Miércoles, 26 de Julio de 2017
08:33 CEST.
Crónicas de Miami

El Efficciency

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El hijo de Aldo aprovechó el almuerzo del domingo para "soltar la podrida": se va a vivir solo, tiene palabreado un lugar y es cuestión de días para que se lo entreguen.

Padre e hijo llegaron hace ocho meses a Miami y comenzaron a organizar sus vidas gracias a la nueva pareja de Aldo, una miamense de buen corazón que no hizo distinciones entre el "toro" y el "ternero". Enamorada del padre, no puso peros y los recibió a los dos en su casa.

Es la misma mujer que sin percatarse de lo contrariado que está Aldo, aplaude emocionada el anuncio de que el muchacho se marcha.

La miamense detiene su efusividad ante la falta de respaldo y como no entiende lo que pasa, vuelve a concentrarse en la comida. Entre bocado y bocado le ofrece la casa al hijo, nuevamente, "por si no puedes, por si hay regreso", le dice asintiendo al mismo tiempo con la cabeza y con la mano del tenedor.

Aldo empuja su plato, de repente perdió el apetito, "al menos espero que me expliques cómo harás para pagarlo", le reprocha, "y que me enseñes el lugar antes de mudarte".

"Aahh papá", dice el muchacho burlón y le acerca el plato que acaba de rechazar, "come tranquilo que estoy hablando de un efficiency, no de un palacio".

Efficiency, así es como se conocen los locales de renta más baratos en el mercado de Miami. Un eufemismo que pretende engrandecer, al menos en términos, el garaje de una casa transformado en habitación.

Hay efficiencies en todas las esquinas de Miami, son como una plaga que se extiende desde las elegantes manzanas de Coral Gables, hasta los edificios abarrotados de Hialeah. Pero por muy diferentes que sean los barrios, los inquilinos de estos cuartuchos siempre son iguales: gente acabada de llegar, matrimonios dispuestos a "comerse un tren de marcha atrás", o tipos solos, "haciendo agua y carbón" para reunir lo suficiente y traer a la pareja que tanto extrañan.

No hay mucho lujo en el interior de un efficency, pero siempre huelen a empeño, a disposición.

Aldo sabe de estos pequeños apartamentos por "el idioma de los balseros", así le dicen en Miami a los disparates de los cubanos recién llegados y de poco inglés. Un compendio de palabras mal dichas que hacen las delicias de quienes presumen años en el exilio.

En estos ocho meses varias veces se han reído de él por bautizar una autopista como "tunpaique", decirle a los bonos de comida "fustan" o referirse a los efficiencys como "fichens".

Su mujer le insiste en manejar su desgracia a largo plazo. "Aquí hay que pagar el derecho de piso, tienes que aguantar burlas y hasta ignorar el abuso de los jefes", le dice cada mañana, mientras le alcanza las botas de trabajo.

Aldo ya asimiló que no hay nada excepcional en su aparente desdicha, tiene claro que es uno más en la lista de médicos, ingenieros y abogados que renacen como constructores, camareros y empleados de poca monta.

"Aquí hay que hacer de todo, ser multitask, que es como tener varios oficios a la vez", le explicaba su pareja, "ya verás que en unos años me vas a dar la razón".

Aldo se siente ahogado en el efficiency, se le antoja pequeño y oscuro, a pesar de la puerta abierta de par en par. La única ventana del lugar está tapada por el cajón oxidado de un aire acondicionado que suena más de lo que enfría. El baño se ve viejo y maltratado.

Como padre Aldo se cree obligado y se enreda en una discusión con los dueños, reclamando mejoras y reparaciones. El muchacho, nervioso, le pide que le deje resolverlo solo, "papá, por favor, no me lo jodas".

Resignado, se aleja y espera en el estacionamiento mientras el hijo cierra tratos, entrega depósitos y recoge las llaves.

Desde allí comprueba que el efficiency tiene espacio para dos vehículos, "algo que sobra", comenta en su soledad y lo que trata de ser una risa burlona se transforma en un sollozo incontrolable.

Sin proponérselo, Aldo comienza a llorar, una humedad que resucita sensaciones infantiles.

Está llorando como cuando se cortó con un vidrio que alguien tiró en la fuente del barrio, o como aquella vez que se partió el brazo por hacer maromas en un árbol.

El llanto le hace recordar la mirada lasciva del ortopédico que lo atendió, "el cúbito y el radio", le decía a la madre mientras mostraba la placa. Entre lamento y gimoteo, un Aldo de cinco cuartas vigilaba la familiaridad que aquel tipo se tomaba y que despertaban sus celos de Edipo infante.

Al final no recuerda si lloraba por el dolor del brazo o por no poder defender a su madre de los avances irrespetuosos de aquel médico de turno.

43 años después y a 90 millas de distancia, Aldo vuelve a llorar con igual fuerza y siente la misma impotencia.

Este lunes su mujer le dedica un tratamiento especial, le acompaña hasta el camión y además de repetirle los consejos habituales sobre multioficios y tolerancia, le pide que se transforme en un rostro de piedra, "te toca ser duro, fuerte, sin sentimientos, solo así pasa rápido esta primera etapa".

Aldo es buen chofer, con habilidad se incorpora al expressway de nombre impronunciable, esa autopista mágica que conduce a todos los lugares de Miami.

Va calmado, tranquilo, seguro de que prefiere sufrir antes que comprarse el alma de concreto que le propone su mujer.

Aldo tiene claro que aunque se esfuerce por cambiarlo todo, hay cosas a las que nunca renunciará, como llorar por su hijo, ese muchacho que hoy, por primera vez, amanece fuera de su alcance.

