Domingo, 17 de Diciembre de 2017
18:03 CET.
Venezuela

Matar al jefe

Los herederos de Hugo Chávez, los aspirantes al poder absoluto que él ejerció durante 14 años, se le adelantaron al cáncer que lo atacó y lo acosa desde el verano de 2011. Le han cerrado los ojos en la distancia con la decisión del amaestrado Tribunal Supremo de Justicia de darle todo el tiempo que necesite en su agonía y una concentración de masas que lo despide de la vida y le busca acomodo en un altar.

Diosdado Cabello, heredero por decisión propia a tenor de sus méritos como golpista y Nicolás Maduro, designado por el presidente de Venezuela y por el Gobierno cubano, hicieron la faena. Se unieron para, entre los dos, los generales y otros elementos secundarios, armar un frankenstein que no pierda la buena dirección del flujo de los petrodólares y se puedan mantener los privilegios, el chavismo, el socialismo del siglo XXI y la arruinada dictadura de Cuba.

Ha sido una tarea compleja, pero el totalitarismo tiene décadas de experiencia en la orfebrería de la muerte de propios y extraños. Y en la coordinación precisa de esos episodios fatales con las imposiciones sorpresivas de la naturaleza humana y el enojoso capricho de las fechas históricas.

Para esas labores lúgubres, los venezolanos y sus asesores castristas han demostrado gran creatividad y falta de escrúpulos. Despiden jueces honestos, acosan a los periodistas que se atreven a decir lo que piensan y utilizan una lectura interesada de la Constitución como guión de trampas y picardías.

Como son ateos, materialistas y ambiciosos, entregan a Hugo Chávez a las manos de Dios y de los santeros para que, desde ese universo, el dirigente moribundo les garantice apoyos y confianza a través de la fe de los creyentes, el fervor de los fanáticos y la fidelidad de quienes ven todavía al hombre de Barinas como un carismático aliado de los pobres.

Para los nuevos jerarcas venezolanos, el antiguo jefe es ahora una figura que se debe conformar con plegarias a Dios y el inútil sacrificio de unos animales de pluma para un panteón yoruba que, como viene de África y del Caribe, no tiene jurisdicción sobre las almas de Los Andes.

Chávez es ahora un aspirante a santo que sus sucesores necesitan hoy y necesitarán mañana para gobernar. Y tienen derecho: ellos lo mataron primero.

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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