Domingo, 20 de Agosto de 2017
02:06 CEST.
Opinión

Cuba secuestrada

La vida es muy injusta en Cuba, donde maldad coincide con longevidad. Mientras una panda de octogenarios se aferra al poder y se ríe de la muerte, el destino se ensaña con los valientes que se atreven a desafiar a la dictadura: en julio cayó Oswaldo Payá, víctima de un sospechoso accidente de coche, y ahora nos deja Eloy Gutiérrez Menoyo, que sucumbió el viernes, en La Habana, a consecuencia de un aneurisma.

El exguerrillero de origen español había pagado con 22 años de cárcel su ruptura con Fidel Castro a los pocos meses del triunfo de la revolución. Y su fallecimiento tuvo que ocurrir precisamente cuando la Isla y el exilio cubano vivían un episodio más de la farsa siniestra que consiste en atizar el rumor de la muerte del caudillo, para luego exhibirlo triunfalmente, como si ese anciano de 86 años, muy disminuido por la enfermedad, fuera la prueba viviente de la superioridad moral del régimen sobre el resto del mundo.

Fidel Castro los enterrará a todos y ha sobrevivido a diez presidentes de Estados Unidos, se regocijan sus partidarios en las redes sociales. Como si pudiera ser motivo de orgullo el solo hecho de que un déspota viva más años que sus adversarios. En cualquier caso, las fotos publicadas por el portal oficial Cubadebate son una prueba de que el antaño Líder Máximo ha tenido mejores momentos en su larga vida. Su disfraz de jardinero cuidando moreras desmiente, sin embargo, que esté "moribundo" y "muy cercano al estado neurovegetal", como declaró a la prensa el insensato médico venezolano radicado en Florida, José Rafael Marquina, probablemente manipulado por sus fuentes.

En dos de las fotos tomadas por su hijo Alex, el Comandante enseña un ejemplar de Granma, el órgano oficial del Partido Comunista, como si fuera una prueba de vida. El diario lleva la fecha del 19 de octubre y su portada está dedicada a las elecciones que tendrían lugar dos días después: "El pueblo protagonista del fortalecimiento de nuestra democracia socialista". Se supo que Fidel Castro no fue a votar —un mensajero se encargó de depositar su voto en la urna—, porque su estado de salud no se lo permitía. Lo insólito en todo ese episodio fue que el propio caudillo sintiera la necesidad de recurrir al modus operandi de los secuestradores, que retratan a los rehenes con el periódico del día. Con ese gesto, Castro manda a decir que sigue allí y que nada se puede hacer contra su voluntad. Es una manera de refutar a los analistas que se dedican a anunciar su muerte política y hablan de una lucha feroz entre "halcones" y "aperturistas". O sea, mientras los dos hermanos Castro estén vivos, habrá una sola línea en Cuba. La nueva ley migratoria que entrará en vigor en enero, más flexible, no es una excepción a esa regla.

Se entiende la desesperación de un Gutiérrez Menoyo ante la cerrazón de los dirigentes cubanos. Poco antes de morir, el "gallego", como llamaban al excomandante de la sierra del Escambray, dictó a su hija Patricia un testamento político, que El País ha publicado el viernes bajo el título La revolución cubana está agotada. Habla allí de su regreso a Cuba en 2003, después de un exilio de 17 años, y de su fracaso para construir una oposición democrática en la Isla bajo la mirada del "ojo orwelliano del Estado". Su veredicto es inapelable: "El Gobierno cubano hace un grosero uso del poder absoluto. […] Esta revolución ya no tiene sentido moral. El cubano ha ido perdiendo su esencia. Sobrevive en la simulación y en ese extraño fenómeno del doble lenguaje".

Conocí a Menoyo en 1991 en Miami, adonde había llegado cinco años antes. Había salido al exilio después de que Felipe González gestionara su liberación de la cárcel donde Castro lo había confinado por sedición (había tomado de nuevo las armas para combatir la deriva socialista de la revolución). El retrato que me hizo entonces de su excompañero de armas me impactó: Castro era un ser amoral y "maquiavélico", dispuesto a cualquier cosa para mantenerse en el poder. "Yo no soy disidente de la revolución, pero Fidel sí lo es. Nos había hablado de una revolución tan cubana como las palmeras, y nos entregó a los soviéticos". A pesar de todo, Menoyo decidió volver a Cuba para forzar un cambio democrático desde dentro. "La única salida pacífica es la renuncia de Fidel", decía. Nunca imaginó que el caudillo entregaría el bastón de mando a su hermano Raúl y seguiría vigilando desde la barrera para que nada sustancial cambiara.

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