Sábado, 16 de Diciembre de 2017
10:28 CET.
Sociedad

De papá Estado al timbiriche

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"Sálvese quien pueda, que papá Estado yo no da más", es la frase que tal vez mejor exprese el significado de la "actualización" del modelo económico cubano, ese tímido y lento proceso que tantos llaman "reformas de Raúl Castro".

La frase es una especie de versión caribeña, más prosaica, de la definición que a escondidas del general Jaruzelski daban los polacos del comunismo en los años 80: "Un largo y tortuoso camino que va del capitalismo al capitalismo".

Es clave tener en cuenta que la autorización raulista de oficios por cuenta propia —todos artesanales, ninguno universitario— es, en realidad, un regreso al 13 de marzo de 1968, cuando Fidel Castro decretó la confiscación de los 57.280 pequeños negocios que aún funcionaban en la Isla y eliminó, así, el 100% del sector privado.

Ya casi se olvida que en la Cuba castrista hubo pequeños negocios durante nueve años, hasta aquella tarde fatídica de 1968, y que durante casi dos años hubo economía de mercado, hasta que en octubre de 1960 fueron confiscadas todas las grandes y medianas empresas, medida con la cual Castro hizo trizas el socialdemócrata "Programa del Moncada" prometido desde 1953, que no contemplaba la estatización de la economía.

En su alocución de aquel 13 de marzo, Castro calificó a los cuentapropistas de "holgazanes en perfectas condiciones físicas, que montan un timbiriche, un negocio cualquiera, para ganar 50 pesos todos los días". Y remató: "Debemos ir proponiéndonos, firmemente, poner fin a toda actividad parasitaria que subsista en la revolución..., ¿vamos a hacer socialismo o vamos a hacer timbiriches?"

Los enemigos de las reformas

El timbiriche "parasitario" está de vuelta cuatro décadas después por razones de fuerza mayor, ajenas a la voluntad de los Castro. Pero, ¿es esta la solución para sacar a Cuba de las ruinas en que la convirtieron el estatismo a ultranza y los disparates del Comandante en Jefe?

Para empezar, el cuentapropismo no es otra cosa que el tipo de economía rudimentaria que existía en el mundo antes de que al compás de la revolución industrial se iniciase en el siglo XVIII la edificación social que hoy conocemos. El viaje del hombre a la luna y el extraordinario avance económico, tecnológico y científico logrado por la civilización, corriendo ya el tercer milenio, no son hijos del pequeño taller artesanal y el timbiriche comercial de los tiempos de Juana de Arco.

La modernidad no fue obra de masajistas, entrenadores de perros, amoladores de tijeras, vendedores de coquitos acaramelados, payasos para fiestas, cartománticas, reparadores de colchones viejos, cuidadores de parques, o floreros —oficios todos muy respetables—, sino de la inversión de capital en gran escala, la aplicación de nuevas tecnologías, el empleo masivo y la elevación constante de la productividad del trabajo.

Eso en China y Vietnam lo aprendieron bien tras su experiencia estatista. Por eso, estos países se han abierto a las inversión extranjera sin trabas, permiten grandes empresas privadas, entregan la tierra a los campesinos para que produzcan y vendan libremente sus cosechas. Y de naciones semifeudales que eran hace 30 años, hoy son dos de las de mayor ritmo de desarrollo socioeconómico a nivel mundial.

Pero en Cuba eso no ha ocurrido por una simple razón: en China las reformas económicas fueron emprendidas solo después de la muerte de Mao Tse Tung, el "Gran Timonel" del comunismo nacional; en Vietnam fueron iniciadas tres lustros después de la desaparición de Ho Chi Minh; y en la Unión Soviética, la perestroika y el fin del comunismo no fueron propiciados por Leonid Brezhnev o sus breves relevos igualmente cavernarios, sino por Mijail Gorbachov, un audaz reformista más joven y mucho menos atado al pasado soviético. En Cuba, en cambio, gobierna la misma dinastía familiar que en 1959 tomó por asalto el poder, al que sigue aferrada contra viento y marea.

Los hermanos Castro se oponen a cualquier reforma económica seria, y no para evitar que el "capitalismo explotador" regrese a la Isla, tal y como reza la propaganda, sino para no perder un ápice del control total que tienen del país y de cada ciudadano, lo que les permite a ellos, sus familias, el generalato y el resto de la cúpula dictatorial, vivir la dolce vita.

Es decir: no pueden esperarse verdaderas reformas en Cuba mientras gobiernen los hermanos Castro. No obstante, con medio siglo de retraso y la nación en ruinas, ambos dinosaurios admiten de hecho que el estalinismo fue un error, y guardan en el closet el discurso ideológico-paternalista de que en el socialismo el Gobierno garantiza un empleo estable a cada ciudadano sin el temor a perderlo en una crisis económica cíclica, además de suministrar a todos alimentos subsidiados, y brindar gratuitamente salud, seguridad social, educación, cultura, etc.

Así las cosas, para hacer más racional el modelo económico socialista, serán despedidos más de un millón de trabajadores estatales (tarea que ha sido aplazada para no echarle demasiado vapor a la caldera social y provocar la desestabilización del régimen), sin que haya aún un sector privado que pueda asimilarlos. Ya se cierran los comedores obreros y se van suprimiendo todas las gratuidades. La libreta de alimentos subsidiados desaparecerá lentamente y se harán más "racionales" los servicios médicos, la educación, los deportes y la cultura. Las empresas no rentables serán cerradas.

Surgen aquí algunas preguntas que circulan en las calles cubanas.

¿Dónde quedan las promesas altisonantes del paraíso en la tierra dibujado por Marx y Lenin en el que el Estado patriarcal daría bienestar a todos por igual? ¿Tenían los cubanos que empobrecerse dramáticamente y carecer de las más elementales libertades en aras de "construir" una utopía que siempre fue la gran estafa de una casta militar sedienta de poder? ¿Ha valido la pena tanto sacrificio para al final volver al "decadente" capitalismo?

No importa lo que se diga de los "cambios" que propician la venta de casas o la posibilidad de viajar al extranjero. Lo cierto es que en Cuba no hay reformas económicas reales. Para que las haya deben ser liberadas las asfixiadas fuerzas productivas de la nación y abrirse las puertas al capital extranjero.

Obviamente, dada la pobreza imperante, los cuentapropistas han de hacer más llevadera la vida en la Isla. Serán como una aspirina: no curarán, apenas aliviarán el dolor.

En Cuba, a lo que asistimos es a la lentísima transición del Papá Estado al timbiriche acribillado a impuestos que a duras penas subsistía en la época de Los Tres Mosqueteros.

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