Lunes, 18 de Diciembre de 2017
11:45 CET.
Opinión

Los Castros y los campos de concentración

Uno de los mayores enigmas de la infancia, la adivinanza sobre el huevo, hablaba de un ente que todos sabían abrir pero que nadie sabía cerrar. Mariela Castro, en una reciente entrevista, plantea el acertijo opuesto, acerca del ente que nadie pudo haber abierto: las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

Como siempre que un periodista extranjero indaga sobre estas siglas, ella se apresura a exculpar a su tío paterno y a su padre. La directora del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) asegura que el único vínculo de Fidel Castro con esos campos de concentración consistió en clausurarlos, en ponerle fin a los horrores que allí se padecían. De modo que su tío no fue autor de aquellos establecimientos, sino el comandante de las fuerzas aliadas que, en su avance, cortaron las alambradas electrificadas.

Hubo, según ella, una investigación emprendida por la dirección política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) que dictó el cierre de los campos. Esa comisión investigadora añade un aire de inocencia al ejército y hace entrar en la historia, tan salvífico como su hermano mayor, a Raúl Castro. Así pues, hay que agradecer a los hermanos Castro que liberaran a homosexuales y otras minorías de los campos de concentración del régimen de los hermanos Castro.

Décadas después de aquella comisión investigadora militar, existió también una del CENESEX encargada de esclarecer lo sucedido. Sin embargo, pese al trabajo de ambas comisiones, la responsabilidad política en la apertura de las UMAP continúa sin adjudicarse. Los archivos ministeriales no destilan firma alguna ni parecen conservar prueba de las debidas instrucciones.

Rudolf Diels, jefe de la Gestapo, dijo de los campos nazis: "No existe ninguna orden ni ninguna instrucción en el origen de los campos: estos no han sido instituidos, sino que un buen día estaban ahí". De manera semejante, un día estaban ahí, en medio de la Isla, los campos de concentración. (Con la frase de Diels no pretendo hacer equivaler el sistema de campos alemanes y el sistema de campos cubanos.  No hablo, por supuesto, de campos de exterminio.)

Sin dejar de reconocer lo injusto de tales instituciones, Mariela Castro procura esfuminar la responsabilidad política sobre ellas. Así que no es aventurado conjeturar que los comisarios políticos, oficiales, sexólogos, sociólogos y psicólogos que conformaron las dos comisiones oficiales de investigación —MINFAR y CENESEX, bajo la dirección de padre e hija respectivamente— partieron del presupuesto de que los campos, al decir de Diels, ya estaban allí.

Por lo que a ella atañe, lo crucial de todo este asunto se centra en el episodio de hace un par de años, cuando su tío paterno cometió la imprudencia de responsabilizarse a sí mismo por la existencia de los campos de concentración. Balbuceando su arrepentimiento ante una periodista mexicana, Fidel Castro pudo convertirse en el delator de toda la familia. Puso en peligro el privilegio de los Castro de no ser juzgados, de no tener que dar explicaciones.

Desde entonces, hablar de las UMAP se ha convertido para Mariela Castro en el acto de desmentir tal confesión, de atajar la brecha abierta por su tío. Desde el margen que le presta su especialidad, desde su patronazgo de las minorías sexuales, desautoriza la versión de este. Cada vez que le mencionan esas siglas, se ve obligada a salirle al paso al mismísimo Fidel Castro.

Porque todo lo relacionado con las unidades militares de ayuda a la producción o los campos de concentración es asunto pendiente para ella, su padre y su familia. Porque constituye una posible amenaza del futuro, de un futuro que intentan abortar o retrasar lo más posible con tal de no verse, como ocurriera al más anciano de ellos, dando explicaciones, aceptando responsabilidades, pidiendo perdón. Y no precisamente por decrepitud, no precisamente ante una reportera cómplice de La Jornada.

A los ojos de Mariela Castro y de los suyos, la autoinculpación de Fidel Castro por las UMAP debió parecer un acontecimiento llegado desde el postcastrismo. Desde un tiempo posterior a cualquier variante de castrismo.

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