Sábado, 16 de Diciembre de 2017
16:44 CET.
Opinión

Los intelectuales y sus complejos de culpa

Según Ernesto Guevara la intelectualidad cubana padecía de un cierto complejo de culpa por no haber participado en la revolución de 1959.  Pero, ¿es correcta esa percepción del camarada argentino sobre la escasa, o inexistente contribución de nuestros intelectuales al triunfo del 1 de enero y, sobre todo, a lo que vino después?

Nadie como Fidel Castro comprendió lo equívoco de esa afirmación, a la vez que sus inmensas potencialidades. A ello se debe el que tanto la trajera a colación. Sabedor de que en política una simple frase puede, más que explicar la realidad, incluso cambiarla, quiso sacarle provecho. En definitiva para convertir a la Isla en esa finca que soñaba mangonear hasta en los más nimios detalles, al timón de un jeep y con un buen habano entre los dientes, se imponía sacar del juego político a una intelectualidad que se alimentaba de una corta pero poderosa tradición, y de un muy cercano vínculo con los centros culturales de Occidente. ¿Y qué mejor recurso para neutralizarla que mediante los complejos de culpa?

La realidad, sin embargo, nada tiene que ver con los arbitrios sociológicos de Guevara ni con las maquinaciones políticas de Fidel Castro: los intelectuales cubanos han sido quizás uno de los grupos más influyentes en lo sucedido en Cuba a posteriori del 1 de enero de 1959, pero sobre todo del 17 de julio de ese mismo año.

¿Pero por qué fue tan relativamente fácil hacerle sentir esos complejos a un considerable sector de la intelectualidad, grupo humano que se supone debe de ser de los menos dados a semejantes sugestiones, o de los más resistentes a las maquinaciones? La razón, además de encontrarse en lo discutible de la idea anterior, o sea, la mayor resistencia del intelectual a las sugestiones y maquinaciones, parece encontrarse en no escasa medida en un error de perspectiva histórica de esa misma intelectualidad.

Los intelectuales jóvenes iniciaron y luego llevaron el peso fundamental en la revolución del 30. La caída de Machado y con él de la primera república liberal; la abrogación de facto el 9 de septiembre de 1933 de la Enmienda Platt, y con ello de la mediatización de nuestra soberanía; la constitución de una segunda república socio-liberal, tiene todo ello su inicio en la Protesta de los Trece, intelectuales, o en las luchas universitarias dirigidas por ese otro intelectual en ciernes que era Julio Antonio Mella.

Recordemos tan solo que tres de las más importantes organizaciones antimachadistas: el partido comunista, el ABC y el Ala Izquierda Estudiantil, fueron organizadas y dirigidas por intelectuales (Rubén Martínez Villena, Jorge Mañach o Raúl Roa); que si la muchachada de los Directorios del 27 y del 30 se echó a las calles fue en respuesta a las reprensiones de Enrique José Varona, otro destacado intelectual; o que quienes realizaron la revisión de estilo de la Constitución de 1940 fueron nada menos que los constituyentistas Juan Marinello y Jorge Mañach, figuras cimeras de las letras y el pensamiento republicano cubano.

Frente a esto la revolución de 1959 parece en realidad no haber tenido participación intelectual. Ni el Movimiento 26 de julio, ni el Directorio, ni las organizaciones auténticas (no nos dejemos engañar, los ñangaras no dispararon ni un chícharo contra su ecobio Batista), fueron creación de intelectuales, y tampoco contaron con ninguno en su plana mayor. Esto provocó que como en esencia la generación intelectual de los 40 y 50 pensaba al mundo desde las formas de lo hecho por la de los 30, desde sus gestos y actitudes, no resultó nada difícil convencerla de su no contribución al resultado de 1959.

Pero había algo más allá. La intelectualidad cubana sí tuvo una crucial contribución en ese resultado, pero una de tan fea e impresentable naturaleza que lo mejor era dejarse sugestionar. Una muy oscura, de la que casi nadie y mucho menos un intelectual suele sentirse orgulloso a la larga. Una que era mejor no admitir y dejar hundirse en el olvido.

