Miércoles, 12 de Diciembre de 2018
Última actualización: 00:59 CET
Sociedad

Corrupción, la columna vertebral del servicio veterinario cubano

Una propietaria sujeta la pata de su mascota. (A. RODRÍGUEZ)

*Los nombres de los entrevistados han sido cambiados por su seguridad.

Mientras el movimiento por la Ley de Protección Animal gana simpatizantes en Cuba, los servicios veterinarios y quienes tienen animales domésticos sufren la carestía de medicamentos. Con frecuencia el "surtido" acaba saliendo de instituciones hospitalarias a través del desvío de recursos que golpea al sistema de Salud Pública cubano.

Limitados a las campañas de esterilización masiva que eventualmente realizan, los veterinarios privados de La Habana claman por un abastecimiento regular que no existe y no parece que vayan a tener.

¿Corrupción provida?

"Por 50CUC se le hace una placa a un perro en el Hospital de Emergencias", explica Walter. Es vecino del periférico municipio Marianao, pero lleva a su perro San Bernardo hasta la clínica veterinaria de la avenida Carlos III, en el centro de La Habana, huyendo de los altos precios de los particulares.

Walter asegura que el propio personal de la clínica, ante el desabastecimiento, recomienda a los clientes cruzar la calle y contactar en el Cuerpo de Guardia del Hospital Emergencias con determinados nombres. Habitualmente son camilleros y enfermeros quienes "resuelven", digamos, por el módico precio de tres CUC, una aguja para suero, una liga y una bolsa.

"Yo sé que comprarlo por la izquierda puede significar menos medicinas para un ser humano", dice Walter. Con rostro apenado deja caer los ojos sobre el San Bernardo, jadeante y echado a lo largo de una acera como si fuera una alfombra muy rellena.

Yaima, por su parte, recibió sin problemas todos los medicamentos para contrarrestar el principio de envenenamiento de Malú. Su padre, jefe de Cirugía en un hospital de La Habana, hizo un par de llamadas cuando Yaima refirió los continuos vómitos y desplomes de la perrita.

"Es una suerte tener a alguien dentro del sistema de Salud [Pública], sino Malú se hubiera muerto porque cada uno de los veterinarios con los que hablé identificaba los síntomas y me explicaba qué necesitaba para salvarla, pero al final siempre decían lo mismo: 'no tenemos'", cuenta la joven.

Gracias a su padre, el almacén para cirugías quedó sin dos rollos de esparadrapo, diez jeringuillas con sus agujas, ámpulas de tetraciclina inyectable, y cuatro bolsas de ringer, el tipo de suero más potente que llega a hospitales cubanos. "Es casi sangre", compara Yaima mientras asegura con su mano la pata de Malú y con otra eleva la bolsa.

Uno de los sitios que visitó antes de recurrir a su padre fue la clínica El Almiquí, próxima a la amplia Quinta Avenida de Miramar. El establecimiento, perteneciente a la megaempresa CIMEX, absorbida por el empresariado militar cubano, es uno de los más costosos de la ciudad.

Allí le explicaron que no contaban con algunos medicamentos y le propusieron visitar veterinarios privados asegurándole que ellos tendrían. "A mí me pareció ilógico: si en El Almiquí, que es caro y está abastecido por los militares, no tienen, entonces ¿qué quedará para los particulares? Pero hice lo que me sugirieron porque estaba desesperada", narra.

La peregrinación y las llamadas telefónicas confirmaron lo que intuía. Los practicantes privados le recomendaban llegarse a un practicante estatal, y los estatales a un privado. La escasez los desarmaba, y la vida del animal goteaba como un ringer, pero fuera del cuerpo.

Abastecimiento vs. lucro

"La empresa estatal Labiofam celebra una especie de feria comercial de sus productos en el verano. Ahí ha vendido, por cajas, líquido para desparasitar", cuenta Mía, veterinaria privada que opera en el municipio Playa, al oeste habanero. "Y a nosotros, que pagamos una licencia, no se nos abastece".

En una reciente reunión con especialistas que ofrecen sus servicios de manera privada, la Sociedad Veterinaria de Cuba (SVC) mencionó el proyecto de crear un banco de sangre para perros.

"Aún no tienen el lugar donde se va a edificar, ni el personal, ni la sangre, pero ya tienen claro el precio de la bolsa", señaló Alberto, uno de los doctores presentes en el encuentro: "600 pesos". Tal monto representa, al cambio actual, 24 dólares, en un país donde el salario medio mensual apenas llega a 30.

Mientras los directivos de la SVC alzan castillos en las nubes y sus bocas se enjugan con la posibilidad del lucro, la escasez para los afiliados que practican la profesión en consultorios privados redirige la demanda de medicamentos hacia los huesudos hombros del sistema de Salud Pública.

La facultad de importación es de las más anheladas por la mayoría de las entidades cubanas. Este impedimento comercial que establece el Estado, unido a los magros fondos de la SVC, y la circunstancia geográfica del país generan un nudo para traer recursos médicos e, incluso, donaciones.

Alberto aún recuerda, no muchos años atrás, cómo una organización extranjera obsequió a Aniplant, asociación para los amantes de los animales y las plantas, varias computadoras. Nunca llegaron a sus predios. El Gobierno decidió "reubicarlas en otros sectores más necesitados".

Si para entidades reconocidas en el registro de asociaciones es difícil, para los pequeños consultorios veterinarios no es mejor. Mía no se cansa de contar cómo una amiga residente en Estados Unidos sufrió una hora de detención en el Aeropuerto Internacional José Martí por traerle cuatro pomos de desparasitante.

"Solo quería ayudar, no los traía para vender", cuenta Mía, "y pasó un mal rato que nunca olvidará".

A los pocos meses un "loco amante de los perros" llegó a casa de Mía diciéndole que iba a comprarle un kit de Rayos X, que lo traía de México la semana siguiente. "Pero con la experiencia de mi amiga ni le hice caso a aquella oportunidad. No sabía si reír o llorar".