Miércoles, 23 de Agosto de 2017
02:02 CEST.
Opinión

La pérdida de mi pasaporte

El golpe mediático (la bobería de los reporteros internacionales que aplauden ilusionados en mi móvil, hasta casi agotarle las baterías) es abrumador: todos están convencidos de que las reformas raulistas se profundizan y expanden (¿metástasis del materialismo marxista?), pues los cubanos por fin compramos y vendemos cositas caras como casas y carros, y hasta la promesa migratoria se cumplió más temprano que tarde (aboliendo de paso una de las más feudales leyes del fidelismo, la 989 del 5 de diciembre de 1961); en fin, que la Transición post-comunista, compañeros, ahora sí ya está al doblar de la esquina…

Insistir en las quejitas digitales de la disidencia cubana es ahora, a los efectos de los estándares periodísticos democráticos, prácticamente una malcriadez. El mundo tampoco marcha tan bien, cariño… A nuestro pueblo paternalizado, por supuesto, le falta información (para eso es el paraíso: una empalizada que deja afuera la mierda y el mal, kitsch bíblico-totalitario). Si supiéramos… Europa cae en picada, por ejemplo, y Estados Unidos se latinoamericanizó. Habrá guerra santa nuclear en el nombre incaricaturizable de Alá. Las exrepúblicas socialistas son mafias (para no mencionar a Miami, por favor). Como pueblo insular, los cubanitos inconformes debiéramos quedarnos callados por un buen rato. Hay que ser humildes y sobrevivir sin aquellos derechos que eran un lugar común en diciembre de 1958 (ah, la república pútrida), y sin muchos que incluso existían desde la etapa colonial (la independencia encontró gran parte del trabajo legal hecho por otras tendencias menos homicidas).

Pero, ya sabemos, la Revolución justifica los medios (incluso los medios masivos). Y los miedos.

Leo y releo las profecías migratorias para el 13 de enero de 2013 (13-1-13, fecha que podría reordenarse como 3-3-3 con cierto fervor apocubalíptico). No soy abogado (tal como me lo recuerdan puntualmente los peritos de la policía política cada vez que me secuestran con amabilidad), tal vez por eso no entiendo nada. Habito en Braille o en un gutural lenguaje de mudos. Hay que tener fe, incluso fe fósil. Que lean ellos desde el poder. Hay que esperar el futuro. Esperar lo fútil.

Un detalle me queda muy claro. Hemos perdido el último documento probatorio de la barbarie: nuestro pasaporte, que se suponía fuese una obligación del Estado para con nosotros. Desde el año próximo, volveremos a aquel estatus ridículo de ciudadanos únicamente con carnet de identidad (plastiquito con huellas digitales y donación de órganos, pero sin valor para el resto del planeta). Ahora nadie obtendrá una visa de ningún país "enemigo" si el Gobierno no quiere. Se acabaron esos shows incriminatorios sobre la violación de un derecho humano clave para nuestra liberación de verdad. El exilio quedará en una cubanísima casa del carajo, mientras que el insilio contará con ciudadanos legítimos y ciudadanos desclasados por el Estado. Castas de la Raúlpolitik. Con un poco de $uerte, hasta se hará realidad la pesadilla aeronáutica del paleo-revolucionario Ricardo Alarcón.

Por mi parte, antes de que se constituya en un objeto ilegal (¿quién sabe si incriminante?), guardaré bajo llave (junto a la inocencia seca de mi ombligo y mis dientecitos de leche), para mis nietos o mis biógrafos, como recuerdo de cuando la crisis cubana hizo trizas el Telón de Azúcar, mi pobrecito y primer pasaporte personal.

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