Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
17:23 CET.
Opinión

¿Por qué sigue preso Carromero?

Las recientes declaraciones de Esperanza Aguirre reclamando el indulto de Carromero encaminan los proyectores de la actualidad hacia un problema que esconden las escenas actuadas por los personajes de esta ridícula trama, mientras tras las bambalinas siguen agitándose las verdaderas manos invisibles que han conformado las relaciones entre Cuba y España desde que la Isla se "independizó" de la metrópoli.

Esta situación movería a risa si no estuviésemos hablando de la muerte de varias personas el pasado mes de julio, en circunstancias que hasta el momento pudieran calificarse —por lo menos— de confusas. Una de ellas, Oswaldo Payá, llamado a jugar un importante papel en una Cuba post castrista, porque gozaba de un capital político aceptado entre los grandes hacedores de destinos latinoamericanos y mundiales en la actualidad.

Todos los interesados esperaban con expectación la liberación de Carromero para saber la verdad y, sin embargo, la verdad no acaba de llegar y esta extraordinaria situación genera grandes enojos —comprensibles de hecho— entre las familias de los fallecidos. La presente agitación que estamos contemplando desde hace semanas muestra que el disgusto es real y que la impaciencia gana cada vez más en intensidad. Mientras tanto, el señor Carromero y su amigo Modig siguen dándole la espalda a la prensa, este último, incluso, ha llegado a dimitir de su cargo político para dedicarse a asuntos de más reposo.

Si bien resultaba comprensible que el español no abriera la boca mientras permanecía en Cuba (no imagino a las Fuerzas Especiales españolas desembarcando en La Habana para rescatarlo) por razones de prudencia. No solo su silencio resulta inexplicable ahora, sino que también lo son sus actuales prisiones y toda la mascarada que le rodea: que si libertad condicional, que si tiene que ir a dormir a la cárcel entre las cinco y las ocho, que si le van a poner un brazalete electrónico, que si va a conservar o no su cargo dentro del ayuntamiento, que si sus —numerosas— contravenciones se deben a problemas de aparcamiento, que si su salario…

Todavía no hemos visto a su familia en Telecinco mostrando fotos de un Carromerito despreocupado montando en bicicleta o tomándose un helado en el Parque del Retiro, pero supongo que también tendremos derecho, porque aquí lo importante no parece la intención esclarecer de una vez y por todas lo que ha sucedido, sino todo lo contrario.

Las relaciones económicas entre España y Cuba siguieron siendo estrechas tras la firma del Tratado de París, los peninsulares controlaban el comercio mayorista de la Isla y esta situación se mantuvo al menos hasta que Castro se hizo con el poder en 1959. No tengo los datos del periodo posterior pero me consta que el general Franco adoraba a este y que por algún tiempo sus relaciones personales fueron excelentes. Prueba de ello es que en algún momento, todos los autobuses que circulaban por La Habana eran españoles de la marca Pegaso.

Más adelante, a principios de los años ochenta las cadenas hoteleras, con Sol Meliá a la cabeza hicieron grandes y jugosas inversiones en la Isla, beneficiándose de las increíbles ventajas ofrecidas por el dictador a sus millonarias inversiones, específicamente en lo que concierne la gestión del personal, administrado y pagado por la parte cubana, en pesos no convertibles, mientras que los enormes beneficios generados iban (van todavía) a las manos de los empresarios españoles y a las empresas estatales cubanas, dirigidas —todas las que generan divisas— por militares o personas vinculadas estrechamente a la cúpula gobernante, sin que los cubanos sepamos claramente a qué se dedica todo ese dinero ganado con el sudor de los trabajadores de la Isla.

En todo caso, muy grandes han de ser los intereses que se mueven tras las bambalinas para que Carromero mantenga todavía la boca cerrada, pero sobre todo para que el Gobierno español —de derechas, ¡por Dios!— reconozca el fallo de un tribunal cubano, reconociendo las garantías procesales de la mascarada bayamesa que lo condenara, manteniéndole preso todavía.

En resumen, no se sabe a ciencia cierta quién es más culpable, si Carromero por su silencio, o el Gobierno de España, que reconoce con sus vergonzosos actos presentes la legitimidad de un régimen que ya nadie en Occidente duda en calificar abiertamente de dictadura. Por eso saludamos la voz levantada de Esperanza Aguirre y de todos los que por su peso político estén en condiciones de hacerse oír, para que de una vez, el Gobierno español asuma una posición clara con respecto al castrismo y que la familia de los fallecidos pueda por fin, tras tantos sinsabores, encontrar el sosiego que merecen.

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