Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
09:37 CET.
Opinión

Rancheadores del siglo XXI

Como se pronosticaba hace casi un año, la emigración por tierra y por mar desde Cuba no ha cesado. Los entendidos y los desentendidos de estos temas saben, a esta altura del juego, que las condiciones  para una fuga en masa estarán dadas, a más tardar, en el otoño. Que la Isla-Hacienda logre minimizar los efectos de los apagones y el crónico desabastecimiento a la población en este tórrido verano, dependerá en buena medida evitar el cimarronaje masivo.

Mucho han tenido que ver también las últimas esperanzas perdidas: ni la relación con EEUU, la condonación de las deudas, el Puerto del Mariel, los precios topados, o los centavos menos a las mercancías en CUC han cambiado la percepción del cubano de que ya por delante solo queda monte o mar. El VII Congreso del PCC y la recién finalizada Asamblea Nacional han sido como edictos reales de la Corte; han apagado cualquier ilusión de cambio. En la Hacienda todo continuará funcionando como hasta ahora, en las manos y con los cerebros de los mismos dueños.

Sin embargo, este ajedrez político es de difícil manejo. Por un lado, en la Hacienda saben perfectamente que las refracciones y las condiciones ambientales —luz, agua, transporte— se deterioran rápidamente. Hay necesidad imperiosa de ganar tiempo. Podría ser embarazoso pararse en el balcón de la Casa Hacienda y bajo el fresco de la mañana anunciarle a la dotación hambrienta, sudada y mal dormida que hay que apretar aún más la cadena al cuello. Eso solo puede hacerse cuando el dueño de plantación  tiene confianza en que, diga lo que diga o haga cualquier estupidez, los cautivos irán al corte o al ingenio sin chistar… aparentemente.  

Por otro lado, el Palenque del Norte se ha tornado lugar de complicada convivencia. Los viejos cimarrones, aquellos de jamás regresaron a la Hacienda, y que el viaje de vuelta —turismo cimarronal— les parece una enorme traición, tienen todo el derecho fundacional a establecer ciertas reglas morales de coexistencia en el lugar que conquistaron para su libertad. De esa manera, los viejos cimarrones siguen considerando una fuga y no una oportunidad de ser libres lo que el dueño otorga ahora. Sumemos a esta analogía, que uno de los lugares donde se haya el palenque llamado Miami, cuna y destino de la mayoría de los prófugos, pertenece a otro país, con sus leyes e idiosincrasia muy particular. Que el Palenque-Miami haya sobrevivido, y expandido para dar cobija a tantos nuevos cimarrones, en buena medida se debe al respeto y el trabajo de los primeros prófugos en tierras ajenas. Entonces hay algo que nunca debe olvidarse: el Palenque es un lugar prestado, y existe porque existe la Hacienda, y es eso, protección y sombra que dan otros lo que mejor lo define. 

Siguiendo la alegoría, hoy el Palenque, la Hacienda, e incluso los cimarrones y los potenciales prófugos, no son los mismos. Aunque la causa del cimarronaje cubano sigue igual, y la facilidad para el apalancamiento dadas por los norteamericanos es inmutable, la bancarrota de la Hacienda puede y está cambiando la inestable estabilidad  de la guerra migratoria sostenida por Cuba y EEUU en los últimos 50 años. 

La deportación de Ecuador hacia la Isla de decenas de emigrantes cuyo destino final era EEUU acaba de darnos una posible clave para entender el proceso. Ahora parece claro que la Administración Obama negoció —y sigue sobre la mesa— con La Habana la seguridad de sus fronteras a cambio de desmantelar la Ley de Ajuste y una parte sustancial del embargo. Parece que los norteamericanos no han cumplido toda su tarea, y los castristas, maestros del complot y el contragolpe, abrieron sus cielos; ellos sabían que, aunque la riada iba al sur, tarde o temprano la brújula giraría al norte. Y es aquí donde, probablemente, los asesores civiles y militares de Barack Obama le recordaron un plan pre-diseñado para  frenar por cualquier vía otro Mariel o Guantánamo; con la misma discreción de las conversaciones ocultas, es probable que como un disuasivo, los norteamericanos hayan susurrado esos planes de contingencia al Palacio de la Revolución.    

Es entonces que aparecen los nuevos rancheadores de la Hacienda. En la época de la Colonia habían sido soldados o buscavidas que al servicio del hacendado daban caza a los cimarrones. Su misión, además de traerlos vivos a la plantación —pues alto era su valor—, era evitar nuevas fugas. Por eso, junto al mayoral, facilitaban castigos duros pero que no fueran incapacitantes; escarmientos lo suficientemente dolorosos para atormentaran por el resto de la vida. Siglos después, la misión a los rancheadores contratados por La Habana en Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia ha sido apostarse en los caminos que conducen al Palenque del Norte, y, evitando la violencia que es reducir el escándalo, ir taponando la corriente hacia detrás, de manera que el remanso los ahogue con su propia marea.

Todo hubiera quedado ahí si los frustrados cimarrones en Ecuador no se hubieran equivocado de lugar para protestar; pues en vez de hacerlo en las plazas de quienes los acogieron temporalmente, se lanzaron contra la franquicia de la Hacienda, es decir, contra la embajada cubana en Quito. Ha sido la primera vez que los nuevos rancheadores han recibido y cumplido su trabajo eficiente y expedito; regresar a los prófugos sin contemplaciones.  ¿Qué va a suceder con la Hacienda en bancarrota y los caminos al Palenque bloqueados por tierra y mar? ¿Habrá un nuevo Maleconazo? ¿Un nuevo Mariel? 

La mayoría cree que nada va suceder; no habrá ni Maleconazo ni Mariel.  Lo que puede haber es un compás de espera. Y esa espera siempre va a depender de las elecciones en EEUU. El Gobierno cubano debe jugar muy finamente esta partida, que puede ser la última. Si cierran la válvula completamente, y no hay otra salida que el estrecho de la Florida, Obama estará obligado a una acción militar contenciosa. Pero dada su inclinación a la diplomacia puede rechazar la opción bélica, y reditar Guantánamo u otro espacio para dejarle la "papa caliente" al próximo que, por supuesto y en este caso, sería sin dudas Donald Trump.

Si la Hacienda logra superar un verano tan caliente y un otoño desértico con la válvula semiabierta, es muy probable que la presidenta sea la secretaria Clinton y continúe la política de Obama con el desarme del embargo y la Ley de Ajuste. Esa precisamente parece ser la meta del Gobierno cubano; que sean los norteamericanos los nuevos rancheadores que acaben de una vez y por todas con el cimarronaje, el Palenque y todo lo que eso significa.

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