Lunes, 26 de Septiembre de 2016
16:31 CEST.
Sociedad

Choriceras de un regreso

Mientras me encontraba en la Terminal 1 del aeropuerto Adolfo Suarez de Barajas, una mujer algo distraída me preguntó: "¿Dónde está la puerta A-22?", a lo que respondí que justo a sus espaldas una valla lumínica de dos metros de ancho lo anunciaba. "¡Ayyy, que torpe soy!", exclamó sorprendida y sonriente, y en fracciones de segundo acomodó trasero y equipaje a mi lado. A la par nos presentamos acorde al protocolo aeroportuario: "venezolana que se dirige a Caracas, cubano que regresa a La Habana". Seguidamente detonó otro bombazo: "¡Ojalá que no se caiga el avión y que Dios nos proteja!" "¡Vale!", prorrumpí con acentuación hispano/cubiche.

"Al menos tendremos ocho horas de preocupación", arremetió nuevamente. A lo que otra señora sentada en las proximidades rectificó que "serán nueve porque hacia allá, la oposición de las corrientes de aires son más fuertes y frenan al avión". Por supuesto que nos referíamos al mismísimo occidente que desde el Paseo de la Castellana aún fisgonea la estatua del almirante Cristóbal Colón.

Luego sucedió lo que tenía que suceder entre cubanos y venezolanos: empezamos a guillotinar al sistema castro-chavista con nuestras experiencias de primera línea, saliendo a relucir entre otras tantas calamidades causadas por el socialismo, el estado catastrófico de la industria azucarera cubana, el microscópico tamaño de las cabezas de ajo y las cebollas y sus altos precios, además del fichaje dactiloscópico para comprar en los supermercados caraqueños.

Juntos evaluamos el desgarrador vídeo donde más de 500 automóviles hacían fila para comprar gasolina en el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. "¡Qué patria!", exclamaba la señora mientras accionaba el replay del móvil que mostraba la filmación entretanto un clon del funcionario cubano Iroel Sánchez ―si no era él mismo― nos lanzaba dardos con la vista.

Luego saltamos a Pablo Iglesias ―el líder del partido Podemos― empeñado en instaurar en España el mismo sistema que criticábamos hasta el desguace. "Pero ya empezaron a meter las manos antes de tomar el poder" ―volvía a meter la cuchareta la señora de al lado, refiriéndose al lugarteniente del susodicho Iglesias, quien ya retozó jugando a la corruptela, "cuando cobró una investigación que nunca hizo en la Universidad".

Como si fuera un código de obligatorio cumplimiento, otro cubano levantaba la voz para pedir a gritos que le dijeran cuál era la tecla para mandar a la mierda la máquina que le había estafado "10 pavos por una Coca-Cola". Tras el exabrupto, los altavoces llamaron al vuelo de Air-Europa con destino a La Habana. Por supuesto que el "colado" en la fila, estuvo a la orden del día.

Nueve horas después

Postrado en mi asiento soporté durante nueve horas de viaje el peligro de sucumbir aplastado por las azafatas y niños que corrían por los pasillos del Airbus. Me conformé con leer y releer las páginas de un ejemplar del periódico El Mundo, que pude capturar en el umbral de la aeronave.

Más tarde, la pantalla comenzó a representar la ubicación geográfica del avión y le solicité a un compañero de viaje que me avisara tan pronto se divisaran las luces de La Habana. Pero nunca aparecieron. Al aparecer hubo otro apagonazo, lo que no sería de extrañar. Y, no sé por qué, rememoré los altavoces del metro de Madrid, pero esta vez advirtiendo: "Próxima estación… Villa Miseria".

Con el estrechón de los neumáticos en la pista y la aceleración de los motores en reversa, alguien exclamó: "¡Ayyyyy, ya estamos en Cuba!", y estallaron cerrados aplausos. Sin embargo, a mis espaldas alguien susurró: "masoquistas".

