Miércoles, 23 de Agosto de 2017
02:02 CEST.
Sociedad

Disidencia desde las gradas

Como muchos cubanos de a pie, Josué suele descargar su inconformidad en el asiento trasero de un viejo taxi privado.

Entre un reguetón de moda a todo volumen y el desagradable olor a hollín y carburantes que despide el tubo de escape del coche, los cinco pasajeros, incluido el conductor, critican el altísimo costo de la vida y la mala gestión gubernamental de Raúl Castro.

A diferencia de hace pocos años, cuando la gente expresaba su malestar con el statu quo solo a personas de confianza y en voz baja, ahora nadie se calla sus discrepancias con el régimen.

A falta de mecanismos legales efectivos que permitan destituir a un ministro o al mismísimo presidente, o censurar sus mandatos cuando un alto porcentaje de la ciudadanía lo desapruebe, los cubanos manifiestan sus desacuerdos en cualquier sitio: un parque, una esquina de barrio, una bodega, un taxi.

Cuba está urgida de encuestas serias y profesionales, de pesquisas transparentes y públicas que recojan las opiniones de la población, de cómo valora al gobierno y los gobernantes.

Se sabe que el partido comunista tiene filtros para conocer lo que piensan los cubanos de a pie. Pero los resultados se manejan como secreto de Estado. Si los generales y ministros que viven en excelentes casas, se trasladan en autos con cristales oscuros, reciben canastas de alimentos y en sus billeteras portan moneda dura, caminaran por las calles de pueblos y ciudades y conversaran con vecinos y transeúntes, se percatarían de que el reconocimiento a su gestión reflejado por la mediocre prensa estatal está muy lejos de la realidad.

Es cierto que en la Isla el número de opositores políticos es insignificante. Según datos extraoficiales, poco menos del 0,5% de la población. Pero los que apoyan al régimen también decrecen por día. Se calcula que de un 10 a un 15% de la población sería la que recibe beneficios o está implicada hasta el tuétano con el gobierno, como representantes o represores.

Existe un pequeño sector, sobre todo entre personas de la tercera edad, que con ferviente fanatismo apoya la revolución verde olivo. Es entre la juventud donde la conexión con el ideario castrista es menor. También es significativo el número de mujeres y hombres, en edades comprendidas entre los 30 y los 50 años, que hace rato dejó de confiar en el socialismo tropical diseñado por Fidel Castro.

Las razones son muchas y están latentes en la vida cotidiana. Desde las despensas vacías, magros desayunos, salarios ridículos, pobreza material y falta de futuro. La más contundente: que el sistema no ha funcionado.

En la calle la gente percibe que los actuales líderes no están capacitados para crear una sociedad eficiente y mejor. Si se va a solares o barriadas marginales y charla con sus habitantes, se constatará que casi ninguno apoya el quehacer del General.

Sin embargo —y aquí surge la pregunta del millón de dólares—, pocos entienden cómo ese pueblo disgustado con su añejo gobierno, asiste a pachangas en su apoyo o concurre a votar en un paripé de elecciones para elegir candidatos a un parlamento que nada resuelve.

La indignación ciudadana aumenta por año, pero no acaba de cuajar. La gente sigue prefiriendo observar el panorama desde las gradas. El descontento por medidas antipopulares, como el tarifazo aduanero o las constantes subidas de precios en las tiendas por divisas, no se traducen nunca en protestas callejeras.

Esa supuesta pasividad e indiferencia ciudadana se viene acumulando desde hace 53 años, y el resultado es un peligroso resentimiento comprimido que se manifiesta en la violencia doméstica, en groserías e insultos verbales a cualquier hora y en todas partes. Maltratando los bienes públicos, trabajando poco y mal, o robando todo lo que puedan.

Los cubanos solemos estar orgullosos de valores heredados de padres y abuelos. Pero nos cuesta reconocer que en ciertos acápites —como aceptar mansamente un gobierno ineficaz—, tenemos una asignatura pendiente.

Fuimos la última nación de América en independizarnos de España. Y el 31 diciembre de 1958, mientras barbudos guerrilleros peleaban contra tropas batistianas en Santa Clara, en La Habana a ritmo de son, carne de cerdo y cerveza, se celebraba el nuevo año. Para muchos capitalinos, lo que pasaba en el centro y oriente de la Isla no era su problema. A la mañana siguiente, el 1 de enero de 1959, un mar de habaneros se tiró a las calles, a festejar el triunfo de Fidel Castro y su ejército rebelde.

Tal vez por miedo, porque no está en nuestros genes, somos un pueblo poco dado a los actos heroicos. Combatir abiertamente una autocracia puede tener terribles consecuencias. Perder el trabajo y caer en el ostracismo. Palizas, actos de repudio y varios años de cárcel.

Entonces, un buen número de cubanos refleja su descontento en tertulias hogareñas. En esquinas de barrio. En taxis particulares.

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