Viernes, 17 de Agosto de 2018
Última actualización: 14:47 CEST
Artes marciales

La violencia de las sombras: ninjas en Cuba

Darmar Soberon en su dojo en Marianao. (CORTESÍA DEL ENTREVISTADO)
Darmar Soberon (der) y dos de sus alumnos. (Y. SUÁREZ)

La vida marcial de Darmar Soberon es como el sol naciente que aún no se hace cenit.

A los cuatro años empieza en las artes marciales. Bebe y vive luego la experiencia del Maestro Ikeda, japonés, uno de los sensei al que más agradecería en el equipo nacional de kárate. Gana copas, medallas y, tres años sucesivos, el campeonato juvenil.

A los 18 le llega el llamado al Servicio Militar, que en Cuba desde los 60 lleva de apellido Obligatorio. Darmar pide servir en Tropas Especiales en los 45 primeros días de vida en el Ejército, conocidos como Previa. Según las reglas, con su 1,63 metros de estatura está por debajo de la media aceptable. Los 12 centímetros que le faltan los pone su expediente marcial.

Entre las madrugadas de hielo, las botas contra el pavimento y el vozarrón de los oficiales empieza a adentrarse en el kiotsu, un arte marcial coreano que practican, exclusivamente, algunos efectivos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Destaca en esa modalidad que enseña a golpear con todas las partes del cuerpo en una combinación de judo, boxeo y taekwondo y, a partir de ahí, lo proponen para un curso muy exclusivo que modificaría el curso de su vida.

No hay en Cuba institución que haya importado tantas prácticas culturales como la militar post 59. Por si una "agresión gringa", se dedicaron a preparar soldados con armas, y taekwondocas, karatekas, judocas y (llegado el interés de este reportaje), ninjas.

Con esas prácticas también llegó su espiritualidad. Buena parte de los shinobis cubanos adhiere el sintoísmo a su imaginario con mayor o menor ortodoxia.

En 1995, las FAR contratan al maestro Hiroshi Kanasawa, del milenario clan Yagyu Shinkage Ryu, nacido de los Yagyu, padre e hijo al servicio de los samurái y fundadores de un clan ninja secreto. Los militares forman un comando de cintas negra. Los elegidos —no sabían— serían los primeros ninjas cubanos.

Contrario a otros clanes, el Yagyu Shinkage Ryu es muy cerrado a la hora de compartir conocimientos. En Cuba imparten ninjutsu militar.

El maestro volvió Hiroshi Kanasawa a su isla; Darmar se quedó en la suya. Pasaron el desastre nuclear de Fukushima, la cesión de poderes de Fidel a Raúl Castro.

Alguien me cuenta que en un entrenamiento Darmar saltó del cielo, abrió el paracaídas y se lesionó la columna al caer en tierra. Dejó las Tropas Especiales; se fracturó el espíritu.

Dice Darmar que simplemente se fue buscando mejoras económicas, y pasó por los Cuerpos de Seguridad y Protección para empresas y el Comando Especial de Sedes Diplomáticas, todas regidas por el MININT. Era 1998.

Unos años después, tratando quizá de llenar esa falta inmensa de acción, inicia un grupo de ninjutsu clandestino, al mejor estilo peregrino. Lo nombra Yagyu Shinkage Ryu, por el clan del que se sentía hijo.

Oficializarlo como escuela era un sueño doble y contradictorio: por aspiración y por imposible. Las organizaciones rectoras del ninjutsu internacional pedían mucho dinero para el trámite; inscribir una asociación por cuenta propia en Cuba es casi irrealizable. Pero la suerte lo alumbró.

Una prueba

La Habana está atravesada por redes underground que enlazan amplísimas áreas, incluso intermunicipales. Cuadras y cuadras conexas por cables para jugar, compartir música, obscenidades, series. Internet en mp3, con sus vicios y beneficios. De ahí surgen foros como Cerro Cerrao (que parte del municipio Cerro, tan poco original como eso).

A Darmar sus pupilos lo ven desde la trinidad sensei-padre-amigo. Por eso el Flaco, estaba tallando con él para conectarlo a Cerro Cerrao. Pero el día que va a tirarle el cable de red, lo coge la corriente.