Cuando llegué a la molotera del control de inmigración, cerca de un millar de personas esperaban que oficiales revisaran pasaportes, formularios de embarque, nos lanzaran fotos y preguntaran si habíamos estado en algún país africano con ébola. El ceremonial tardó cerca de dos horas.

Tras capturar el equipaje en la estera, una oficial de la Aduana me indicó que subiera mi bulto a una mesa para revisarlo, a causa de que los rayos x detectaron sendos chorizos. De la misma forma confirmé que el candado que cerraba el bolso fue abierto y supuse que me habían robado, o peor, que me habían puesto una carguita de cocaína para joderme y sacarme por la prensa, tal y como le pasó al tipo que trajo de Panamá un alijo de piezas para motocicletas.

Pero las aduaneras sólo querían los dos chorizos, y finalmente se los di, no sin antes preguntarles por qué al agente Fraile lo dejaron pasar con dos libras de explosivo C-4 y, a mí, no me dejaban introducir dos inofensivos chorizos. Ante mi inquisidora mirada solo permanecieron tres monitos; no hablaban, ni oían, ni veían: Mini, Mani y Moe.

Firmé el documento que oficializa el decomiso acorde al Decreto Ley 137/93, una regulación sanitaria que contrasta con la proliferación de dengue, malaria, cólera y chikunguña, que inundan y azotan la Isla. Luego lanzaron mis dos chorizos a un supuesto contenedor de "basura", aunque aseguro que finalmente, alguien les pasaría la lengua como a un pirulí.

Ya afuera, junto a mi esposa, abordé el automóvil del cuñado para enfilar hacia el Vedado por la tenebrosa Avenida Boyeros. La iluminación pública irrumpió casi a la altura del conocido "bidé de Paulina", versión de Cibeles cubana, pero sin carruaje, leones, banderas, agua ni luces.

¡Sorpresa! Al llegar a la casa saqué el tercer chorizo, que no había sido detectado por los sabuesos de la Aduana, gracias a una envoltura de ropa. Inmediatamente llamé a mis viejos para decirles que pronto se cumplirían sus deseos de comerse una garbanzada hecha con un auténtico chorizo español.

Al día siguiente, les narré algunos pormenores del viaje, entre ellos el paradójico vídeo que mostraba la cola de más de 500 automóviles para comprar gasolina en Venezuela. Entonces mi madre, de 85 años, que acababa de apagar la Mesa Redonda, me preguntó: "Hijo, ¿ese vídeo será de verdad?". Tras escucharla, no me quedó más remedio que apoyar el espinazo al butacón, mirar al techo y responderle con una carcajada.

Comentarios [ 5 ]

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Cierto, en la aduana cubana matan a cualquiera por una lata de carne rusa,jejeje...

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jajajaja muy bueno. Más nos vale reirnos. Si soy yo....y me cogen encabronao me saco el rabo y les meo los chorizos. Aqui en Miami he conocido gente que se pega cuatro o cinco libras de jamón serrano en la espalda. Ancianas he visto con pamelas llenas de gangarrias, mujeres que se ponen zapatos de hombre 5 tallas mayores. Ajustadores llenos de chicle, en fin..

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jajaja...y pensar que eso es cierto. Así mismo. Las aduaneras muertas de hambre le metieron mano al chorizo ahí mismitico, en el aeropuerto....jajaja... Viva la buena fabada, coño!

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Me gusto el articulo, me recordo lo que pasa cuando uno llega cargado de ilusiones, es una buena manera de volver a la cordura y saber lo que nos espera al llegar: Unas ganas tremendas de regresar

Imagen de Anónimo

Es lo que hacen los verdaderos periodistas: aprovechar sus estancias en otros países y contarlas, en este caso de una manera muy divertida. Hablando de chorizos españoles, un vecino de mi barrio, no sé cómo, siempre conseguía unas latas redondas de chorizos asturianos, cada una traía de cuatro a cinco chorizos, que alcanzaban para cuatro o cinco buenos potajes. Las vendía a 5 fulas. Cuando se acababan los chorizos, con la manteca colorá podías seguir sazonando, freír un huevo echársela por encima a papas hervidas, si era época de papas.