamente, el mismo año en que actuó en la Unión Soviética), y cumplió su primera presentación en La Habana en 1947, bajo los auspicios de la Sociedad Pro-Arte Musical.

Como si no fuera suficiente con el homenaje que el ABT rindiera a Alicia Alonso el pasado 3 de junio en Nueva York por su noventa aniversario, se disponen a hacerle “bis” al mismo. No sólo con el viaje a la Isla, sino con la inclusión en programa del ballet Theme and Variations, creado en 1947 por George Balanchine para Alonso e Igor Youskevitch. Más allá de su bulimia egolátrica, ¿se merece Alicia Alonso tanta pleitesía por parte del ABT?

Ciertamente, en tanto “American ballerina of Cuban origin”, ella fue la primera bailarina clásica que produjo el ballet “nacional” de Estados Unidos. Contribuyó, no sin espectacularidad —dados los parámetros técnicos de la época, que ella hizo subir considerablemente—, pero también con “estilo”, a situar a EE UU en el mapa del “ballet clásico”, hasta entonces coto cerrado de los europeos.

Cuando la revista Mademoiselle la eligió en 1946 como una de las diez mujeres más destacadas de Estados Unidos, la elección fue justificada de esta manera: “Es la primera bailarina clásica americana, nacida en Cuba, con un conocimiento del estilo del cual carece la artista de ballet americana”. El crítico Walter Terry la definió, acaso, con mayor precisión: “Alicia fue reconocida como americana, lo que de hecho era, aunque no norteamericana”.

La necesidad insaciable de “homenajes” apreciable en Alicia Alonso apunta a que no la olviden como bailarina. Como la “heroica sobreviviente” que es, pues casi todos sus colegas del período en que “nosotros estábamos creando el futuro del ballet en los Estados Unidos, qué sueño era” (tal como declaró en entrevista a The New York Times el pasado junio), han fallecido ya.

En realidad, es el Ballet Nacional de Cuba quien tendría que honrar a la compañía estadounidense. Por haberle proporcionado la configuración de su carácter y ciertos derroteros estéticos, como una “versatilidad” consistente en basarse en la tradición, que aúpa, y también en tendencias coreográficas diversas, incluidas entre éstas la “búsqueda de lo nacional”. O los que remitirían a algunos fundamentos sobre los cuales Alicia Alonso firmó sus “versiones de los clásicos” del repertorio. Entre esas versiones, las de Giselle y La fille mal gardée (en la versión de Bronislava Nijinska de 1940), apuntan a las que la bailarina conoció en el Ballet Theatre. En sentido general, en las versiones de Alonso existe una "eficiencia", una preocupación por hacerlas más cortas respecto al “original”,que es una adecuación netamente “americana” ante el apurado público contemporáneo.

Política sin palabras

El Ballet Theatre fue fundado en 1940 y rebautizado como American Ballet Theatre en 1956, si bien había utilizado ya el nombre de “American” en 1950 y 1953, en giras europeas patrocinadas por el Departamento de Estado. En las declaraciones de intenciones de su fundación establecía el “preservar lo mejor de la tradición clásica de Europa y, al mismo tiempo, asentar la fundación de una nueva tradición, americana en concepto y en espíritu”.

Estos objetivos “nacionalistas” serían minimizados entre 1941 y 1946 por la impronta rusa y europeizante del célebre empresario Sol Hurok. Pero, al concluir el contrato de éste, se anunció el retorno a la política formulada en 1940 de ser “americanos”. Fue entonces, a raíz de una gira londinense en el verano de 1946, que resultaron promovidos bailarines americanos como Nora Kaye, André Eglevsky (nacido en Moscú) y Alicia Alonso.

No sólo fue bien aprovechada por los cubanos la lección identitaria del Ballet Theatre, sino que la ausencia de temporada de otoño en 1948, debido a un año de dificultades financieras, permitió que el Ballet Alicia Alonso (hoy Ballet Nacional de Cuba) presentara su función inaugural el 28 de octubre de ese año en La Habana. Había que continuar bailando… Y muchos miembros del Ballet Theatre engrosaron las filas de la naciente agrupación.

Ahora, gracias a la “détente” de Obama, esos “profundos lazos entre los dos pueblos” serán festejados gracias al ballet “nacional”, el del propio ABT y su reflejo en el Ballet Nacional de Cuba. El ballet, arte no verbal por excelencia, puede ser sumamente útil a la política.

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