Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Política

Miedo ovejuno

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En septiembre de 1948, los fabricantes de relojes suizos se hicieron publicar en una revista de tirada internacional un anuncio con aparente escasa garra comercial. La fotografía de un anciano venerable, vestido correctísimamente, que llevaba bajo el brazo un paraguas y un sable, ilustraba el anuncio.

De forma inaudita los relojeros abrieron su anuncio preguntando: "¿En qué consiste la grandeza de un país?" Y, luego de referir que la grandeza de un país no está en sus recursos naturales ni en su tamaño, sino en su pueblo y el espíritu de sus habitantes, decían a dónde iba el caballero y por qué su atuendo impecable.

"El pacífico ciudadano que ustedes ven aquí se dirige a votar en el cantón de Appenzell. La espada es un símbolo que por más de 400 años los suizos han portado en día de elecciones para demostrar su determinación de preservar la independencia, que no es individualismo sino inteligente cooperación y coordinación para fabricar y hacer todo en forma precisa, cuidadosa y bien."

¡Me muero de envidia!

Este domingo, el doctor José Luis Toledo, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana y presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular, dijo a Juventud Rebelde, a propósito de las elecciones municipales: "Cada elección en nuestro país es un referéndum de la Revolución".

Bueno, de la revolución no. Según entiendo, lo que llamamos revolución en Cuba terminó en marzo de 1968, cuando hasta los cajones de los limpiabotas fueron expropiados. El hecho de que ahora se los devuelvan no quiere decir que este sea un proceso revolucionario, sino oportunista, a mi juicio.

Pero tiene razón el señor Toledo: cuando los cubanos somos convocados a las urnas, quienes ya van más de medio siglo en el poder reciben un voto de "confianza".

Doy una connotación suspicaz a la palabra confianza, en tanto voto positivo otorgado a la jefatura del Gobierno, por un hecho paradójico e incuestionable: los cubanos acuden a las urnas y, según las estadísticas, mayoritariamente votan a favor por reformas constitucionales declarando irreversible el carácter socialista del sistema político y social en la Isla, o por elegir a un delegado de barrio.

Aunque otra cosa ocurre puertas adentro. En sus casas, hasta los mismísimos militantes del Partido y de la Unión de Jóvenes Comunistas se expresan contrarios al régimen de las más visibles formas.

Una frase clarifica el malestar generalizado: "Esto está malo".

¿Por qué los cubanos, si perciben las gravísimas faltas del régimen, le otorgan su voto favorable cuando desde el secreto de las urnas pueden anular las boletas en lugar de adherirse a quienes critican?

Diríase que por el policía que les han metido dentro en estos 53 años.

Sería esa una de las causas, solo una. El mayor miedo de no pocos cubanos es el miedo al cambio.

Como es sabido, esos temores los han sembrado todas las dictaduras en todas las épocas.

En su artículo Las materias primas de la libertad, el doctor Alberto Padilla, que fuera miembro de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires, contaba cómo un sargento que durante la dictadura de Perón se preparaba para servir en la embajada argentina en Washington, tuvo el cuidado de llevar  consigo algunas valijas de comestibles.

"La propaganda nacionalista lo había convencido de que sin los suministros alimenticios procedentes de nuestra patria el pueblo de Estados Unidos y de otros desafortunados países se morirían de hambre", contaba el doctor Padilla.

Algo parecido ocurre con demasiados cubanos: piensan que sin la educación, la salud y el puñado de víveres asignados por el régimen quedarán a merced de las olas en la economía de mercado.

Otros, convencidos de la eficacia de la oferta y la demanda, no se buscan problemas para que les dejen marcharse en paz y, por supuesto, para que en paz les permitan regresar a Cuba, a disfrutar de las ventajas de sus euros y dólares contra los devaluados pesos cubanos.

El temor, tanto de los que protegen migajas, como de quienes buscan riquezas a cambio de la libertad, puede diagnosticarse, según me dijo un veterinario, como "miedo ovejuno". Y el síntoma más fiable de esa enfermedad es el voto hipócrita.

"La cobardía es comprensible como enfermedad, incomprensible resulta el infantilismo político y pecan de ingenuos los que se abstienen en la errónea creencia de la poca monta de las elecciones de los delegados de barrio", afirma el veterinario.

Si así fuera, el régimen permitiera la elección de disidentes, opositores o gente insumisa como Sirley Ávila, la que fuera delegada en el barrio Limones en el municipio Majibacoa, concuerdo yo con el doctor de ovejas.

"El que se abstiene en cualquier proceso eleccionario se está privando de decir NO cuando no deba decir SÍ. Abstenerse es inhibirse", afirma un experimentado jurista.

En 2010, 729.186 electores invalidaron sus boletas mientras 354.324 no votaron. Esto suma 1.083.510 cubanos que de forma tajante pudieron decir no.

Recuerden que los militantes del Partido Comunista solo son unos 800.000.

Quienes nunca hemos elegido un presidente en Cuba debíamos aprender a ganar ese derecho tachando a quienes hacen de títeres de la autocracia en los barrios.

Para lograrlo debíamos acudir a las urnas como los antiguos caballeros suizos, con la espada bajo el brazo.

Los cubanos podríamos conseguirlo hasta con menos. Al ir a votar, basta con el recuerdo del machete de nuestros abuelos. Recordando su grandeza, bien podemos deshacernos de nuestras miserias.