Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Opinión

Cambios para un parque temático

Hay un capítulo de Los Simpsons en el que Homero, el señor Burns y Smithers viajan a Cuba con un billete de un trillón de dólares. En ese capítulo le escuchamos decir a Fidel, antes de quedarse con el dinero: "Camarada nuestra nación está en la ruina, no tenemos más opción que abandonar el comunismo [expresiones de lamento]. Lo sé, lo sé. Pero sabíamos desde el principio que esto no funcionaría".

El Gobierno cubano se enojó, y mucho, con Matt Groening. Pero el Fidel real (cuánto hemos discurrido durante los años del socialismo real sobre originales y copia, acontecimiento y simulacro) no tardó en coincidir con su caricatura. Ocurrió durante su único discurso público de 2010, en la Universidad de La Habana: "Entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o alguien sabía cómo se construye".

Como en "El otro", el cuento de Borges, una distancia que no es solo del orden temporal separa al Comandante que en 1961 se consideraba "un revolucionario perfecto" del octogenario de la autocrítica generalizada. (En un país en el que se lo invocaba al grito de "Comandante en Jefe: ordene, donde sea, lo que sea, para lo que sea", sin embargo el error lo cometen "todos"). Fue Fidel, entonces, el que saldó el debate: el castrismo había fracasado. De lo que se trataba, en adelante, era de resguardar jirones (oh, ¡Girón!) de las conquistas, en especial cierto margen de independencia política en el inexorable mundo procaz de la integración al mercado mundial.

También hace cuatro años, Raúl Castro, el general de la sinceridad inequívoca (llegó a hablar de "mi amigo, el georgiano", en alusión a Stalin, en 1989, para justificar ejecuciones sumarias del general Arnaldo Ochoa y el ranger Tony de la Guardia), confirmó que el desparpajo no le impide cierta clarividencia. Dijo entonces Raúl, al defender sus reformas económicas, que Cuba se enfrentaba a una encrucijada: "O rectificamos o nos hundimos".

Iván de la Nuez, uno de los más lúcidos intelectuales cubanos nacidos tras la victoria revolucionaria, advirtió de inmediato lo que subyacía en el razonamiento: "el problema —y después de medio siglo en el poder Raúl Castro tiene que saberlo—, está en la paradoja que encierra su agónico imperativo. Es cierto que si el Gobierno no rectifica, se hunde el país. Pero si rectifica en profundidad, se hunde el Gobierno".

Poco y nada cambió internamente desde 2010, cuando los hermanos dijeron lo mismo con otras palabras. La contradicción sigue allí, imperturbable. Lo nuevo tiene que ver, por estas horas, con el histórico gesto recíproco entre La Habana y Washington que debería llevar, más temprano que tarde, a la normalización de las relaciones bilaterales y el levantamiento de las sanciones comerciales vigentes desde 1961.

Las señales no llegan en cualquier momento de esta historia de enemistad. La sensación de urgencia, aunque en escalas diferentes, es compartida a uno y otro lado de la corriente del Golfo que separa a los dos viejos enemigos. La caída del precio del petróleo y la crisis que esto provoca en Venezuela y Rusia, dos aliados de La Habana, obligan al castrismo a imaginar con mayor premura horizontes que reemplacen a estos proveedores.

De otro lado, los empresarios norteamericanos están mirando, como simples testigos, cómo se reconvierte la economía cubana. En los últimos meses, The New York Times repitió el reclamo al Departamento de Estado: se necesita avanzar en la era del pragmatismo. "Washington podría empoderar el campo reformista al facilitar que los empresarios cubanos obtengan financiamiento externo y formación empresarial", dijo el pasado lunes. Para ese diario estadounidense "es poco probable que esa estrategia sea exitosa, a menos que Estados Unidos abandone su política de cambio de régimen. A pesar de que la transformación económica de Cuba está avanzando lentamente, bien podría conducir a una sociedad más abierta".

