Domingo, 19 de Noviembre de 2017
13:02 CET.

OBITUARIO| Menoyo in memoriam

La muerte no ostenta grados en su charretera, sino ropita de civil (así lo colocaron en una caja, con una única corona de flores familiar). La muerte es una degradación de colores, del verde olivo intimidante del uniforme al amarillo cadavérico de una piel a punto de ser cremada. La muerte es, también, el silencio de los periódicos oficiales y el noticiero de la televisión nacional. La muerte es el desamparo absoluto de la capilla J de una funeraria célebre cubana, donde yace el cuerpo del comandante Eloy Gutiérrez Menoyo, mientras afuera ruge el mar aciclonado por todas las calles de El Vedado, cruzan las patrullas extorsionando a las prostitutas, y la Oficina de Intereses de EUA se recorta en la madrugada como un saurio futurista.

Los hombres que lideraron la Revolución del 1 de enero de 1959 ya se pueden contar con los dedos. Muy pronto habrá que contarlos solo con la palabra. Digan lo que digan los médicos de la corte post-guerrillera, la utopía de fundar un Club de los 120 Años demostró ser sólo otra falacia de la emulación socialista. Ellos también se mueren, compañeros: nadie era inmortal. Tras más de medio siglo de la llamada "generación histórica" en el poder, esto es todo lo que quedará (ante mis ojos desolados en el velorio): menos de una decena de dolientes, cero curiosos, prensa de paso para la foto de rigor, ni siquiera personal policiaco o de seguridad, un vacío inverosímil de asienticos plásticos y funcionarios en trajes raídos. Ha muerto nadie o tal vez seamos nosotros los muertos, a los efectos de la apatía pedestre y la desmemoria desintegradora de nuestra nación. Como en una foto de familia rota del trovador Carlos Varela: nada sirvió de nada…

Es luna absoluta en La Habana, noche transparente que nos torna ingrávidos. La Revolución ha devenido burbuja volátil, gas que adopta la forma de la represión que la contiene. Los cipreses aquí ya no fingen creer en Dios. Debieran existir cipreses en Cuba para apuntalar el cielo. A esta hora debiera existir al menos el buchito caliente y bien amargo de Dios.

Recuerdo mis lecturas de Eloy Gutiérrez Menoyo, lecturas literarias incluidas. Lo recuerdo hablando con una claridad meridiana y su cuerpo espigado en incontables documentales clásicos que circulan de computadora en computadora, aunque nadie en Cuba hoy los vea, por aburridos, por cheos, por criminales. Las nuevas generaciones no creen en el prestigio de la muerte, de ahí que hayan abandonado a este señor a su suerte. Lo recuerdo acusado de castrista (y en un sentido epistemológico lo fue hasta su último aliento) por los agentes castristas encubiertos. Lo recuerdo intentando borrar todo rencor desde muy temprano, a pesar de la violencia que en persona lo colimó. Lo recuerdo cansado de irle arriba a la muerte, provocándola para hacer menos miserable la vida. Uno tiene la impresión de que las familias épicas como los Gutiérrez Menoyo, en aquella época de dictaduras al por mayor (¿aquella?), en cualquier parte del mundo hubiera intentado vengarse contra el Palacio Presidencial.

El testamento de este comandante excomulgado es un alegato sobrecogedor. Su hija, Patricia Gutiérrez Menoyo lo tenía a la vista desde un par de meses atrás. Ambos sabían. Se trata de un texto premonitorio, amargo y esperanzador. Ella, que reproduce las facciones de su padre con un candor que dan ganas de llorar, lo envió a la prensa tan pronto supo de que lo inevitable había ocurrido. Ahora, recién caída del aeropuerto tras un bojeo aéreo a la Isla desde Puerto Rico, me lo enseña impreso en una hoja que aún huele a exilio, a vida, a libertad.

El comandante Eloy Gutiérrez Menoyo nos da en su despedida una lección de estilo. Se siente opaco y por eso busca la máxima transparencia, la metáfora espontánea en el corazón amargado del pueblo. Siendo un hombre de metralletas (nada hubo más popular en Cuba que el lenguaje de la metralleta, que en los cómics y la literatura de los sesenta sonaban sinfónicamente ra-ta-ta-ta-tá), este español cubanísimo se aferra a una última mariposa que se posará en la sombra: delgada, silenciosa, frágil, llena de júbilo, convergiendo con la poesía de la Nueva Trova que ya nadie tampoco escucha en este país.

Hoy lo cremarán, como a todos los protagonistas de nuestro siglo XX político, para que sus despojos no sean luego vandalizados cuando, tras el Magno Deceso, suene a rebato el tam-tam democratizante de la Transición. Por el momento, descanse en paz en esta ciudad que sin querer ayudó a ruralizar, comandante civil de una barbarie en jefe.

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