Domingo, 17 de Diciembre de 2017
15:08 CET.
Sociedad

La Cuevita, paraíso de la bolsa negra, atraviesa días aciagos

"Blumers, ajustadores, perfumes, zapatos, sortijas", se escucha decir al atravesar un callejón aunque no se vea ni un producto. Ahora la venta es dentro de las casas. Quienes se arriesgan, muestran los artículos en los cuartos, sobre sus camas.

Durante más de un año, al atravesar varias calles de San Miguel del Padrón, se podía comprar lo que se buscara o quisiera [Ver ubicación en el Mapa de Noticias de DDC].

"En enero el Estado decidió declararnos más ilegales de lo que ya éramos", dice una de las vendedoras clandestinas, "pero aquí sigue habiendo de todo; caja de muerto, si es lo que estás buscando".

Una vez más, el Gobierno en vez de negociar, decidió reprimir. La Cuevita lleva aparentemente seis meses cerrada.

"Todo empezó con un run run", comenta Alberto. "Y en enero todo el mundo pensó que se armaría una buena, pero nada. Nadie protestó".

"La gracia era bajarse unas cuadras antes, atravesar el barrio para que la Policía no te detuviera", dice Adriana. "Pero podías comprar de todo. Había garajes completos de perfumería y aseo, tan llenos como nunca estará una tienda del Estado".

"Eso fue envidia, muchacha", dice otra vendedora. "No ves que le hacíamos tremenda competencia y nos llevábamos toda la mascá", agrega para referirse a las ganancias y a los impuestos que no podía cobrar el Gobierno.

Era un mercado abastecido por importaciones traídas de Ecuador, Miami, Perú y por los talleres clandestinos de plástico, costureras, zapateros, perfumistas.

"Si encuentras una fábrica clandestina de cualquier cosa: de muñecos plásticos, de perfume, de champú, lo mejor es hacer la vista gorda y seguir", dice un hombre que no quiere identificarse con su nombre porque tiene miedo. "No estoy hablando de dos o tres personas confabuladas para hacer cosas ilegales, detrás de cada fábrica de plástico hay gente que no quiere perder su negocio y que serían capaces de hacer cualquier cosa".

"¿Tú crees que los policías de la zona no saben dónde están las fábricas? Claro que lo saben. Pero para llamar las cosas por su nombre, es una mafia lo que hay alrededor de un negocio que da muchísimo dinero. Más del que se piensa", añade.

Mariela es otra persona con miedo que apenas se atreve a contar lo que una vez vio: "Yo tuve un marido que trabajaba haciendo muñecos. Además de tener la barriga toda quemada porque, como los moldes son de calamina, se les revientan cada una cantidad determinada de muñecos, tenía peste a quemado todo el tiempo, aunque se bañara".

"Esa gente no son héroes, pero se les tiene miedo en el barrio. Tampoco puedo decir que sean bandidos porque no le están robando a nadie. Es un lugar donde la gente tiene su propia bandera. Se pueden delatar entre ellos o ser extremadamente leales", concluye Mariela que cree que ya ha hablado demasiado de un tema que puede traerle consecuencias en el barrio.

En los callejones de la Cuevita todo parece menos terrible. Pudieran considerarse hasta folclóricos: hileras de casas bajitas de madera o mampostería separadas por un camino mohoso de metro y medio de ancho; el olor a tierra mojada de fosa o a desagüe improvisado con cámara de camión, y gente negra, en su mayoría, ofreciendo sus productos.

Los vendedores son asequibles si no haces demasiadas preguntas y dejas que la conversación fluya por cursos naturales. Todo el que no sea identificado como "del barrio" es mirado con extrañeza. No hay más categorías posibles. De un lado ellos y del lado contrario, los otros, que si no compran son más extraños todavía.

"Aquí venía todo el mundo", dice una vendedora mientras enseña unos blumers a una clienta. "Hasta el policía vestido de civil para que no lo reconocieran. Aquí la gente venía a comprar el regalo para los días especiales porque sabía que con poco se llevaban bastante. Ahora nos jodimos todos".

"A mí me estafaron con un aromatizante", cuenta Lucila, quien pese a la mala experiencia sigue yendo cada vez que puede. "Después me di cuenta que era que no sabía ciertas cosas".

Aun hoy no se le puede comprar a cualquiera. Algunos vendedores aconsejan a quién evitar, por la seguridad del cliente. Pero ahora los mismos que alquilaban sus casas para vender, se paran en la puerta a mirar cómo desfilan los compradores calle abajo.

Los que pudieron, decidieron pagar licencias que no contemplan productos industriales ni de importación. El Estado ha habilitado un espacio para ellos.

"¿Tú crees que no siguen vendiendo cosas de tienda?", dice un cliente que compra piezas de plomería. "Siguen siendo los mismos ilegales de siempre, pero quizás son más inteligentes. Les pagan al inspector si los cogen y siguen adelante".

"A mí no me preguntes que yo estoy a favor de todo lo que surja en contra", dice Samuel y agrega: "La Cuevita fue durante mucho tiempo el paraíso de la bolsa negra en Cuba. Ahora no sé qué es".

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Comentarios [ 3 ]

Imagen de Anónimo

Como se inventan uds los dialogos. A la cara.

Imagen de Anónimo

Una verdadera "Corte de los Milagros"... ¿Por qué no incluyen La Cuevita (¿del Humo?) en los recorridos turísticos, como la Casbah de Argel o los zocos marroquíes?

Imagen de Anónimo

Hacen falta muchos más Samueles en Cuba...