La intransigencia de Washington con Cuba solo le ha servido desde el giro político regional para aumentar la distancia con una América Latina donde China gana terreno. El gesto de Barack Obama es, aunque no se diga, un gesto hacia esa región que ya no tutela. Obama tuvo que reconocer que medio siglo de hostigamiento comercial no ha servido para nada. Solo encontró una utilidad victimizante en La Habana: los Castro responsabilizaron a las agresiones de Washington (que existieron, ¿quién se atrevería a negarlo?) de todo lo que se hacía mal en la Isla (y cuando se dice todo quiere decir eso: todo). Eso no es cierto. Durante los años de alianza estratégica con Moscú, Cuba utilizaba mayor cantidad de fertilizantes y tractores por hectárea que los farmers norteamericanos. Pero no podía resolver los problemas alimentarios ni la escasez crónica. El bloqueo siempre obturó las discusiones. ¿Qué sucedería el día después? No faltarán los que digan que las cosas iban mejor con el antagonista.

Parte de la elite norteamericana ha entendido hace mucho que el hundimiento del castrismo, más que un triunfo, significaría un problema mayúsculo: dispararía una estampida de cubanos a Estados Unidos. ¿Más latinos? ¡No! Es esta burocracia militar, en permanente estado de reacomodo y acumulación, la única capaz de llevar adelante la transición cubana y llegar a un entendimiento con una parte del exilio. El sector más recalcitrante del anticastrismo, como era de esperar, ha reaccionado del modo contrario.

El tema cubano se mete además en la interna del Partido Republicano. El senador Marco Rubio dejó entrever su inconformidad con los anuncios. Pero no todos comparten esa aversión de décadas: aunque de modo menos estridente, empieza a ser cada vez más compartida en EEUU la idea de que al castrismo, remozado desde que Raúl se hizo con el poder y puso en marcha reformas que nadie habría imaginado con Fidel al mando, no se lo derrota con la CIA sino con la SEARS, la famosa cadena comercial, con la que los espías comparten algo más que una analogía fonética: "Find something great!", anuncia el buscador de la mega tienda y, quizá, en esa consigna, se encuentre una de las razones de este cambio.

Volvamos a 2010. Ese año se estrena una película cubana "serie B" que nos dice algo sobre este presente: Juan de los muertos es una suerte de símil jocoso de The Walking Dead. Cuba es invadida por zombies, a los que primero se los llama disidentes, porque en Cuba por décadas no se encontró otra manera de definir la alteridad. Uno de los protagonista se va cuando se expande la plaga: "Allá vas a tener que trabajar para ganarte la vida. ¡Esto va a pasar!", le advierte Juan. Su amigo duda: "¿Sí? ¿Y si se meten así otros 50 años más?". Los zombies se convierten al final en mayoría: la mutación es inevitable. La metáfora de lo muerto viviente también. Eso es el socialismo caribeño, cuyo segundo ingreso económico son las remesas familiares. De lo que se trata ahora, para salvar o hundirse o, mejor dicho, para hundirse y salvarse, es que ese flujo monetario crezca y ayude a recapitalizar la Isla.

Curioso el momento en que ocurren los cambios. Me gustaría citar, para este final, el reciente libro de De la Nuez, El comunista manifiesto (Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2013). De la Nuez dice que es ahora —cuando se da por muerto y enterrado—, que el comunismo sale del sarcófago y consigue apuntalar la frase con la que se anunció: "un fantasma se cierne sobre Europa…". Si lo propio de los fantasmas —los zombies de ayer—, según los diccionarios, es aparecer después de la muerte, entonces no es antes del comunismo —período en el que Marx y Engels despliegan la metáfora—, sino a posteriori, cuando podemos hablar de este espíritu tan temible: "de modo que únicamente después del derribo del Muro de Berlín es cuando el comunismo se convierte en un fantasma que recorre Europa; el espectro de un mundo muerto que insiste, con ardides muy dispares, en tirar de los pies a los que han sobrevivido".

El que resurge hoy, añade De la Nuez, es un comunismo de baja intensidad. Derrotado en lo político, se ha refugiado de forma paulatina en una cierta comodidad estética. Hay, de hecho, un género, el Eastern, y una forma de expresión melancólica, la Ostalgia, a la que Cuba, la Cuba profunda, no es ajena. La revolución solo permanece como parque temático. Sobre ese territorio, ese mapa, se desplegarán los cambios.

 


Este artículo apareció en la revista Panamá. Se reproduce con autorización del autor.

Comentarios [ 1 ]

Imagen de Anónimo

No creo que el "mapa" no es la nostalgia, pero la pasividad bovina de la gente, que le permitirá a los gorilas castristas pasar el poder a la nueva generación de verdugos y ladrones, y luego morir apaciblemente en sus lechos.  PolO