Darmar alcanza el techo cuando la electricidad mordisquea al Flaco. Por los pies logra sacarlo debajo del cable. Busca signos vitales. Nada. Descarga un par de piñazos en el pecho del muchacho. Intenta abrir la mandíbula, tan rígida, que en el intento casi pierde un dedo. Por una ligera abertura le insufla oxígeno. Busca reanimarle con un masaje cardio-pulmonar. Al segundo boca a boca, el Flaco se estremece y bota un líquido bilioso. Darmar le vira el rostro para que no regrese por la vías respiratorias, y empieza a pedir ayuda.

Un par de hombres, en la calle, se alistan para recibir al moribundo. El Flaco, medio metro más alto que Darmar, es un peso muerto al que hay que agarrar por los tobillos con la esperanza de que abajo serán buenos catchers.

Una vez que lo soltó, Darmar se lanzó del techo.

"Del tercer piso…", interrumpo cada una de las veces que escucho la historia de parte de testigos, protagonistas y repetidores.

"Sí, se tiró del tercer piso".

Historias como esta (más o menos sensacionales) ceban la confianza hacia el Maestro.

Sensei-padre-amigo

"Cuando mi madre estaba al regresar de Brasil quería sorprenderla con un trabajo. Darmar se movió buscando ofertas", relata Pochi, otro de los ninjas aprendices. "Me llegó una plaza como agente de protección en un lugar bien complicado y, cuando se enteró, me sugirió que no me metiera".

"No le bastó y fue a hablar con quien me iba a emplear. Le dijo que yo no iba a entrar porque él no quería que estuviera ahí. Finalmente encontré otra cosa que me gusta, que tiene que ver con Medicina, Biología, pero uno ve la preocupación".

La madre del Pochi adolescente pasó tiempo alistada en misiones médicas internacionales. Venezuela cuatro años, Brasil tres. La octogenaria abuela a cargo de su crianza no inspiraba al muchacho a conversar muchas cosas. A veces se sentía solo. Pero cuando entró al ninjutsu, hizo afinidad con Darmar por el respeto, la admiración. Y no solo le consulta cosas de su vida, sino que no tiene secretos con el sensei.

"Yo le digo que es un Kami de las artes marciales".

Kami en japonés significa dios.

El dojo era la casa de Pochi. Pero el calendario se le alteró cuando empezó a trabajar como biólogo entomólogo, clasificando muestras de Aedes aegipti.

Un nuevo 'cuartel'

En la capital hay un brote de dengue, y Pochi maldice no poder dedicarle más tiempo a entrenar, aun cuando en breve debe examinar para subir de kiu. El dengue se trata en Cuba como cuestión de seguridad nacional; para Pochi el ninjutsu es prioridad personal. Le jode pasar tanto tiempo mirando mosquitos.

Ahora, martes, jueves y sábado promociona su arte marcial en el Foro de Deportes de Cerro Cerrao. Introdujo por primera vez el tema y ya acarrea asiduos comentaristas y potenciales pupilos.

"A medida que vayan mejorando, los llevaré al dojo a que se examinen".

El grupo de Pochi es algo extraoficial, no pertenece a Kage sensei propiamente, de modo que en sus entrenamientos rehúye del ojo público. Ha elegido un cuartel: el Bosque de La Habana. Hectáreas de tupida vegetación en las márgenes del río Almendares.

Entrenan con armas, practican escaladas, rodamientos, se enfrentan cuerpo a cuerpo con técnicas del taijutsu. Pochi lo ve sin mucha importancia, no le ha contado a Darmar.

"Mi idea no es hacer ninjas de ellos, sino enseñarles técnicas de defensa personal ninja", aclara. "Hay mucha gente en la calle que sabe artes marciales, y si me enfrento a ellos con técnicas tradicionales tengo que llevar dos jabas: la de ganar o perder. El ninja, con sus técnicas, no lleva la de perder".

En la foto de perfil de Cerro Cerrao aparece arreglado con un shinobi zozoku blanco que usa en contadas exhibiciones, y le da una imagen de peligro andante. Pero Pochi es en verdad un tipo melancólico, dado a la filosofía y en eso, tal vez, radica parte de su popularidad virtual.

De a poco comparte en el foro porciones de un libro que, me confiesa, escribe. La vida es un campo de batalla, se titula. Ideas como estas publica:

"La violencia es similar a la ira, y opuesta a la paz y a la guerra".