Dos revoluciones muy distintas

Se impone aquí distinguir entre ambas revoluciones. La primera, la del 30, había alcanzado la independencia política y, poco a poco, la económica. Al menos en el grado realista en que podía o puede serlo Cuba, y no en ese absolutista y disparatado de nación flotando en el vacío cósmico, idea a la que ciertas minorías nuestras parecen siempre haber aspirado por no asistir a una iglesia en que encauzar de manera menos peligrosa una ansias trascendentalistas que han tendido a corrérseles hacia lo político.

Quedaba en los 50 ocuparse de los detalles. El primero, recuperar la república socio-liberal del 40 que había derrocado Fulgencio Batista en 1952, aunque sin atreverse a anular nada de la avanzada legislación social o laboral de la misma. El segundo, diversificar el modelo económico cubano. Porque desde más o menos 1926 era evidente que si "sin azúcar no hay país", con ella sola tampoco lo habría.

Sin embargo lo que en verdad se hizo a partir de 1959 fue destruir sistemáticamente la economía, y sustituir a las formas republicanas por las monárquicas. La destrucción de la economía fue tan exitosa que hacia 1972 se terminó por esfumar el último rescoldo de independencia que nos quedaba.  

Esta paradójica realidad resulta evidente si comprendemos que a partir del megadesastre de la zafra de 1970, Cuba, sin economía, no ha podido subsistir más que de venderse como el aliado perfecto para quien, por tener algo contra EEUU, esté dispuesto a asumir el papel de mecenas de la suprema obra de arte castrista. Quien quisiera jeringar a Washington solo tenía que sufragar los despilfarros pantagruélicos de Fidel Castro.

Ahora bien, todo ello, destrucción de la economía, pérdida de la soberanía, en fin, el acabóse, el no dejar ni la quinta ni los mangos y tampoco donde amarrar la chiva, tiene su raíz en la sistemática campaña de desacreditación de las formas republicano-democráticas  emprendida allá por los 40 y primeros 50.

¿Y quiénes fueron los principales promotores de esa campaña? Pues quién si no, nuestros intelectuales. Unos más, otros menos, pero muy pocos escapan de esas culpas.  Y si alguien comprendió esto muy bien fue el maquiavélico Fidel Castro.

Fidel Castro sabía que quien corona es capaz también de destronar, y por ello se mostró tan interesado en restarle poder a sus elevadores últimos al trono. ¿Y qué mejor método que destruyendo su autoestima?

En la revolución de enero de 1959, y sobre todo en los caminos que muy pronto habría de tomar, los intelectuales fueron determinantes. A su pesar, como comenzarían muy pronto a notar gentes como Gastón Baquero o José Lezama Lima, y poco después Virgilio Piñera y Guillermo Cabrera Infante, que en un primer momento se habían prestado muy alegremente a servir de inquisidores en obras y vidas ajenas.

Es cierto que, como observara en su desconocimiento total de los cubanos y sus asuntos el aventurero argentino Ernesto Guevara, los intelectuales no se integraron en ninguno de los grupos de lucha armada contra el gobierno de facto de Fulgencio Batista. Pero esto de ninguna manera quiere decir que no tuvieran una participación fundamental en la revolución de 1959, y sobre todo en lo que vino después.

Los intelectuales cubanos, en su inmensa mayoría, habían tomado allá en los años 40 y 50 una posición de total desencanto, de nihilismo absoluto sobre el futuro de Cuba, que había incluido aneja una salvaje campaña de desacreditación de las formas republicano-democráticas. Actitud y campaña que, unidas a ciertas teleologías místicas paridas por origenistas y compañía (o un tanto más "materialistas", de parte de ciertos historiadores pretendidamente marxistas), serían en definitiva los grandes justificantes del establecimiento de la monarquía carismática (y acabósica) de Fidel Castro.

Fueron los intelectuales cubanos quienes desde los años 40 redujeron a polvo el edificio republicano, y esos polvos no tardaron en convertirse en los lodos que en los 60 los ahogarían a ellos mismos, antes o después.

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Comentarios [ 3 ]

Imagen de Anónimo

Un artículo cantisflesco. Cogido por los pelos. Aburridísimo. Lo terminé de leer a duras penas.

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Nocreo que la hipótesis sea creíble. El apoyo a un cambio en 1959 realmente no puede explicarse por la baja autoestima de los intelectuales.Ellos en su época denunciaron los males de la República, y no por ello estaban desacertados, áun hoy nos explicarían por qué no querían gobiernos corruptos y mafias controlando el poder.Hoy dirían lo mismo como resultado del medio siglo