Sábado, 16 de Diciembre de 2017
11:55 CET.
Relaciones Cuba-EEUU

Conan O'Brien y John Kerry: lo yuma y lo gringo

El contraste entre las figuras del comediante Conan O’Brien y el secretario John Kerry merece un comentario. Bien vista, la ceremonia de izado de la bandera resultó superflua: Conan O’Brien se había adelantado al Departamento de Estado y, sin más preámbulos, aterrizaba en La Habana en traje de dril y zapatos caoba, con sus muy norteamericanos seis pies y cuatro pulgadas de estatura, un irlandés rojo con facha de leprechaun en busca de su botija de oro.

Ese americano "feo" —el Tío Sam para la era de la televisión por cable— pertenece a la América clásica, la América "blanca" de hace seis décadas. Pero lo americano no luce ya como un O’Brien debido a la creciente y acelerada latinización del país. Una imagen más moderna hubiese arrojado otro personaje: trigueño y levemente mexicano, como los hijos de Jeb y Columba Bush —"nuestros negritos" que dijera la abuela Bárbara—, o como Eva Méndez, la gusanita de la Pequeña Habana que se llevó a Ryan Gosling. Lo que regresa a La Habana con O’Brien y Kerry no es la Yuma vigente y actualizada, sino la América mosqueada de Wayne Smith y Fidel Castro.

Y está bien que así sea: los cubanos esperan, demandan de sus vecinos del Norte una cuota de extrañamiento, un corrientazo de alteridad, a pesar de que lo americano siga siendo, para nosotros, mucho más familiar y entrañable que lo latinoamericano. El personaje de Conan es, a fin de cuentas, otro estereotipo de nuestro repertorio folclórico, como "el negrito", "la mulata" y "el gallego": no lo que en Sudamérica se denomina "un gringo", sino lo que en Cuba se llama "un yuma", rara avis de la ornitología política.

Al contrario del "gringo", el "yuma" es un avatar razonablemente simpático e inocuo que puede ser objeto de nuestras puyas y parodias, no de nuestro odio. Conan, el bárbaro, llega de una tribu a la que el cubano adjudica poderes sobrehumanos: creatividad ilimitada y ciencia rayana en la ficción. De ahí que cualquier producto, idea o artefacto proveniente del Norte caiga automáticamente en la categoría de fetiche creado por los fabulosos "blancos-rubios-de-los-ojos-azules".

Si aplicáramos a la actual situación el método freudiano del chiste en su relación con el inconsciente, habría que recordar aquella latica de Vicks VapoRub con muestras de heces fecales que alguien dejó caer en camino al laboratorio, y que un cubano recogió y se aplicó en el pecho, solo porque "aunque huele a mierda y sabe a mierda" viene de la Yuma y tiene que ser bueno. Esta sana admiración, este racismo feliz, resultaría extraño y aún repelente a cualquier otro pueblo latinoamericano.

Al contrario de lo que expresara Kerry en su discurso inaugural, para un "yuma" del tipo O’Brien, los cubanos no somos "vecinos", sino parte principal del imaginario americano, una prolongación del territorio simbólico imperial. Querámoslo o no, hemos sido juguetes del Destino manifiesto —y si algo se manifiesta en la actual coyuntura es, precisamente, el espectro de ese destino.

O’Brien representa, además, todo un proceso simbiótico soterrado, un tipo de promiscuidad que permaneció en el clóset a la fuerza y que los políticos de ambos extremos se encargaron de negar como algo vergonzante. Para Cuba ha llegado el momento del coming-out, de la "salida del clóset". Se trata, nada menos, que de su declaración oficial de proamericanismo ("oficial" porque, en Cuba, hasta la negación de esa negación pasa por la oficialidad). Por fin Cuba es libre de expresar sus tendencias, sus preferencias y sus deseos más sórdidos.

Hay mucho de vergonzoso en esta actitud cubana, nuestro descarado proamericanismo, nuestro amor irreprimible por todo lo yuma. Es inconveniente y políticamente incorrecto: una atracción censurada por la tendencia regional al bolivarismo, el tercermundismo y las alianzas culturales origenistas. En ese sentido, la emancipación de la Cuba americanizada es un hecho positivo, sobre todo para los yumas. El resto del continente nos reprocha nuestra falta de interés, nuestro desánimo por lo latinoamericano. Pero no podemos fingir amor por una región caótica e irresuelta que se extiende justo debajo de nuestro horizonte de eventos.

Y está bien que así sea. Vivimos el quinquenio más importante de nuestra existencia nacional amancebados con lo americano, descolonizados por lo americano. Nuestro primer líder no fue José Martí, sino el gobernador Leonard Wood; nuestros grandes programas de salubridad y educación arrancan del gobierno del Mayor General John R. Brooke (el castrismo es la aberración de aquellos nobles propósitos). De allí parten los periodos electorales de cuatro años, una constitución moderna, nuestra dedicación al béisbol y el boxeo, y nuestro tan norteamericano desdén por el fútbol.

No de otra manera podía ser. La enseña que hoy ondea en la embajada de Washington DC no hizo más que regresar a casa, es una bandera "yuma". La concibieron en Nueva York unos cubanos esotéricos, poetas masones y patricios proamericanos. Mientras la diseñaban, consideraron poner un ojo abierto en medio del triángulo, pero la costurera protestó y lo cambiaron por la "estrella solitaria de Texas", the Lone Star recién anexada. La primera vez que ondeó fue en un barco de filibusteros que venía a liberarnos de otro fidelismo. El fracaso de la expedición de Narciso López en 1851 fue nuestra primera Bahía de Cochinos.

