Miércoles, 12 de Diciembre de 2018
Última actualización: 01:52 CET
Sociedad

Vidrieras en estado de coma

En la Cuba republicana, ir de tiendas o de compras a las principales calles comerciales, además de una necesidad, constituía un placer. Igualmente era un placer ir a ver las vidrieras, limpias y adornadas según los diferentes eventos y épocas, comenzando, al menos en La Habana, por el Día de los Enamorados, el Carnaval, el Día de las Madres, la primavera, el verano, el otoño y el invierno, cuando descollaban los motivos navideños, que incluían hasta las calles con guirnaldas, múltiples colores y villancicos.

Estas costumbres se mantuvieron durante algún tiempo después de 1959 —"el año del accidente"—,  y desaparecieron con la absurda "Ofensiva Revolucionaria" que liquidó, de la noche a la mañana, todos los establecimientos particulares, desde una tienda por departamentos hasta un sillón de limpiabotas.

Las vidrieras, faltas de artículos que mostrar, fueron quedando vacías y llenándose de polvo y desechos, hasta que a alguien se le ocurrió convertirlas en "escaparates culturales". El experimento comenzó por la calle San Rafael, cubriendo por detrás con pintura de colores, preferentemente roja y negra, los cristales, dejando pequeñas aberturas de formas geométricas para observar, a través de ellas, algunos objetos de arte (por lo general jarrones de barro decorados) colocados en pedestales en sus interiores.

La "genial" idea se fundamentó hasta con artículos en la prensa, donde se planteaba que "las vidrieras eran rezagos capitalistas, donde se incentivaba el consumo, lo cual no era necesario en el socialismo, donde las personas consumirían solo lo necesario, sin necesidad de propaganda".

Por suerte el "engendro cultural" duró poco: solo hasta que comenzó a entrar la cuantiosa ayuda de la hoy extinta Unión Soviética y de sus satélites, y surgió el denominado "mercado paralelo", el cual, a precios elevados, ofertaba artículos que no se incluían en ninguno de los sistemas de racionamiento establecidos, tanto el industrial como el alimentario. Entonces, algunas vidrieras comenzaron a tener vida nueva, aunque con pésimo gusto estético.

Con la aparición de los "gusanos" convertidos en "mariposas de alas verdes", apresuradamente se remozaron algunos comercios, con el objetivo de captar divisas pero, como en ellos no podían comprar los residentes nacionales si no iban acompañados por algún pariente o amigo "de afuera" (estaba prohibido poseer divisas), las vidrieras y puertas fueron cubiertas con cortinas, para evitar las miradas indiscretas de los transeúntes. Autorizada la tenencia de divisas años después, algunas cortinas se eliminaron y otras se mantuvieron.

Con el agravamiento de la situación económica de los ciudadanos de a pie, y ante el aumento de las actividades delictivas y actos de violencia, las vidrieras y puertas de los comercios se enrejaron (hasta con cabillas corrugadas) y algunas con cortinas metálicas exteriores de corredera, convirtiéndolos en verdaderos búnkeres. El ejemplo más deprimente lo constituyen los comercios situados en Centro Habana.

Hoy, desafortunadamente, en casi todos los municipios, esta es la imagen más generalizada en nuestras calles comerciales, atentando contra el ornato público, además de lo desagradable que resulta tener que comprar —con el dinero con el que no te pagan— en un comercio que, más que tal, parece un área restringida de algún establecimiento penitenciario, con custodios incluidos. De esta locura solo han escapado, en parte, algunos centros comerciales ubicados en Miramar o El Vedado.  Menos mal que, hasta ahora, a nadie se le ha ocurrido fundamentar política e ideológicamente esta original aberración comercial del "modelo" cubano.