Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Opinión

Una feria de habanidades

La política hace extraños compañeros de podio. El lunes 21 de marzo, en La Habana, el presidente de la primera democracia del mundo compartió escenario con el dictadorzuelo del último bastión marxista leninista del Caribe. Un tirano octogenario consagrado por sucesión dinástica gracias al dedazo de su hermanísimo, que tras detentar el poder durante casi medio siglo tuvo la clarividencia de ungir a su más fiel servidor, con el encargo gatopardiano de cambiarlo todo para que todo siga igual. Un sujeto que, de haber perdido el poder en algún momento de ese medio siglo, sin duda habría terminado en el banquillo de la Corte Penal Internacional, obligado a responder de los crímenes de guerra y los delitos de lesa humanidad que ha cometido desde 1953.

Hay líneas rojas morales cuya transgresión ni siquiera la realpolitik debería justificar. Y la rueda de prensa que protagonizó el presidente Obama en compañía de su homólogo cubano, constituyó una de esas transgresiones: fue un espectáculo humillante para los estadounidenses que auparon con su voto al bisoño senador demócrata y para los cubanos, que padecen desde hace muchísimo tiempo ese régimen caduco, represivo e ineficiente, ese viejo Gobierno, con más difuntos que flores, pese a lo que cantan sus sochantres.

En medio de ese espectáculo, en el que Raúl Castro demostró que todavía es capaz de leer unas cuartillas sin equivocarse demasiado, se deslizó una pregunta inesperada sobre el presidio político. Estupor de los ponentes y silencio sobrecogido de la sala ante la insolencia del periodista, que para más inri confesó ser de origen cubano. ¿Cómo se atreve nadie a mencionar la soga en casa del ahorcado? ¿Desde cuándo un jefe máximo tiene que contestar preguntas que no están previstas en el programa? ¿Dónde están Randy, Arleen y los demás paladines de la Mesa Redonda que no acuden a ocupar el terreno y a preguntar por las vacunas milagrosas, la campaña de alfabetización o las medallas olímpicas? 

La reacción de prepotencia y cólera mal contenida del dictador cubano fue antológica. Primero fingió no saber que en la Isla hubiera personas encarceladas por tratar de ejercer sus derechos políticos (si fuera cierto que no lo sabe, sería mal asunto que un gobernante ignorase algo tan elemental sobre su propio país). Luego, con gesto avinagrado, se contradijo al proponer que le dijeran los nombres de los reos, para liberarlos en el acto. Al final, sintiéndose ya más satisfecho con su despliegue de agilidad mental, repitió la oferta de clemencia hacia los inexistentes prisioneros y volvió a exigir nombres, como si el hecho de que el periodista no llevase la lista en el bolsillo demostrara que él, Raúl Castro, había logrado desenmascarar la insolente patraña. Y remató la faena con la sorprendente afirmación de que ningún país respeta todos los derechos humanos y que en Cuba se aplican los suficientes, en educación y atención médica por ejemplo, lo que implica que nadie debería preocuparse por asuntos menores, como la ausencia de libertad de expresión, los presos políticos o las elecciones de partido único.

Cabe señalar que otra pregunta sobre la represión de las Damas de Blanco y de varios manifestantes pacíficos que las apoyaban, ocurrida un día antes de que Obama llegara a la capital, fue soslayada palmariamente por ambos mandatarios. 

Las preguntas sacaron a colación un tema esencial para la comprensión de lo que ocurre estos días en Cuba, pero lo hicieron de un modo deficiente. El gobierno cubano puede liberar hoy a todos los presos políticos y volver a llenar las cárceles la semana próxima. Fidel Castro solía hacerlo con cierta frecuencia. Les regalaba a sus ilustres visitantes —Jimmy Carter, el capitán Cousteau, el Papa Juan Pablo II, el presidente Mitterand—, el grupo de presos por los que habían intercedido. Unos días más tarde la policía política efectuaba una redada de disidentes y adquiría un nuevo lote de rehenes, en previsión de la próxima visita.

La pregunta adecuada sería, pues, ¿por qué se niegan las autoridades castristas a reformar la Constitución y el Código Penal de inspiración soviética, donde están codificadas las violaciones de los derechos humanos, de manera que las medidas represivas se aplican con total "legalidad"? Esas violaciones enquistadas en sus propias leyes contradicen los pactos que el Estado cubano ha suscrito con la comunidad internacional. Los derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad, consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Pactos Internacionales de 1966 (derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales) son prerrogativas vinculantes y no una lista de supermercado, en la que los gobiernos pueden elegir cuáles les conviene aplicar y cuáles no.

Puestos a indagar sobre la madre del cordero, alguien podría haber preguntado cuándo celebrará el Gobierno cubano las elecciones libres y equitativas que estipula el artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, con pluralidad de partidos y candidatos, para que los ciudadanos de la Isla y del exilio puedan elegir realmente entre varias opciones políticas y fijar nuevos rumbos para ese desdichado país. 

Pero nada de eso se planteó en la rueda de prensa y solo se esbozó en modo parabólico, con vagas alusiones y conceptos demasiado amplios, en el discurso que Obama pronunció al día siguiente en el teatro que el gran Miguel Tacón y Rosique hiciera edificar extramuros en 1838. Un discurso sin duda constreñido por el protocolo, en el que algunos temas estaban excluidos a priori y en el que Obama reiteró que su nueva política hacia Cuba se basaba en la constatación de que la anterior había fracasado. Borrón y cuenta nueva. A construir una Cuba próspera y democrática, bajo la mirada benévola del Estado socialista y el beneplácito del mundo.

Pero muchos analistas sospechan que, tras una presidencia mediocre, con notables vacilaciones en política exterior —Corea del Norte, Ucrania, Irán, Siria, Libia— Obama trabaja sobre todo motivado por la urgencia de asentar su legado histórico en América Latina. A estas alturas de la historia, llegar a ser el Adelantado de la reconciliación con Cuba y el Padrino de la paz en Colombia parece tarea más grata y sencilla que tratar de neutralizar las ambiciones de Putin, El Assad y Kim Jong Un.

El único gesto inequívoco de apoyo a las libertades y los derechos de los cubanos que Obama realizó durante su visita fue el de recibir públicamente a un grupo de opositores, en el que figuraban representantes de diversas tendencias políticas. Esa reunión, que ni el papa Francisco, ni el presidente Hollande se atrevieron a sostener, le honra y les transmite a los demócratas cubanos un mensaje de aliento y un amparo concreto ante la política represiva del régimen.    

En ausencia de las preguntas indispensables y sus correspondientes respuestas, la visita de Obama a La Habana será recordada por un discurso ambiguo, una reunión con disidentes, las fotos con la efigie del Che Guevara como telón de fondo, un juego de béisbol y, sobre todo, un lamentable pas de deux mediático entre un presidente legítimo en el umbral de la jubilación y un dictador decrépito aferrado a la poltrona.  Parafraseando la paráfrasis bíblica de Guillermo Cabrera Infante: habrá sido una feria de habanidades. 


 

Miguel Sales Figueroa preside la Unión Liberal Cubana y es vicepresidente de la Internacional Liberal

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Comentarios [ 2 ]

Imagen de Anónimo

Magnifico !.Gracias,.....,Rudy

Imagen de Plutarco Cuero

Excelente !!!