"Sin embargo, muchos países han usado la violencia para salir de la esclavitud, como contra el Nazismo. Tuvo que haber una gran guerra para que hoy existiese paz respecto a las masacres que hacían con los judíos. Tuvo que haber una guerra para que cada país lograra su independencia. Como a veces en nuestras vidas hay una guerra para que aprendamos algo de ella".

Nunchakos

Pochi abre su mochila y saca un par de nunchakos claramente industriales. Metal lustroso y liviano, acero inoxidable. Un regalo de su madre al terminar la misión médica en Brasil.

El día del regreso de su madre, el corazón de Pochi trotaba desbocado: en una pantalla del salón de espera pasaron fotos de objetos prohibidos por la Aduana, los nunchakos entre ellos. Cuando la mujer asomó del túnel, casi se le lanzó encima solo para preguntar por la suerte de los hierros. Ella le dijo, calmada, que estaban seguros en la panza del avión.

Pero hoy, mientras le pide al soldador —un señor chato, de manazas cangrejoides— que vuelva a unir la cadena con uno de los tubos, lamenta sus elecciones. Repite que su madre le mandó fotos y esos parecían buenos porque se unían las dos partes dando rosca y se hacían otra arma: el tambo.

El soldador, sin mucho interés en la historia, examina el objeto y lo lleva a una mesa roñosa. Una chispa blanca y fugaz estalla domesticada. Pochi, como el familiar nervioso del paciente a operar, continúa advirtiendo que "los tipos eran los de Bruce Lee", que había unos así en las fotos de su madre, gruesos y pesados.

"Esto es michi michi", dice el señor chato con voz de doctor preocupado.

A Pochi se le nota. Le duele ver deformes y tiznados sus nunchakos, hechos con tan fina lámina que el soldador los devolvió con pequeñas perforaciones.

Al rato, por la calle, dice muy serio y medio encabronado:

"Si me fuera de misión, traigo lo que me quede en dinero, y voy a llenar con mis armas la barriga del avión".

El dojo

Al final del dojo, una mesita con incienso, un pequeño buda, collares de madera y una katana en su vaina reciben el saludo de quien entre o salga. Es el kamiza, altar de los dioses, un recodo habanero para el sintoísmo. Katori, uno de sus espíritus, bendice las espadas cuando cortan un cuerpo y se bautizan en sangre. Dice el mito que el metal cobra vida. Las de los ninjas cubanos están todas muertas. Alguien me rectifica: "no tienen vida".

El dojo está casi oculto. Es una porción estrecha y alargada de un almacén despintado. Dentro es otra cosa. Para acceder, se cruza un puente de bambú en forma de arco sobre el estanque mínimo con carpas-koi japonesas que se renuevan de año en año.

Luego viene un Torii de gruesos bambús. Ese dintel gigante, como puerta imaginaria (dos palos verticales, uno horizontal), es la entrada a los templos budistas. El del dojo, aseguran, tiene ciertos poderes. Hay alumnos que pasando por debajo "cambian su estado mental". Dejan fuera desde dolores intestinales, hasta luxaciones; se enfocan cien por cien en el entrenamiento.

Con el Torii a mis espaldas hay un mural de madera. Exhibe fotos a color de seis señores muy chinos. Cuando alguien entra al dojo debe ejecutar una leve y veloz inclinación hacia ellos. La columna de la derecha, de arriba hacia abajo, tiene a Maasaki Hatsumi, al ninja oscuro Takamatsu y, borroso por gotas de agua, al Maestro Ikeda, creador del Karate Yoshimon.

En las paredes de enfrente y cercanas al kamiza vigilan ampliaciones del Che en la foto de Korda y de Fidel sonriente, con un brazo alzado. Debajo hay granadas y dos revólveres soviéticos claramente inútiles. Bastones policiales, cadenas con una hoz al final, lanzas de puntas anchas y cortantes, nunchakos y cuchillos llenan otras paredes.

La modesta escuela de Zamora, entre los barrios con mayor potencial delictivo de La Habana, ha recibido en dos ocasiones a corresponsales del canal nipón NHK y la agencia brasilera Jiji. Mantiene, además, relaciones fraternales con otros ninjas del área, como los de Colombia y Chile. En abril de 2014, la Gekkan del país austral declaró a Darmar su representante en Cuba.