Siente de nuevo el ardor de las lágrimas, pero no se detiene, no puede. Sigue su ruta, maneja y llora... llora y sonríe... todo al mismo tiempo... "¡Coño lo logré!, ¡soy multitask!", grita y acelera para aprovechar un pequeño hueco que, de repente, se formó a la derecha, entre dos autos.

Así va Aldo esta mañana, como muchos otros choferes que no conoce y nunca conocerá, con el volumen del radio a todo lo que da, tratando de no pensar en lo que le agobia, avanzando a trompicones entre interminables filas de autos y sollozando, incontrolablemente, como aquel día en que se cortó en la fuente, como aquella tarde cuando, en medio de una murumaca, se cayó del árbol.

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Comentarios [ 51 ]

Imagen de Anónimo

El padre que llora por un hijo que se va es un padre latino. El padre anglosajón se preocupa seriamente porque el hijo llegue a la edad adulta y no comience a labrar su propio camino. Aldo reacciona como recién llegado. Luego que pague el piso, comprenderá que pasó lo mejor para ambos. Esto no es Cuba donde bisabuelos, abuelos, padres, hijos, nietos y bisnietos conviven bajo el mismo techo

Imagen de Anónimo

Este escrito ha generado una reacción que no se entiende, me parece una tierna historia sobre e terrible momento en que los hijos se van de casa, pero sucede en el momento en que acaban de llegar  a Miami, lo que la hace más dramática.Pero de allí a ver todos los venenos y los mensajes para que no vengan ms cubanos, hay que tener imaginación. También como que se pierde el impulso a reconocer cosas que pasan de verdad, todos los días. No todos son banderas de colores. Hay hasta quien no ve nunca las dichosas banderas.

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¿En cuántos eficiencies habrá vivido el autor? ¿Será esto un escrito autobiográfico?¿Será el hijo o será Aldo? Na , Loret de Mola llegó parado y si así fuera no se lo envidio, yo me forjé a leña y fuego, eso me da la libertad de vivir y hablar como pienso.

Imagen de Anónimo

 Un efichen de cubanos alberga un máximo de cuatro personas. Uno de mexicanos 20. Solares típicos. Uno va por la 40 y ve casas con doce carros viejos fuera, ya sabes lo que hay. Las mujeres solas la tienen peor, el dueño del efichen siempre quiere estar con ellas, siempre las acosan y en muchos casos las convencen, pero después le cobran la renta. Los profesionales de Cuba se las ven negras cuando tienen que dar trapo para vivir, los que éramos pobres todo nos luce mejor.  

Imagen de Anónimo

Los edificios de renta han desaparecido en Miami. Solo quedan los efficiencies y por eso el precio se dispara. Hay efficiencies de mil dólares, cuando hace un año costaban seiscientos. llegan muchos cubanos y no hay ofertas. Los venezolanos quieren casas, después no tienen ni cómo pagar pero son estirados

Imagen de Anónimo

Buen articulo, el que no lo entienda es porque es un poco inculto y no quiere ver la triste realidad, ser inmigrante no es facil en ningun lado..Tampoco todo es tan bonito, ni en Miami ni en la Conchinchina, miserias hay en todas partes y miserables por supuesto tambien.......

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Si siguen llegando cubanos Los efficiencies se van a convertir en alojamientos de lujo. Tendran que empezar a construir barbacos tipo Habana Vieja.

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Negar que escribe bien es de tontos. Negar que tiene mensajes subliminares también.El tipo nos quiere llevar de la mano a una tragedia aparentemente personal, para enredarnos luego en valoraciones morales de si se debe emigrar o no. Pero si le preguntan seguro que dirá que todo gira alrededor de un padre que por primera vez se separa de un hijo.  Si los personajes no fueran cubanos, sería una buena crónica.

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Me encantó el artículo. Muy bien escrito y refleja una realidad que viven muchos inmigrantes que llegamos a este país con muchos sueños y aspiraciones. Yo viví en un efficiency también durante años. Hoy tengo mi propia cosa y miro con orgullo todo lo que me he superado y logrado en este país. Creo que el efficiency es parte del proceso y este artículo humano y profundo me ha hecho recordar muchos momentos agrios de mi vida, pero también muchos otros extraordinarios.

Imagen de Anónimo

Triste este relato pero por lo malo que esta!!!!Coincido con muchos de que un efficiency aqui es transicional para algunos bieaventurados o necesario para otros que no lo son tanto, pero siente uno de estos "cuarticos" (Algunos son bien buenos) tiene 1000 veces mejores condiciones que la mayoria de las viviendas en Cuba. Nadie debe sentirse desdichado de haber sido abogado o medico en Cuba y llegar aqui de constructor o chofer de rastras. Son trabajos dignos y muchsimo mejor remunerados que cualquier otro de los antes mencionados en la isla.Yo era profesional en Cuba. Aqui trabajo en una oficina pero al mirar atras me siento bendecido de vivir aqui porque la diferencia es abismal. En Cuba no tenia que preocuparme por las piezas de respuesto del carro, por el techo de mi casa o por que la comida se me echaba a perder con los apaganes porque, sencillamente, no tenia carro ni casa y menos la comida que afortunadamente aqui si puedo disfrutar. Los cubanos no debemos olvidar de donde salimos, de que nos libramos al salir de aquel infierno y sentirnos afortunados y agradecidos porque, aunque sea en un efficiency, podemos disfrutar del fruto de nuestro trabajo.