Lunes, 18 de Diciembre de 2017
11:53 CET.
Opinión

En sus marcas, listos: ¡fuera…!

Mientras el gobierno en pleno de la Venezuela bolivariana traslada su necrofílica sede a La Habana, el pueblo de Cuba usa la reformas raulistas para vender sus autos y casas a cambio de un pasaporte visado hacia cualquier otra parte, con el bonus-track de un billete de avión. Lo primero, se llama anexión; lo segundo, plebiscito (en ambos casos, una comedia silente).

La anexión comenzó en 1992, con una lluvia de ideas intervencionistas o internacionalistas que culminó en el guión de un televisivo golpe de Estado en Caracas, seguido por el mea culpa del comandante protagónico de aquel remake del asalto al Cuartel Moncada y La Historia me absolverá. Luego devino revolución de las camisas rojas y parodia política al estilo de Aló, Big Brother, antes de retornar ahora al concepto de un oncogolpe de Estado con visos de continuidad constitucional (una constitución que se empeñan en editar como miniatura bíblica, Árbol de la Sabiduría socialista que es blandido permanentemente en pantalla por este o aquel caudillo continental).

El plebiscito cumplió el pasado primero de enero 54 años de entronizado en la Isla. Son los cubanos que se van. Primero, porque durante décadas era imposible irse. Y ahora, porque de pronto ya solo es posible irse. Se trata de votar con los pies y, a la primera oportunidad, perderse de este paraíso encontrado que es la Cuba Made in Castro. Aunque nadie sea ya estigmatizado de "escoria", sino en todo caso de "élite".

Dios intenta llamar a Hugo Chávez a su lado y se le interponen por igual babalawos, pastores protestantes y cardenales cubanos (no hay por qué reducir a uno los retóricos rostros de Jaime Ortega y Alamino). Por supuesto, es que de la petrocracia proletaria depende que en Cuba no estalle otra crisis peor que cuando el "período especial", esta vez no "en tiempos de paz" sino probablemente de guerra incivil.

Así, los derechos de casi la mitad de la ciudadanía venezolana, que acaba de votar en las urnas en contra del convaleciente Chávez, no nos convienen para nada en tanto cubanos. Tampoco nos conviene evocar una iniciativa legal como el Proyecto Heredia, lanzado hace seis años en Cuba por el Movimiento Cristiano Liberación, donde se consagran, entre otros, los derechos migratorios de nuestra nación, algunos de los cuales hoy se disfrazan de reforma raulista sin siquiera citar a su autor, Oswaldo Payá Sardiñas (el muerto al hoyo, el vivo al aeropuerto).

Los derechos de los cubanos no nos convienen para nada en tanto cubanos, así en la Isla como en el exilio, seamos títeres del oficialismo o líderes de la oposición. En la práctica, el totalitarismo resulta útil por su gobernabilidad a ultranza y la apertura a ciertos privilegios bajo control central. Como niños cogidos en falta entre la ética personal y un Estado papá, el discursito de la democracia nos aterra o nos da risa. La verdadera resistencia nunca ha sido en contra de la dictadura. Antes bien, hemos luchado a brazo partido y rodilla en tierra hasta conseguir nuestra más confortable esclavitud. En verdad, violentando un poco al (otro) poeta Milanés, sería preferible hundirnos en el mar que antes traicionar la grosería que se ha vivido.

"Yo soy Chávez", es la consigna de turno de los lemmings popularechos y delfines putschistas del Partido Socialista Unido de Venezuela. "Yo soy la Revolución", fue el slogan de fin de siglo y milenio que lanzó el entonces Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, Fidel. Dos sentencias post-monárquicas que no pueden ser más sinceras. Quien no encaje en esta lógica elemental no cabe en el statu quo y, más temprano que tarde, debe ser eliminado como indirectamente, gracias al anatema martiano de que "hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas" (se llama holocausto a cuentagotas).

Por eso los palacios de Caracas han quedado obsoletos y los presidentes del Nuevo Arca del ALBA se retratan en la Plaza de la Revolución de La Habana (ellos también están aterrados y ríen). Por eso sería hoy un crimen de lesa izquierdicidad liberar al medio ambiente animales de zoo que únicamente han conocido el cautiverio y, más que reclamar reformas, apreciamos el protectorado.

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