En la pared del ego, con muchos títulos y diplomas, el visitante puede hacerse una idea de quién es Darmar Soberon. 7mo Dan desde febrero de 2016; a finales de ese año la Escuela Cubana de Ninjutsu lo reconoció como Fundador del estilo en la Isla. Incluso, la —al parecer muy seria— Escuela Superior de Ninjutsu Informático (sí, cubana) lo acredita como creador y profesor instructor, todo impreso en tipografía Jokerman y con el logo de la institución: una estrella ninja con puerto USB en una de las puntas.

A Darmar, dedicado a su escuela, lo separan pocas circunstancias del dojo: en las mañanas y tardes, el trabajo como jefe de Seguridad y Protección de la Empresa Comercializadora de Servicios de Salud, o casos excepcionales como la muerte de Fidel Castro, cuando estuvo movilizado por el MININT.

Si en el antiguo Japón, los ninjas fueron aldeanos en modo autodefensa, en la Cuba actual algunos están al servicio del Gobierno. No son muchos, en verdad.

Registradas por la Asociación Cubana hay cinco escuelas: en Pinar del Río, Matanzas, Holguín, Santiago de Cuba y la de Marianao, única reconocida, además, fuera de fronteras.

Cada dojo es selectivo a la hora de ingresar miembros. Darmar le hace un expediente a sus muchachos, los "verifica". Sabe que no debe enseñarle escaladas a cualquiera porque puede estarle facilitando el trabajo a un ladrón. Menos, los envenenamientos.

"Esas cosas se trabajan cuando el alumno está bien formado física, mental y espiritualmente".

Haikus con sabor barrio

"Mi raíz es del karate. Pero me gusta más el ninjutsu", dice Darmar a una alumna que le pregunta. "Uno es tratado como deporte y el otro como arte marcial. Si te enseñan un movimiento te enseñan muy rígidamente; en el ninjitsu no: si voy a darle un golpe a los testículos del oponente puedo hacerlo. En el karate te descalifican".

Yo me he ido acercando al colchón tomando fotos, vídeos. Darmar advierte que habíamos quedado, se excusa con sus alumnos porque tiene que "atender al periodista". Siento varios pares de ojos clavados. Correspondo la mano extendida del sensei y sin darme cuenta le estoy devolviendo también una leve reverencia.

Durante la charla Darmar me lanza respuestas precisas, sin mucho titubeo, que recuerdan ciertos haikus mezclados con sabor barrio:

Si no quieres lesionarte juega parchís o dominó; pero si te inclinaste por el camino del guerrero siempre estarás expuesto a los golpes y al dolor.

La mejor pelea es la que no se echa.

Usa el ninjitsu como última opción, si peligra tu vida o la de alguien más.

No te puedes exceder en el control de la otra persona.

Las leyes cubanas te tratan con mayor dureza si eres profesional en un arte marcial.

Los shinobis modernos sí tienen un código de honor, que es parecido al de las fraternidades y se resume en cosas tan básicas como ser buen padre, hijo, amigo, ciudadano.

En la calle yo doy uno o dos golpes y tumbo al tipo. Si ya está en el piso, ¿para qué tengo que seguirle dando?

—¿Has tenido que aplicar alguna de tus técnicas en la calle?

—Sí —duda continuar o no—, lo que no me gustaría es estar contando lo que hice.

Mira al grabador, se ríe, me contagia la risa:

—Pero he tenido que hacerlo porque soy pequeño de tamaño y a veces la gente se equivoca —se ajusta los espejuelos ante los ojos muy pardos—, y las equivocaciones cuestan caro.

En una academia cubana de Artes Marciales

Pese a la falta de recursos, un centro municipal de Artemisa promueve la práctica de estos deportes.

2 comentarios

Imagen de Orlando Luis Pardo Lazo

El tipo usa batones de policía! Se los quitó a la autoridad o se trata de un Robin Hood chivatón?

Imagen de Guarapo

Ninjas los de de mi barrio en La Habana Vieja que desmontaban kilómetros de cable "TV" antes de que llegara los chivatos gracias al doble agente que se encargaba de anunciarlo y volvían a desplegar el tendido pasado la revisión y así todas las semanas.

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