Lunes, 19 de Noviembre de 2018
Última actualización: 00:09 CET
Opinión

Una Palestina virtual

Palestina es por fin un Estado, o casi. Le falta aún lo más importante: un territorio propio donde ejercer su soberanía para atender a unos ocho millones de palestinos desperdigados por varios países de Oriente Próximo. Por el momento, se trata de un Estado virtual, cuya vigencia se limita al edificio de la calle 42 de Manhattan donde la ONU tiene su sede. Allí se han reunido esta semana los representantes de los 193 países reconocidos por las Naciones Unidas y han adoptado una resolución que otorga a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) el estatus de "Estado observador no miembro", como el Vaticano.

Se da la paradoja de que la ONU acaba de dar carta de naturaleza a un "Estado" que existe cada día menos sobre el terreno: el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, que administra los territorios ocupados por Israel desde la guerra de 1967, ha tenido que ceder la Franja de Gaza a los islamistas de Hamas y no ha podido impedir la implantación de asentamientos israelíes en Cisjordania. Más de medio millón de colonos viven en los territorios ocupados, y el gobierno de Benjamin Netanyahu no da señales de querer revertir esa política, que ha sido objeto de numerosas condenas internacionales. De hecho, Netanyahu no ha esperado veinticuatro horas para poner a ejecución su amenaza de autorizar la construcción de más viviendas en los asentamientos si las Naciones Unidas aprobaban la resolución sobre Palestina.

En ese contexto, la decisión de Mahmud Abbas de solicitar una votación de la Asamblea General de la ONU aparece como un intento de romper su aislamiento y forzar a Israel a retomar las negociaciones, interrumpidas desde 2010, sobre la creación de un Estado palestino. Es un regreso a la llamada solución de los dos Estados, uno judío y otro árabe, que la ONU había acordado hace exactamente 65 años en el momento de la descolonización del territorio palestino administrado por los británicos. Los árabes rechazaron entonces esa opción, y los palestinos fueron condenados al destierro.

Desde hace varios años la solución de los dos Estados está de nuevo a la orden del día y ha conseguido un amplio apoyo internacional, como lo indica el voto de 138 Estados a favor de la resolución de las Naciones Unidas que "reafirma el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación e independencia en un Estado de Palestina a partir de las fronteras de 1967". Sin embargo, los asentamientos israelíes dentro de esas fronteras y la lucha a muerte por el poder entre palestinos —los laicos de Fatah en Cisjordania y los islamistas de Hamas en Gaza— están alejando la opción de un Estado palestino estable y viable.

¿Puede una resolución de las Naciones Unidas cambiar algo en este panorama desolador? "Más de 65 resoluciones de la ONU fueron violadas" por Israel a lo largo de los años, se quejaba hace unos días Saeb Erekat, miembro del Comité Ejecutivo de la OLP y jefe negociador palestino. Entonces ¿qué sentido tiene pedir otra intervención de la ONU? Nadie ofrece una respuesta clara, pero la mayoría de los gobiernos, con unas notables excepciones —Estados Unidos y Canadá han votado no, Alemania y Gran Bretaña se han abstenido—, han decidido apoyar un texto que no les compromete a nada concreto y les permite quedar bien con sus opiniones públicas respectivas, en general propalestinas. Se trata finalmente de un brindis al sol, con la infumable retórica que sirve también para condenar cada año el embargo estadounidense contra Cuba, siempre con mayorías abrumadoras (el pasado 13 de noviembre, lo hicieron 188 países, 50 más que los que votaron a favor del Estado palestino, y no pasó nada).

No se puede entonces hablar de "votación histórica" ni de "victoria de los palestinos" o de "derrota de Israel", como han afirmado la mayoría de los medios, sobre todo en Europa. La paz depende en primer lugar de la voluntad de las partes enfrentadas de llegar a un acuerdo. Y, en segundo lugar, del enorme poder de persuasión de Estados Unidos y, en menor medida, de Europa, que contribuyen generosamente a los presupuestos de ambos contendientes. Habrá, quizás, que esperar a finales de enero, después de las elecciones en Israel y del inicio del segundo mandato de Barack Obama, que tendrá entonces las manos más libres para presionar a su aliado israelí.