Kerry, en cambio, representa al típico "gringo": no un liberador, como Wood y Brooke, sino un interventor, a la manera de Charles Magoon y Sumner Welles. Su verdadero propósito es lo que hoy se conoce como "nation-building", construcción o reconstrucción nacional, por mucho que se empeñe en negarlo. Teddy Roosevelt y sus Rough Riders fueron más sinceros y efectivos en la definición de sus designios, sin contar con que, al contrario de la Cuba de 1898, la del 2015 necesita, además de la extirpación del castrismo, una cirugía plástica hollywoodense.

Pero Obama no es Roosevelt, ni Kerry es Wood, y tendremos que conformarnos con las modestas intenciones de una América irresoluta y guevarizada; una América que tampoco es la grotesca caricatura que profetizó Rubén Darío. Por el contrario, los papeles se han intercambiado y ahora es esta, cada vez más, la América india que "reza a Jesucristo y habla en español", mientras que aquella vieja América "nuestra", privada de Daríos, debe aceptar al Richard Blanco que Obama nos endilga como si fuera un Indio Naborí.


Este artículo apareció en NDDV. Se reproduce con autorización del autor.

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Comentarios [ 57 ]

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Tomeitos, Tomatoes; Poteitos, Potatoes... Who cares?

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No, la izquierda procastrista no busca puntos de contacto entre fidelistas y gusanos porque piensa desde el bando fidelista y se imagina como lo contrario del anticastrismo. El problema del exilio histórico es que se piensa como bando contrario al castrismo desde las mismas categorías históricas oficiales, como evidencia este artículo.

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Quiero decir: "Policing the Exiles

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¡Qué original! El académico se dedicará a estudiar los puntos de contacto entre pensadores "gusanos" y "fidelistas", pero, ¿no es esa la premisa falsa de cualquier intelectual procastrista? Por lo demás, esta discusión boba y unilateral solo me produce bostezos. Es como hablarle a un alumno no muy avantajado de un Club de Debate en alguna prepa, quizás en Sinaloa. Noto una rigidez y una casposidad, una falta de sentido del humor que solo puede provenir de un maestrico de escuela latino. En cuyo caso le sugiero un par de títulos en inglés –el idioma de la academia– para su "estudio" comparativo: 1. "Policing the Exilies in the Digital Media". 2. "How to Organize a Virtual Repudiation Act for Non-Academicians".

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Díaz de Villegas y Machado Ventura no se parecen pero piensan igual. De hecho en las últimas semanas han dicho más o menos lo mismo, aunque con prosas distintas. Ese es el fenómeno que valdría la pena estudiar. Cómo la intelectualidad del exilio histórico reacciona de un modo muy parecido a la nomenklatura más reaccionaria de la isla ante el restablecimiento de relaciones.

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todo esto se resuelve a lo gringo o al Yuma con Donald Trump en el Malecón echando pestes de la ley de ajuste y los pies secos o mojados.

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La lista de ilustres académicos, de Heidegger a Barzum, es primero una lista de genios, de grandes escritores, de grandes hombres, en ese caso Nietzsche y Nabokov también fueron académicos. Pero existe la pequeña mentalidad académica del mediocre, que no va más allá de las listas de nombres y títulos, y que se corresponde mejor con el perfil de un Pnin que de un Foucault. 

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Si Machado Ventura pudiera pensar como el escritor de este artículo, Cuba ya sería libre! Algunos lectores interesados han querido ver en este trabajo una coincidencia de puntos de vista entre castristas y "gusanos" o "exilio duro" (categorías castristas), pero ese es solo un a priori del comentarista interesado, un estereotipo ideológico muy manoseado por la izquierda procastrista ("¡son lo mismo!"), se trata de ponerle ese zayón a la fuerza al escritor, creyendo que los lectores que antes ha tildado "ignorantes" morderán el anzuelo. Creo que a esos comentaristas interesados les falta lo que le sobra al artículo de N, dialéctica, experiencia e independencia de criterio, y un pensamiento original. La formación marxista de muchos historiadores los mantiene encadenados a las consignas, las pràcticas y los valores de la propaganda revolucionaria. Pero no hay menos menos parecido a Machado Ventura que NDDV, decir lo contrario es hacer política, no historia.

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La tesis central de la historia oficial cubana del castrismo durante 56 años ha sido que antes de 1959 Cuba fue una colonia de Estados Unidos. Eso es lo mismo que dice este artículo. La idea del articulista sería que ahora Cuba vuelve a ser colonia de Estados Unidos pero, a diferencia de en el periodo republicano, sus colonizadores no son buenos, como Wood, Magoon y Sumner Welles, sino malos como Obama, Kerry u O'Brien. ¿Por qué son malos? Porque son demócratas, es decir, comunistas. De manera que lo que se desprende del artículo es una especie de neocastrismo, es decir, un antimperialismo antiobamista. La coincidencia con Machado Ventura es evidente.

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¿Insulto, verdades? ¿Y ese es el lenguaje de quienes se creen dueños de la imaginación y que luchan por acreditarse la triste gloria de un artículo? Qué triste ¿Académicos con imaginación? Miles: Martin Heidegger, Roger Caillois, Michel Foucault, Jacques Derrida, Hannah Arendt, Simon Schama, Jacquez Barzun... La lista es extensa. Esa academofobia no se le la cree nadie enterado de los temas de la cultura contemporánea y sólo denota frustración e ignorancia.